martes, 13 de diciembre de 2016

Mis Raíces Casconas - 24 - LA MATANZA

La matanza. Costumbre popular de matar al cerdo o los cerdos criados en  el corral destinados para el consumo propio, realizado a mano y que se celebra una vez al año siempre en los meses fríos  y a partir de San Martín (11 de noviembre) desde tiempos remotos. Generalmente suponía una parte muy importante de la alimentación del año para   una familia.
    Antes del día elegido ya se notaba una gran actividad con los preparativos para que en el momento necesario estuviera todo a punto: cuchillos de diferente tamaño (unos de matar otros estazar y otros para hacer el picadillo), bien afilados, grandes calderas de cobre para cocer las morcillas y barreños de barro donde se ponía el adobo  mucha leña cortada para el fuego, el banco para el sacrificio que se pedía prestado generalmente, y útiles de toda índole, de lo que se encargaba siempre el abuelo. Los días de la matanza, dos o tres, había mucha tarea por delante que se compartía con tíos, cuñados, hermanos, avisados de antemano; también se invitaba a un vecino experto matarife, que he decir que en nuestro caso se llamaba  a Porfirio, que recuerdo vivía en el soportal de arriba de la plaza. El primer día se mataba, y participaban al menos cuatro personas mayores que sacaban al animal de la pocilga o cochinera, lo engarfiaban con un gancho, de forma que al tener éste una forma como la “S” una de las curvas se la clavan en la papada del maxilar inferior y entre cuatro hombres lo subían a un banco donde lo inmovilizaban de las extremidades mientras la otra curva del gancho se la pasa el matarife por detrás de la pierna para seguir sujetando al animal y poder tener las manos libres para poder asestar una experta puñalada directamente en el corazón. Por la herida abierta empieza a fluir la sangre que va cayendo a un barreño (balde de barro cocido) recogiendo la sangre que una persona se encargaba de remover para que no se cuaje y empezando desde ese momento la elaboración de las morcillas, al gusto de nuestra tierra, con la sangre como ingrediente principal, arroz, mucha cebolla, grasas y especias. Una vez que estaba ya muerto, se disponía tumbado en el suelo y se procedía al chamuscado (quemarlo superficialmente con paja para eliminar lo más posible las cerdas) y rasurado posterior con finas chapas o cristales, a la vez que se le moja con agua muy caliente. Luego se colgaba de una viga y se abría, sacando a un balde los órganos internos (entresijos), que en Torre llaman el entrije Los intestinos, se limpiaban en el arroyo y se disponían para ser utilizados como tripas para los embutidos. Se cortaban unas muestras para el veterinario, Don Esteban, para que lo analizara por si el animal no estuviera apto para el consumo. En ese día se limpiaban totalmente las partes, y se hacían las morcillas.  El picado de la carne se realizaba el día después, ya que prácticamente la totalidad del cerdo se dejaba colgado de una viga, oreando. Por la mañana se comenzaba con el trabajo, cortando, despiezando y distribuyendo las partes del cerdo entre varias personas: unos salaban los jamones y las paletillas, mientras que otros picaban, sazonaban y añadían el ajo y el pimentón para el adobo de los chorizos y el lomo, los tocinos y jamones se metían en salazón  y la abuela mientras tanto cocinaba para la multitud de personas que trabajaban ese día.
       La fiesta gastronómica que se organizaba estaba en consonancia con la opulencia del momento, y también con las ganas con que se pillaba la esperada ocasión, tanto que se veía peligrar la despensa que se había pensado aprovisionar con el animal tantos meses cebado. De lo que quedaba, lo que se transformaba en chorizos, o botagueñas (un chorizo elaborado con las carnes de inferior calidad, restos y grasas) se ponían a secar en la cocina, junto a ellos se colgaban también los jamones, y tocinos, una vez que estuvieran deshidratados durante días en sal, dejándolos a orear antes de su consumo el tiempo necesario para adquirir la consistencia de los embutidos con el sabor a humo que caracteriza a los productos caseros, para consumir más adelante. El costillar y lomos se freían en trozos y se metían en orzas con aceite. Las partes grasas se fundían y se metían en recipientes, para guardar la grasa y utilizarla en la cocina,   en lugar de aceite, y con los restos que no se licuaban, que se llamaban chicharrones, se hacían sopas o si se tenía que hacer pan en la tahona, se reservaban para hacer una torta dulce que llaman torta de chicharrones, muy rica.

        De todo este guirigay que se formaba me queda un recuerdo negativo, que es el de los niños presenciando como se le daba muerte, y que no se prohibía. Yo creo que era demasiado fuerte, sobre todo por los terribles chillidos que daba el animal desde que presentía el peligro hasta su agonía. También me acuerdo de la zambomba, que era una diversión durante unos días y que no era otra cosa que la vejiga del cerdo inflada. 


martes, 15 de noviembre de 2016

Mis Raices Casconas - 23 - LA SUPERVIVENCIA





 LA SUPERVIVENCIA

        Pero, ¿Fue duro, o extremadamente duro?, Naturalmente que cada uno cuenta la feria según le va pero mi impresión es que todos aguantaron el chaparrón, aunque algunos tenían paraguas, mientras que el resto tuvo que adaptarse a la situación y sobrellevarlo quitándole el amargor con un poquito de humor y…Al mal tiempo buena cara.  

Se han empeñado los ricos,

Que han de joder a los pobres.

En saliendo el tito y el haba,

Que nos toquen los cojones. 

Que vivían mal en aquella época, de los años de  guerra y posguerra, lo hemos escuchado muchas veces, pero aún nos parece exagerado que fuese tanto como cuentan. Todo rigurosamente cierto, aunque la vida en el campo no es comparable a la de la ciudad que era mucho menos llevadera: Como ejemplo, los productos que se cultivaban en el terreno se conseguían mediante el trueque por otros de corral, o canjeando trabajo que se cobraba en especie. La fauna autóctona que hoy es casi un recuerdo de lo que fue; El campo, ríos o arroyos también contribuían, algunas veces que con licencia y otras como furtivos, se traía a casa lo que la ocasión les hubiera propiciado, algo que de vez en cuando ocurría con cangrejos, perdices, codornices, pajarillos, conejos de monte, liebres, ranas, peces, caracoles o cualquier otra cosa, como tenían  por costumbre decir, “todo lo que corre, nada o vuela, a la cazuela”. No voy a ocultar que aunque algunos no eran capaces de comerlo, otros si se daba la ocasión, comían gato, o rata de agua comestible y que aseguraban eran carnes que no tenían nada que envidiar al conejo. Nuestras madres y abuelas hacían milagros para poner todos los días en la mesa un humeante plato de comida echando mano del ingenio y lo poco que encontraba en una despensa desangelada. Y la flora también participaba aunque en pequeñas proporciones de cuando en cuando con plantas silvestres, como los collalvos o los berros, que se convertían en excelentes ensaladas; además de exquisitas setas, hongos, moras, acigüembres, cada cosa en su temporada. En otro orden inferior cabe reseñar que la gente conocía ciertas plantas, hojas, bayas o raíces. Con unas, preparaban un licor según la tradicional receta. Con otras remedios caseros con propiedades medicinales para leves  trastornos en la salud ya fuera como agradables tisanas, vahos cremas o cataplasmas; y en otros como condimento para mejorar un guiso .

Pero fueron muchos los años de penalidades, desgracias y contratiempos y la necesidad sin dejar de estar presente por diferentes circunstancias: 

     En primer lugar se tenían muchos hijos y los años que duró la contienda la economía se resintió alcanzando todo el país.

      En segundo lugar, eran muchos los hogares que tenían al cabeza de familia en el frente y todos en casa dependían de èl. Se ansía que llegue la paz pero cuando se alcanza, no viene acompañada de la esperada recuperación, consecuencia de los traumas en aquellos hogares que cayeron en desgracia y se vieron en la miseria o tuvieron que sobreponerse a la pérdida por muerte, invalidez, convalecencia o prisión del padre o hermano.

 En tercer lugar, están las adversidades que se desencadenaron a nivel internacional como una desgraciada concatenación que nos llevó a que la postguerra fuera un tiempo demasiado largo de hambre, penurias y necesidades En Europa comenzaba la segunda guerra mundial y no estaban sus naciones como para socorrer sino más bien para recibir auxilio. Otra circunstancia  por la que la situación se prolongara  tantos años fue que España se vio aislada del resto del mundo motivado por el boicot que le hacían al dictador.

Estas circunstancias colocaron al estado en la tesitura de tener que racionar los alimentos y productos de primera necesidad, desde  el final de la guerra (1939) hasta el año 1952. Había escasez de todo, y de algunos productos sólo se podía comprar una cantidad limitada con la cartilla de racionamiento. Mediante cupones se restringía a cada ciudadano la cantidad semanal previamente designado su porcentaje, cantidad y precio desde la Compañía General de Abastecimientos, (Abastos) además de asignarse el proveedor o tienda donde dichos cupones podían canjearse Era la forma de controlar desde el  gobierno el reparto de .suministros escasos. Ibas con un vale y te daban previo pago una ración de pan, arroz, patatas, azúcar, tabaco, aceite, lentejas, etc... Alimentos que no te llegaba para un día lo que se suponía tenía que durar una semana. Imposible conseguir de forma legal alimentos que no estuvieran controlados por el   racionamiento salvo que se acudiera al estraperlo, como se llamaba al mercado negro, con precios elevadísimos por ser   difíciles de conseguir y además del riesgo de terminar en la cárcel acusado de contrabando, si te pillaban los de abastos.

Había dos tipos de cartillas: según la  clase social o si se era militar, guardia o cura que tenían derechos diferentes en cuanto al peso por cupón a la semana y a los excombatientes del ejército franquista, que recibían doble ración de pan. También se diferenciaban en el cupo a los niños que se les daba además leche.

         De lo que si comían en Torre todo lo que tenían ganas, era pan, porque molían un saco de trigo, con la complicidad  del molinero, y después a escondidas y en las horas nocturnas se cocía en la tahona. Mi abuela Petra, tenía correspondencia con familiares en Bilbao, y en respuesta a las quejas habituales del tema de la escasez de alimentos, cuando les escribía una carta les mandaba unas migas dentro del sobre, y los animaba a que volviesen al pueblo, que por lo menos gracias al pan casero no se pasaba hambre.

        El que tuviera reservas ya lo podía guardar bien porque, si no, se los quitaban. Los comerciantes también tenían que esconder sus telas, porque la escasez de ropa era similar, por la falta de tejidos y los vestidos se hacían de sábanas manteles o cortinas; otros hilaban y tejían la lana de las ovejas. Las mujeres se dedicaban a trabajar la lana: lavar, cardar, hilar, tejer y teñir para las necesidades de la familia o . para ganar cuatro perras.

       Todos de casa quien más quien menos, trabajaban ayudando al cabeza de familia. Con las leyes en la mano, si hoy se encargara a niños que hicieran tareas que entonces eran normales, todos los labradores de este pueblo estarían en la cárcel. Desde antes de los doce años, se les exigía que colaborasen con su esfuerzo por la economía familiar por lo menos para no ser una carga para los padres y los meses de verano se les empleaba en las múltiples tareas propias del campo, o contratado por algún labrador más pudiente, como “agostero” que era este oficio algo así como recadero y ayudante de peón de labranza. Normalmente se hacía sin sueldo, entendiendo que trabajaba únicamente a cambio de su manutención y ganándose el crédito para el próximo año si el comportamiento había sido el esperado.

       Se casaban pronto, y sólo salían del hogar paterno para la boda e ir a ocupar una casa en alquiler, a veces con el único mobiliario de una cama y una mesa, los asientos cuatro adobes y de menaje de cocina, dos cazuelas y una sartén.

        Enedino trabajaba en el campo, sembraba trigo y cebada  con lo que el problema del pan lo tenía solucionado y algunas legumbres para que no faltara el potaje diario de cocido de garbanzos, titos o lentejas con algo de carne de la matanza del cerdo los días de fiesta; por la noche sopas de pan para cenar, o el socorrido huevo frito. En casa siempre se criaban animales como cerdos, gallinas, conejos y una cabra para leche y así se ahorraban el dinero para otras escaseces más apremiantes. También se intercambiaban huevos, pollos o  conejos. Así que entre el corral y lo que producía el terreno, cubrían la base de su alimentación, la fruta en su tiempo y el majuelo para tener vino todo el año. El cochino, como allí se dice, se mataba en otoño invierno y había de durar todo el año; conejos y pollos solo en las fiestas señaladas, todo ello constituían la base principal en el sustento diario, porque era lo que aquí se obtenía con màs facilidad, aunque no siempre se conseguía una compra o intercambio y de conseguirlo, se restringía dosificándolo para que durase un poco más que el mañana quizás nos deparase peor suerte. Por entonces no había establecida ninguna pescadería y el pescado se podía comprar únicamente cuando llegaba al pueblo en venta ambulante, El Charrines. Lo más habitual era el chicharro, las sardinas y las anchoas, y para ser sinceros el precio era bastante más asequible que lo que es hoy, sobretodo éstas últimas que han pasado de ser un pescado despreciado a precios de verdadero lujo, por la disminución que presenta esta especie a causa de capturas abusivas durante generaciones. No existía el frigorífico por lo cual las conservas en salazón de bacalao y arenque y las conservas de escabeche, tenían su pequeño espacio en la tienda de “Ultramarinos”, como un pequeño supermercado que vendían un poco de todo Generalmente escaseaban muchos productos y el dependiente te servía los artículos. Muchos eran a granel y la mayoría se compraban en cantidades pequeñas incluso los líquidos como el aceite que me acuerdo que tenían unas máquinas expendedoras que te servían exactamente la cantidad solicitada en el recipiente que llevabas de casa, generalmente una botella de vidrio. Para los sólidos lo más habitual era que te lo envolvieran en papel de estraza. Todo ello al capazo (serón en Torre) porque aún no conocíamos las bolsas de plástico. En invierno debido a la falta de trabajo mucha gente no ganaba un duro y entonces era bastante usual que en la  tienda te fiaran y se pagara la trampa (deuda) en los meses después de la recolección. 

      El  invierno en Castilla es muy duro, y a muchas de aquellas casas les faltaban las mínimas condiciones de habitabilidad; el frío entraba por todos los lados porque en una ventana faltaba un cristal, una puerta que no cerraba del todo, el fuego que no quiere encender, la chimenea no tira, en el techo múltiples goteras y además, insectos campando a sus anchas, algún que otro ratoncillo ...Vamos, que como en la edad media. Había excepciones claro. 

     Mi padre, desde su infancia, comprobó por si mismo que la agricultura era en su época como la esclavitud, pero como era el hijo mayor, su padre esperaba impaciente que llegara el momento de poder compartir el duro trabajo, y quizás de poder cultivar más parcelas que les permitiera sacar algo más de rendimiento. Pero a pesar de conocerlo de antemano, también él se sometió a la tierra, con las esperanzas puestas en la ansiada lluvia que cuando debería caer nunca lo hacía y llegaba siempre a destiempo o en forma desmedida. Su delicada salud, le hizo pensar en un cambio de ocupación, y así fue como mi destino de hijo varón también cambió después de generaciones.  




viernes, 14 de octubre de 2016

Mis Raices Casconas - 22 - DICHOS DE OTROS PUEBLOS

DICHOS DE OTROS PUEBLOS

     
     Si en algún pueblo de la comarca surgía una noticia que se le pudiera sacar punta no faltaban lenguas para extenderlo, y tenían más o menos éxito si para ello se le daba forma de copla o verso. Así ocurre con la canción que se hizo popular en toda la provincia:
Por el puente de Aranda,
se tiró se tiró,
se tiró el tió Juanillo
pero no se mató.
      O esta otra, conocida y cantada por todos:
Uno de Gumiel,
se compró un camión,
 a medias con otro,
 para transportar madera.
Todo salió bien,
 menos el camión,
 que se le rompió,
 en la carretera.
       La rivalidad con los pueblos colindantes daba lugar a veces a que se sacasen algunos dichos de aquí o allá, en plan de mofa, de los que voy a exponer algunos brevemente:
      Como dicen los de Roa:
¿Has comido?.
      Sí.
      Vaya, ahora que te iba a invitar yo...
      Y si respondes no,
      Pues ya es hora.
       Ya lo dice el médico de Olmedillo: 
       “ Si quieres vivir muchos años lo más importante es no dejar de respirar”.  
      Aunque dicen que en todos los pueblos hay un tonto, parece que todos lo callan y cuando se quiere hacer una comparación odiosa se busca al tonto de otro pueblo.
     “Eres más tonto que el tonto Valdorros”. 
      O este otro.
      “Se hace el tonto como la virgen de Anguix”.  
    También recuerdo una frase que daba a entender lo belicosos que eran los jóvenes de los de otros pueblos.
        Dice, que los de Roa en plan chulo, acostumbraban a decir:
     “Aparta que soy de Roa”
     Y que los de La Horra contestaban:
      “Y yo de La Horra galán“ 
     Y que sólamente esto era el detonante para enzarzarse en una pelea.
    En esos otros pueblos, dicen que los de Torresandino eran temidos porque siempre llevaban la navaja dispuesta, y la sacaban con facilidad. Y las frases que nos atribuyen, era: “Anda jeta”. Y también “Anda entrepato”. Supongo que éstas eran en plan de colegas, y sin ningún matiz ofensivo.








miércoles, 14 de septiembre de 2016

Mis Raices Casconas - 21 - ERES COMO LA TIÁ ADELINA

       ERES COMO LA TIÁ ADELINA

 Había antiguamente en Torre un oficio que conocíamos como de burrero. Ejercía cuando yo era un niño en este empleo un señor de al que todos sus paisanos conocían por el apodo de Piquino, que le faltaba una pierna, pero aunque era cojo, no se le podía colocar el adjetivo moderno de “minusválido”, porque ayudándose de una muleta se apañaba como hubiera podido hacerlo cualquier otro hombre “normal”. Era su cometido llevar al campo a los mulos ociosos del pueblo cuyos dueños lo hubiesen contratado, para que pastasen libremente en vez de estar comiendo pienso en la cuadra; Se pagaba anualmente a razón de una fanega de cebada por cabeza, y al dueño del animal le suponía un ahorro considerable. Los animales se dejaban en un lugar convenido por la mañana, y a la tarde de vuelta en el pueblo, ellos solos se dirigían cada uno a su casa. El horario sobre las 8 y las 9 por la mañana, según fuese verano o invierno y regresando a la tardecilla poco antes de ponerse el sol.         
         La tiá Adelina era una usuaria más como casi todo los labradores, de este servicio. Se levantaba diligente y a la hora prevista ya estaba la mujer con su mulo en el lugar  convenido, y entablando conversación con cualquiera que se encontraba, y charla que te charla, seguía con todo el  mundo. Tanto la gustaba a aquella mujer el callejear y quedarse a hablar, que la gente la esquivaba y pronto sacaron el dicho, para cuando alguien se enrolla demasiado.
         Que dice: “Eres como la tiá Adelina, que sacó el macho por la mañana y volvió este por la tarde y ella aún no había vuelto”.           
            
                                     

viernes, 29 de julio de 2016

CARMEN

PRIMER PREMIO EN EL III CONCURSO LITERARIO ARSENIO ESCOLAR EN LA MODALIDAD DE RELATOS DE TORRESANDINO

Título: CARMEN

Autor: Francisco García García

‑Papá, ¿recuerdas cómo decidisteis mi nombre? Es poco común en EE. UU., pero me gusta. Mamá dice que es largo de contar y no tiene tiempo. ¿Tú tampoco?

‑Es muy español, tanto que en España algún año fue Top1 de los diez más usados. Lo elegimos para ti, motivados por unos hechos importantes de nuestras vidas que voy a relatarte.

Corría agosto del año 1966 y en verano siempre hace mucho calor en San Diego, pero en aquella ocasión, la realidad estaba superando el pronóstico y asomado a la ventana intentaba captar algún soplo de aire. Mientras curioseaba el tránsito de peatones en ambas direcciones, observé que un extraño portando una vieja maleta se dirigía al portal. Me llamó la atención su indumentaria, pero en concreto, me pareció muy peculiar la prenda con que se cubría la cabeza; una especie de gorra de paño, negra, redonda pero sin copa ni visera, algo raro para lo que solían usar los californianos. De encontrarle alguna similitud, pensé que se asemejaba a la boina del Che Guevara, ese argentino nacionalizado cubano que por aquel entonces estaba armando la revolución en Bolivia, pero ahí terminaba el parecido; éste tenía bien rasurada la barba, el pelo corto y nada en la vestimenta que le confiriese un aspecto marcial. A primera vista calculé que tendría quince o veinte años más que yo, es decir en torno a los cincuenta. El individuo se paró, levantó la mirada y después de un examen general a la fachada, esbozó una sonrisa de aprobación y entró en el edificio. Picado por la curiosidad, escuché cómo el desconocido salía del ascensor en el segundo y fisgando por la mirilla de la puerta lo comprobé. Al instante caí en la cuenta que el apartamento de al lado estaba en alquiler. En efecto, desde mi observatorio vi cómo el hombre sacó del bolsillo unas llaves y tras comprobar la letra A sobre la puerta que tenía frente a él, tanteó en la cerradura. Decidido me propuse tener un principio afable con la persona que al parecer iba a ser mi vecino, así que abrí la puerta, para ofrecer al recién llegado ayuda desinteresada en lo que hubiera menester.

‑Excuse me. Can I help you? –pregunté tratando de ser amable.

‑Disculpe –Se lamentó el desconocido‑. Soy español y no sé nada de inglés.

‑¿Qué me dice? ¿Habla español? No hay problema yo también lo hablo. De hecho soy mitad mexicano, fíjese que a mí todos me conocen por Robert, pero mi nombre completo es Roberto Foster Martínez y aunque nací aquí en San Diego, con mi madre que era de Tijuana (Méjico), siempre me expresaba en la lengua materna.

‑Yo me llamo Pedro García, y soy un español que en el treinta y nueve, al acabar la guerra civil de mi país tuve que exiliarme. Mi padre había muerto durante la contienda acusado de ser rojo y yo por miedo a Franco desaparecí. He vivido en Argentina, pero a raíz del golpe de estado que dio un general el pasado junio, me veo una vez más en la necesidad de solicitar acogida. Éste va a ser mi nuevo domicilio y al parecer nos veremos con frecuencia. Ahora disculpa, quiero darme una ducha y organizar la ropa en el armario de mi nueva casa. Me alegra vivir junto a alguien con quien poder tener un poco de conversación.

‑En EE. UU. encontrará mucha gente con quien hablar, especialmente en las ciudades del sur de los estados fronterizos, pues tienen una gran colonia de sudamericanos y mejicanos, además de otros muchos que estudiaron el español como segunda lengua. No se preocupe que con mucho gusto charlaremos en su idioma, Pedro. Ha sido un placer conocerle amigo y si en algo puedo ayudarle no dude en hacérmelo saber –Ofrecí con sinceridad.

‑Oye Robert ‑titubeó Pedro buscando las palabras más apropiadas‑. Puesto que dices que vamos a ser amigos, no me trates de usted y yo contigo haré lo propio. ¿Vives solo?

‑No, con Stella, mi esposa. En estos momentos está preparando el almuerzo. Por cierto si no has comido aún, te invito a compartir mesa con nosotros. Según dicen, donde comen dos comen tres. Aunque es verdad que les toca a menos –Mi invitación surgió espontánea.

‑Pues escucha mi propuesta; aceptaré tu generoso ofrecimiento encantado, porque acabo de llegar de viaje como has visto, vengo hambriento y estoy detectando un delicioso olorcillo que viene de tu cocina. A cambio, esta noche os invito yo a que degustéis conmigo unas viandas, que me han hecho llegar desde España; principalmente embutidos ibéricos ¿Hace?

‑¡Stella! Seremos uno más en la mesa. Demostraremos nuestra hospitalidad al nuevo vecino y de paso podremos ir tomándonos confianza –Acepté satisfecho.

‑De acuerdo pondré tres cubiertos –respondió ella desde el interior.

‑Ya lo has oído –Advertí a Pedro‑. Empezaremos en una hora. ¿Vale?

‑Perfecto. Hasta luego entonces –Aceptó con satisfacción.

Hace unos años ya, desde aquel día que nos conocimos. Pedro, era natural de Torresandino, un municipio Burgalés, pero al terminar la guerra civil española tuvo que emigrar a América y el destino nos hizo vecinos. Pronto se ganó nuestra simpatía, pero no podía olvidar a los amigos, los pagos y las costumbres de su villa natal. Nos hicimos buenos camaradas, él me llamaba Gringo y yo a él Cascón que decía era el gentilicio de su pueblo. Compartíamos la afición a la caza y aprendió las artes para capturar peces en el mar. Juntos pasábamos muchas horas y me entusiasmaba escucharle, cuando hablaba de su añorada patria chica, hasta el punto, que yo me imaginaba la campiña escuchando su descripción detallada del páramo, los valles y los cotarros. Sentía una gran nostalgia por aquella tierra.

‑Tú conoces los beneficios del gimnasio ¿Verdad? Pues te aseguro Robert, que eso no es nada comparable con un paseo matutino al principio de verano. Resulta el mejor remedio para recuperarse del estrés acumulado, oxigenar los pulmones, vigorizar los músculos, eliminar el colesterol y otros males que nos ha traído el progreso.

‑No lo pongo en duda, castigar el cuerpo un par de días a la semana, hacer cinta, bicicleta estática o pesas, compensa los excesos en la mesa, pero no exageres.

‑Si haces que sea tan cotidiano como acudir todas las mañanas a la fábrica, lo descubrirás por ti mismo. Recuerdo la brisa fresca rozándome la piel saludando mi llegada al llano cuando superaba la cuesta La Canaleja. Observaba las fincas de cereales ya tornando del verde al amarillo, meciéndose al viento, tal como lo harían las olas en un lago de montaña o mi bandera republicana que defendí en el conflicto. –Fantaseaba mi amigo.

‑Eso ha sido una interferencia que no viene al caso, sigo esperando oír las bondades de tu cura. Supongo que habrá algo más que un simple roce del viento ¿No? –Insté a Pedro.

‑Ya suponía que resultaría difícil hacérselo entender a un Gringo. Es como predicar en el desierto. ¿Te lo explico como para niños? Imagínatelo como la suma de los beneficios que la actividad reportará en el organismo. Un ejercicio moderado para los músculos, es siempre aconsejable. Tomar el sol a esas horas de bajo índice de rayos ultravioleta, sano para la piel. Recrear la vista en los matices suaves verdes y amarillos bajo el azul del cielo castellano, relaja hasta el alma. Todo en calma y en silencio, pero arrullado por el leve murmullo de la brisa, al que se añadirán los graznidos de las grajillas sobrevolando los campos y el intermitente canto característico de la perdiz, un regalo inmaterial. El olor de las plantas, algunas medicinales, te seguirá por los senderos, tal vez te relajen o te alivien el dolor de cabeza y otras simplemente aromáticas, que te tentarán a que acerques la nariz. ¡Cuidado con las abejas! Luego, sentado sobre una piedra en algún promontorio sobre el valle del Esgueva, te comes el bocadillo que llevas en la mochila, preparado como siempre, pero ¡Qué rico!

‑Me has convencido, cuéntame qué hay de... Ya sabes: Ocio, bares, música, baile…

‑No te aburrirías en unas vacaciones. Para relacionarte cuentas con cuatro tabernas sin lujos, que te servirán una comida casera si lo solicitas. Las cuadrillas de jóvenes donde te puedes integrar si eres un poco sociable montan la diversión en las bodegas, tras merendar con vino clarete de la zona.

‑¿Nada de música y bailoteo? –Indagué de acuerdo con mis gustos

‑En las fiestas patronales del dieciséis de julio en honor y devoción a la Virgen del Carmen, sí. Sólo duran tres días, pero es normal sumarse a las de los pueblos próximos a veces distantes más de 20km. En verano todos los fines de semana pueden hacerse planes.

‑De todo ello, ¿qué es lo que más te emociona? ‑Dije buscando la reacción de Pedro.

‑Sin ninguna duda, cuando pienso en mi viejita. Mi madre, con casi ochenta años que aún vive. Desde el día que tuve que huir para salvar el pellejo sólo la he podido abrazar en dos ocasiones y para ello ambos tuvimos que volar a París, para vernos apenas unas horas.

‑Sería doloroso volver a separarse, me imagino. ¿Erais más hermanos?

‑Tenía una hermana que falleció de niña por la meningitis, se llamaba Carmen, como Nuestra Señora la Virgen patrona del pueblo que siempre llevo conmigo.

‑¿Que siempre llevas? ¿Qué quieres decir con eso, Cascón? –Realmente no lo entendía.
Pedro ocultó el rostro entre las manos, después trató de serenarse un poco y metiéndose la mano por el cuello de la camisa, extrajo un ajado escapulario de la cofradía de la Virgen del Carmen de Torresandino.

‑Me lo entregó mi madre –explicó‑, al quedarse sola la primera vez y siempre lo llevo en el cuello, nunca me separo de él.

‑¿Llegará el día en que puedas volver libremente? Dije refiriéndome a su país

‑Hay indicios de que Franco tiene todo arreglado para que Don Juan Carlos de Borbón sea su sucesor y mis esperanzas están puestas en que así sea.

‑Eso supondría una nueva dictadura o ¿crees que la vieja guardia le permitiría dar un giro hacia la democracia? –indagué sobre la política de actualidad que desconocía.

‑Lo que los observadores están asegurando sobre él indica que es un joven inteligente preparado para reinar al estilo de otras dinastías europeas en connivencia con la democracia. Tengo esperanzas de que así sea.

‑¿Regresarías para quedarte o únicamente para pasar unos días?

‑Si allí me dieran trabajo, me quedaría para siempre.

En noviembre del año 1975 fallecía el dictador y se coronaba al nuevo rey Juan Carlos. Empezaba una nueva etapa que permitía nuevas esperanzas para muchos españoles. Pedro así lo vislumbraba siguiendo con interés las noticias y comentarios de la prensa pero tuvo un fatal accidente, y desgraciadamente ya nunca podría volver, para las fiestas como él decía. Estábamos pescando con caña en el mar desde unas rocas y un resbalón le hizo perder el equilibrio y caer varios metros al acantilado. Antes de su muerte, tuvo momentos de lucidez y toda su pena era no poder postrarse ante la venerada imagen de La Virgen una vez más y abrazar a su anciana madre. Embargado por la emoción que me causaban sus entrecortadas palabras, lloré con él.

‑Yo iré a España para cumplir lo que deseas ‑Le prometí.

‑Dile a Nuestra Señora, que siempre la llevé aquí ‑dijo señalando su pecho.

Decidido. Tomaría los ahorrillos y viajaría con Stella a la vieja Castilla. Lo prometido es deuda, así que para julio del año 1976 organicé con Stella las vacaciones en España.

Tras aterrizar en Madrid, iniciamos una gira en auto caravana de alquiler, por varias ciudades, sin más compromiso que la fecha del vuelo de regreso y llegar a Torresandino para la fiesta. El día quince nos detuvimos a la entrada del pueblo y rellenamos los depósitos de agua potable en la Fuente Vieja, después localizamos un lugar tranquilo para la noche en la Avenida de las Escuelas y a descubrir la villa. La gente, amables y simpáticos nos daban conversación sin conocernos. Y en los bares nos saludaban como a clientes habituales ¡Aúpa!   

El primer acto oficial era el pregón a las 24 horas y unas doscientas personas asistieron al evento que invitaba a pasarlo bien, seguido del chupinazo y cohetes a la par que el voltear de campanas marcaban el inicio de las fiestas. La dulzaina y el tamboril, junto a un público animoso iniciaron un pasacalle que extendió el ambiente festivo. Nos unimos al grupo, coreando lo que podíamos dispuestos a aguantar hasta quedar afónicos. Reconozco que Stella y yo dejamos hace tiempo los años de loca juventud pero nos encanta participar. Después, nos detuvimos en una caseta de feria en la que saciar el apetito a base de tacos de jamón y queso y en la zona de bares nos tomamos una copa en una mesa al aire libre. Por los comentarios los tres días de fiestas contaban con un grupo de rock bastante bueno, pero la víspera sólo había música disco, así que optamos por retirarnos a descansar.

Ya me lo había dicho Pedro. La procesión se sigue con gran fervor a Nuestra Señora y muchos hombres y mujeres bailan la jota por delante de la fastuosa carroza, durante todo el recorrido avanzando hacia atrás para no darle la espalda. En las paradas intermedias exhibe su repertorio de danzas el grupo folklórico cascón.

Acabado el recorrido daba comienzo la misa. El templo era acogedor y estaba adornado con muchas flores sobre todo ante la bella imagen de la patrona de la villa. Al terminar esperé que la gente fuera saliendo porque este sería un buen momento para cumplir con una parte de la palabra dada a mi amigo. Me coloqué de rodillas frente a la imagen y desde mi interior le hablé de Pedro y de sus palabras. “Dile a Nuestra Señora, que siempre la llevé aquí.”.

Al salir de la iglesia, nos informaron que en el salón municipal ofrecía un lunch el ayuntamiento, para todos vecinos o forasteros que quisieran degustar algunas viandas con un vino de la tierra. Terminamos casi a las 15 horas y sin apetito para almorzar a continuación, así que sólo tomamos unas tapas en uno de los bares y quedamos satisfechos.

Posteriormente vimos un partido de pelota de exhibición y sacamos tiempo, para tomar unos vinos de Ribera del Duero por los bares, de paso nos relacionábamos con nuevas personas, que en ocasiones eran magníficos conversadores, eludiendo al típico futbolero, incapaz de tener otro tema que no sea fútbol.

Cuando solicitamos mesa para cenar nos dijeron que estaba todo reservado pero siendo únicamente dos personas tal vez nos podrían hacer un hueco. Aceptamos, pero fue un fracaso total, tanto el servicio como la comida en sí.

Hacía frío y nos acercamos al auto caravana para ponernos otras prendas de más abrigo y dimos un paseo bajo las estrellas, para hacer tiempo hasta la hora de la verbena y comenzar el bailoteo. A lo cual Stella y yo siempre estábamos dispuestos. La música a cargo de un grupo de música pop bastante bueno, que tocaba los últimos temas de la canción para la juventud, intercalados con los mejores tangos, boleros y pasodobles que animaba a los no tan jóvenes. Otra pareja más joven, Julián y Rita, nos preguntaron si habíamos tomado clases de baile y entablamos conversación. Después nos invitaron a recorrer las peñas, donde nos ofrecieron limonada y había buen ambiente festivo. Para las seis, a Stella y Rita se les habían agotado las pilas y Julián y yo teníamos hecho el cupo así que nos retiramos a dormir.

Rita y Julián, se habían convertido en nuestros inseparables cicerones para todo y principalmente no tuvimos ya que preocuparnos por las comidas. Invitados por ellos, sus amigos, su familia o compartiendo una gran paella de excelente elaboración, en la tradicional comida de hermandad.

Al atardecer un grupo de música popular animaba al público que abarrotaba el improvisado auditórium. Nos divertimos coreando aquellas canciones populares. La letra hablaba de esta tierra y sus gentes e imaginé a Pedro en este ambiente, emocionado por lo mucho que amaba a su pueblo y pensé. –Aún tengo que visitar a su madre.

La verbena del sábado resultó tan intensa o más que la anterior con la variación que ya estábamos cansados del día anterior y nos retiramos a las cuatro de la mañana.

El domingo quisieron que nos quedara un buen sabor de boca y nos llevaron a un merendero del castillo donde cenamos las mejores chuletillas de cordero asadas con sarmientos. A los postres, una magnífica puesta de sol tiñó de rojo el horizonte, resultando el mejor remate no planificado. Después la oscuridad se fue abriendo paso.

‑Venga, a ver si se nos levanta el ánimo que estamos decaídos –Animó Rita.

‑No sé –respondió Stella‑, lo hemos pasado muy bien juntos y sin embargo, mañana ya nos vamos y apenas nos conocemos. Me gustaría mucho entablar una conversación amena.

‑Vale. ‑Empezó Rita‑ ¿Qué os han parecido nuestras fiestas?

‑Nunca habíamos disfrutado tanto ‑contestó con sinceridad Stella.

‑¿Qué opinión os lleváis de los cascones? ‑preguntaba de nuevo Rita.

‑Teníamos un amigo que era de aquí, nos hablaba mucho de Torresandino y al parecer os conocía bien, sois buena gente como él decía ‑contesté convencido.

‑Entonces vinisteis animados por él ¿Cómo se llama? ‑dijo Julián.

‑Se llamaba Pedro García, murió en un accidente –respondí afligido.

‑Pobre hombre –comentó Julián, conocemos su historia. Su madre se llama Inés, tendrá casi ochenta y cinco años, y esperaba su pronto regreso, cuando le comunicaron el dramático suceso. Pero está en silla de ruedas y no encontró los medios de viajar a los EE. UU., para repatriar el cadáver.

‑Mañana visitaremos a Inés, espero que le haga ilusión saber que su hijo nunca se olvidó de su viejita y vivió feliz con la esperanza de regresar ‑Añadí.

Julián no pudo, pero Rita nos acompañó para presentarnos a la anciana señora.

Le conté mi relación con Pedro y sobre todo detallé el episodio final cuando le prometí que vendría. Mi abrazo fue sincero y cargado de emoción pero Inés aguantó serenamente. Ello me dio pie para decirle:

‑Es usted fuerte señora, temía hacerla llorar.

‑Ya no me quedan lágrimas por derramar, mis ojos están secos. No tengo a nadie para perder, primero fue mi hija, más tarde a mi marido y por último el hijo que me quedaba. ¿Para qué sigo yo en este mundo?

‑Aún tengo que entregarle esto –dije sacando del bolsillo un sobre con aquel escapulario‑. Era de Pedro, está un poco ajado porque es el mismo que usted le dio el día que tuvo que huir de casa y que con gran fervor llevó siempre en el pecho.

La entereza desapareció de aquella madre, ante la evidencia de algo material que su ser más querido mantuvo consigo casi toda la vida, por su amor a ella. Las lágrimas resbalaban por su cara cuando acertó a decir:

‑De poco le sirvió, ¿no le parece, Robert?

‑Le aseguro, que Pedro fue feliz. ‑Intenté persuadirla. Con su carácter nos conquistó, yo encontré en él a un hermano, le acogimos en la familia y nos contagió su felicidad; nunca dejó de llevar a Nuestra Señora en el pecho y a su madre en el corazón. Tenía fe.

Nos despedimos con gran pesar. Sabíamos que nunca volveríamos a vernos. El cuatro de abril del año siguiente, me fue remitido un correo “post mortem” de Inés. En el interior venía el escapulario, que aún conservamos, con una escueta nota:

‑Robert, usted tenía razón, era mi fe la que flaqueaba. Acepte este legado.

‑Este es el final de la historia. ¿Alcanzas ya a comprender por qué te llamas así?

‑¿Tal vez por la hermana de Pedro que murió? No. Intuyo que no, dímelo tú papá.

‑Llevábamos muchos años intentando ser papás y por fin mamá quedó embarazada. Creemos que ocurrió el día que el colgante con la imagen de la Virgen llegó a casa. Desde entonces somos devotos de María la Virgen, en su advocación de la Virgen del Carmelo.

‑Pensamos –Añade Stella uniéndose a ellos‑, que sería bonito llamarte Carmen.

‑Gracias papá, gracias mamá. Dejad que os de un abrazo. Sois unos románticos.
 
 
FIN
 
 
 
 
 
 

jueves, 7 de julio de 2016

Mis Raices Casconas 20 AQUÍ ESTÁIS, ¿ EH MAJITOS?

                                        AQUÍ ESTÁIS, ¿ EH MAJITOS?    

          Me contaba mi abuelo el hecho cierto según él, y se ponía todo lo serio que la situación requería para infundir credibilidad al asunto, que vivía en Torresandino en esos años un labrador pobre pero honrado llamado Lorencito, casado con Benedicta, una mujer muy buena y ahorradora; él, cada día marchaba al monte a trabajar con la comida en el fardel, pero que resultaba ser sólo media hogaza de pan y botella de vino. Recursos que en muchos casos eran adoptados por pura necesidad y como lo daba la tierra, éran también de fácil reposición Por la noche manifestaba a su mujer que no tenía nada contra la calidad de esas vituallas pero todos los días lo mismo le estaba hastiando hasta el punto de que pasaba hambre, que resultaba poco apetente encontrarse invariablemente de menú, el pan solo o mojado con el vino que para más escarnio se ponía caliente como el caldo y la sugería si no había al menos un simple huevo de las gallinas del corral para hacer una tortilla. La respuesta de ella era siempre invariable que las gallinas parece que estaban con tal o cual enfermedad y no ponían. Naturalmente eso no era cierto, ya que lo que la buena señora estaba haciendo, era juntar una cantidad y llevarlos a canjear por otros artículos, método de pago muy aceptado por aquella época y así contribuir a aumentar el ahorro, que era todo su afán y su sueño. Cierto día, Lorencito, buscando en el desván algo que no viene al caso, se encontró con el escondite, donde ya estaba hasta arriba, la cesta que contenía los huevos. Le entró una rabia repentina e hizo lo primero que le vino a la cabeza: Dándole una patada a la cesta, echó a rodar los huevos desde lo alto de la escalera al tiempo que gritaba “vaya, ¿conque aquí estabais eh majitos?”    


lunes, 13 de junio de 2016

Mis Raices Casconas - 19 - PRIMERO LA RISA PADRE

 PRIMERO LA RISA, PADRE  

      Otro relato que recuerdo haber escuchado a mi abuelo en repetidas ocasiones, trataba de dar a entender que hay que aprovechar lo bueno que pueda tener la situación, aunque sea adversa, ver el lado positivo y no sólo el negativo, o el cómico y no sólo el trágico  aunque después la desgracia no nos sea ajena y nos toque lamentarnos.            
   Contaban que en cierta ocasión que venían un padre ya de cierta  edad con su hija, bajando del monte con el carro, por el camino de San Pedro, porque por entonces aún no se había hecho la carretera de La Canaleja, y este era el más idóneo. La hija le acompañaba y ayudaba en todas las labores siempre que era  necesario y no le resultaban desconocidas las tareas, al igual que si de un mozo se tratara. El caso fue que por evitar lo fangoso del camino orillaron más de la cuenta y tuvieron la mala suerte de volcar, quedando la hija sin ningún percance pero el padre atrapado bajo el carro.  
   Era esta historia contada con nombres y apellido como cierta, con tal profusión de detalles que no deja lugar a dudas, sobre si es verdad o cuento; Según decían mientras que el padre  pedía ayuda, la hija reía desternillantemente. Y cuando el hombre ya totalmente desesperado soltando todo tipo de juramentos, la suplica auxilio a gritos, ya la hija por fin consigue dominar la risa y  resume:
    “Padre, primero es la risa aunque después pese”. 

                 

   Cuando la vida te presente ocasiones para llorar demuéstrale que tienes mil y una razones para reír.  

                                    

sábado, 7 de mayo de 2016

Mis Raíces Casconas - 18 - YA ESTA, DIJO CACHITAS

YA ESTA, DIJO CACHITAS


      Otro dicho, que se introducía mucho dando como zanjado el asunto, se le atribuía a un señor de oficios varios. En el pueblo se le tenía como peón para todo, y que yo recuerde, al menos, durante una temporada larga estuvo de vaquero, (pastoreando reses para carne), obrero para faenas agrícolas sobre todo en verano, trabajos varios para el ayuntamiento, la fabricación de materiales de construcción (léase hacer adobes) por encargo y en ocasiones, pidiendo puerta por puerta por los pueblos cercanos, con su compañera de fatigas, pareja de hecho sin papeles y hambre asegurada para ambos, de apodo CACHITAS él y GEÑA ella y me supongo que tendrían nombre propio, pero nadie lo usaba. Resultó que un buen día que se encontraba atareado en la fabricación de adobes (ladrillo de barro mezclado con paja, sin cocer, y secado al sol) pasó por el lugar su padre y se enzarzaron en una acalorada discusión  que  fue ascendiendo de tono, llegando el final de la misma cuando el hijo agarró un adobe, se lo lanzó a su padre  y le acertó, al tiempo que decía, “ya está”. Por eso, la gente cuando algo queda por fin concluido cita la frase, “ya está, dijo Cachitas”y con la coletilla a continuación “y había pegado un adobazo a su padre”. 



Construcción típica de adobes y detalle









sábado, 2 de abril de 2016

Mis Raices Casconas - 17 - SI, SI...DECÍA LA SASTRA

SI, SI... DECÍA LA SASTRA


   
     Al parecer, cuando no tenían TV, ni RADIO ni se conocía el CINEMASCOPE, se hablaba de los hechos cotidianos que ofrecía el propio pueblo, repitiendo hasta aburrirse, las noticias ciertas, y en ausencia de tema,  inventaban cuentos, chistes, y dichos graciosos etc..... Recuerdo haber oído a mi abuelo decir algunos, y realmente eran citas, que caían en gracia a la gente y entre todos, terminaban haciéndola célebre como ésta que intentaré dejar bien descrita aquí, porque era de las que más estaba en boca de todo el pueblo, puesto que los contaban y repetían con mucho regocijo.   
    Era el dicho, (síííí, sí.) con que acostumbraba a zanjar la conversación la sastra (mujer del sastre) en la cantina que regentaba en el Fole  en la zona trasera del nuevo frontón y  de frente al cuartel de la guardia civil. Al parecer, la citada cantinera presumía de que como para ella todos sus clientes eran conocidos parroquianos, optaba por no tomar partido por nadie, pero la tiraba mucho la afición del chismorreo y aún no queriendo interferir en los diarios comadreos y discusiones, sí que se mostraba solícita a escuchar y cuando simplemente no estaba de acuerdo con lo que se decía, soltaba su implacable “si, sí ”...
  Así que pasados los años, en los temas cotidianos chicos y grandes, seguían sacando esa cita siempre con sorna, de la conocida señora. “Si, si, decía la sastra” como indicando. “Porque tú lo digas”.












jueves, 10 de marzo de 2016

Mis Raices Casconas - 16 - LA CASA DE SUS PADRES

        LA  CASA  DE  SUS  PADRES

        Contaba mi abuelo que cuando la casa que había sido de sus padres, fallecidos éstos, sus hermanos propusieron venderla y acordaron el precio, él manifestó que le hacía falta, porque estaba a renta pero no tenía esa cantidad, quizás si le bajaban el precio o se lo dejaban pagar a plazos, se quedaba con ella; le dijeron que de eso nada que si la quería que pagase lo acordado.   Por entonces trabajaba como obrero para el señor Juanillo, y al día siguiente de esa conversación estando mi abuelo en su casa, le preguntó la hermana de este hombre, la señora Elena:
          “Oye Enedino, he oído que vendéis la casa de tus padres.        
         Sí, si nos sale comprador, la vendemos.   
       ¿No dices tú que quieres comprar una? ¿Mejor que la vuestra... ? Repuso la Tiá Justa, madre de los hermanos que también se encontraba presente.
      Mi abuelo les comentó la conversación mantenida el día  anterior con los otros herederos, a lo cual aquella buena mujer le  recriminó:
       “Demonio, demonio; (era su dicho habitual) eso no es problema, si te hace falta, nosotros te dejamos lo que sea y nos lo devuelves cuando puedas”.
      Ese mismo día, les comunicó a sus hermanos que se quedaba con la casa.
   “Ya es tarde” le contestaron “porque ya está apalabrada con fulano; ahora que, si tú nos das un tanto más es tuya”.



     No se cansaba de repetir aquella situación que evidenciaba la avaricia de su familia y la generosidad de los que no eran nada. Se quedó con la casa, pagando el sobreprecio exigido. Obviamente de aquellos mis tíos abuelos, sólo quedan sus descendientes, y no conocerán la historia, ni sus pormenores. Si acaso estas notas llegaran a ser leídas por ellos, sencillamente añadir que de aquellos leños no quedan rescoldos; en cambio añadir, que aunque la deuda material con los hermanos Juanillo, Elena y la tiá Justa quedó saldada, nuestra familia siempre les estuvo agradecido y les tendrá en consideración.