jueves, 12 de diciembre de 2019

Cuento de Navidad


Para variar, voy a pasar un relato ficticio que he escrito para navidad. No le busquéis similitud con algún caso en la vida real, sería pura coincidencia.



Título: Cuento de Navidad

Para cualquier hombre entrar en prisión resulta duro, más aún cuando el encarcelado se sabe inocente e injustamente condenado. Ese era el caso del recluso interno Juan Ramos. Por si fuera poco, en la última carta su esposa Jimena le comunicaba que había alumbrado el bebé que esperaba, detallando las incidencias del suceso en la confianza de que al leerlo su marido, la noticia actuaría en él como una buena tila relajante. El resultado fue más bien lo contrario, pues le sentó igual que si se hubiera tomado un café doble, bien cargado.

La llegada de una información semejante, con toda seguridad a cualquier otro recluso le hubiera levantado el ánimo ayudándole a sobrellevar su encierro, sin embargo Juan, abandonó la lectura doblando el papel y guardándolo en el sobre postal se mantuvo apático silencioso e irascible, sin siquiera mostrar interés por conocer los detalles del parto o si la criatura había sido varón o hembra, lo que dejaba claro que de ningún modo le había resultado alentador. Sencillamente había pasado ya demasiado tiempo sin tener a Jimena entre sus brazos y ahora este acontecimiento le hacía albergar dudas porque los cálculos no le cuadraban, lo cual en su opinión evidenciaba de manera irrefutable algo muy doloroso que le atormentaba. Su mujer le había puesto los cuernos.

Desde el principio del embarazo ella le había notificado su estado, pero siempre había soslayado subrepticiamente el asunto de tal modo, que Juan no conseguía entrever entre líneas intención alguna de que quisiese sincerarse o tal vez que mostrase algún atisbo de arrepentimiento por su infidelidad. Diríase que invariablemente parecía estar completamente convencida de que su marido aceptaría de buen grado ser el padre putativo y que obviamente celebraría el nacimiento de su primer hijo con mucho entusiasmo. Juan no pensaba del mismo modo; aun así, pasadas unas horas siguió leyendo.

‑Nuestro pequeño –indicaba la madre‑, es rubio, de ojos claros y con dos semanas ya nos tiene a todos conquistados.

‑Ni siquiera es moreno o de ojos marrones como yo ‑Suspiraba Juan‑. Obviamente, el crío habrá salido todo a su padre biológico mientras que cualquier parecido conmigo sería pura coincidencia. De ningún modo podrán cargarme la paternidad, sencillamente por el hecho categórico de que el último vis a vis íntimo lo tuvimos casi un año atrás y eso será mi mejor coartada constatable. En mi opinión, el recién llegado se ha demorado demasiado para las pretensiones de su mamá.

‑A mí, como madre ‑proseguía Jimena‑, se me cae la baba sólo con mirarle y le llevo a todas partes conmigo, incluso al juzgado y creo que podría ser un gran diplomático pues con sólo su presencia ha conseguido lo que yo intenté muchas veces y nunca logré. De momento me han prometido reabrir tu caso y que te darán una semana de permiso para estar con la familia. Como te puedes imaginar, desde que me lo comunicaron estoy loca de alegría, porque pasaremos juntos las fiestas de fin de año.

A continuación, Jimena pasaba a enumerar las desdichas, los sufrimientos y las privaciones que por su ausencia tenía que sufrir.

‑Cuando te llevaron detenido acusado de corrupción y soborno, no comprendía nada y cuando fui llamada a declarar, tuve que aguantar las acusaciones insultantes del fiscal que como recordarás, reiteradamente intentaba inculparme a mí también. Como sabes, la triste realidad era que nuestra economía estaba en situación precaria y no teníamos dinero ni siquiera para depositar la fianza que exigía el juez y al escuchar la sentencia condenatoria comprendí que para más INRI tendría que pagar a un abogado, que resultó incompetente y que me dejaba en la miseria.

‑Al menos –pensaba Juan‑, si se prostituyó, no fue por sacarme a mí.

‑ ¡Cielo Santo! Por distintas razones –proseguía Jimena‑, hemos dejado pasar demasiado tiempo sin vernos, especialmente desde que me quedé sin vehículo, porque sin él, las comunicaciones para llegar a la prisión son escasas y pésimas. Tampoco lo facilita el que sólo se permitan visitas los domingos y no disponer por la tarde de autobús, me veo obligada a regresar el lunes y pasar la noche sola en algún hostal, que además del miedo que me da, pierdo una jornada de trabajo.

Juan buscaba entre líneas algún comentario que le sirviera de indicio o pista para desvelar con quién se había acostado pero perdía el tiempo; en las siguientes frases tampoco había referencia alguna a lo que tanto le intrigaba.

‑La situación a día de hoy –resumía Jimena‑, está superada gracias a la ayuda de nuestros amigos y un trabajo en una inmobiliaria que no requiere muchas horas. Si su señoría reabre el expediente, tengo la esperanza puesta en que quedarás libre, pero si no fuese así, espero que al menos consigamos una reducción de la pena que tan injustamente te impusieron. De todos modos, apenas quedan unos meses para que te concedan el tercer grado y muy pronto la libertad condicional, el paso previo para alcanzar definitivamente la excarcelación. Para entonces ya tengo proyectos, para los que estoy convencida contaré con tu aprobación y espero también de tu parte que adoptes una actitud positiva y animosa. Sólo así –apostillaba Jimena‑, superaremos los infortunios que el futuro pudiera depararnos. Pronto llegará la Navidad y saldrás con tu primer permiso. Ya tendremos ocasión de hablar de todo ello y disfrutar juntos nada menos que siete días.

La puerta de la penitenciaría se abrió para Juan, un hombre aún joven y aunque delgado, bien parecido. Observó el pino decorado con guirnaldas y bolas de colores y a continuación levantó la vista para observar el cielo. Al percatarse del mal cariz que presentaba, tan cubierto como estaba de nubarrones negros, arrugó el entrecejo y musitó para sí:

‑ ¿Qué se podía esperar? Hemos entrado en el invierno. Si empezara a llover llevo en la mochila un impermeable.

Ajustándose a su espalda los tirantes de la misma, se encaminó calle arriba directamente hacia la terminal de autobuses. Una vez allí, mientras esperaba la hora de salida del Nº4 que le llevaría a su destino, Juan se acercó instintivamente a la tienda de regalos repleta de juguetes y compró un osito de peluche.

‑Qué diablos, a los bebés de pocos días siempre se les regala esto o un sonajero y a este que no tiene culpa de nada, según su madre le debo yo más que él a mí.

El autocar atravesaba un paisaje árido y la naturaleza hostil de montaña hizo aparición cuando se desató la tormenta y al poco nevaba copiosamente. El conductor intentó animar el ambiente poniendo villancicos por megafonía. Juan repasaba los párrafos del correo postal y reflexionaba sobre ello.

Los vehículos ralentizaban la velocidad por precaución y dejaron pasar al camión quitanieves. Algunos pasajeros aplaudieron su trabajo y desde la cabina un hombre de mediana edad con abundante barba canosa, sonriendo levantó la mano como saludo. Con la oportuna ayuda, el autocar llegó al final de su recorrido al caer la tarde, pero Juan sabía que aún le quedaban 3km de distancia por descampado para llegar a su casa y suponía que algún familiar estaría esperándole, pero vana ilusión, todo estaba solitario. Hubiera tomado un taxi, pero todos se habían retirado ya porque las calles estaban intransitables.

Quedó solo frente a la carretera que le llevaría con los suyos, pero la prudencia le aconsejaba no hacer ese camino andando en las condiciones actuales y con las sombras de la noche avanzando sobre el paisaje.

‑Vaya, tan cerca y tan lejos. ¿Qué puedo hacer? –susurró para sí mismo disgustado‑. Para que luego hablen del espíritu navideño.

‑Joven –escuchó que le llamaban‑, tienes un problema por lo que veo.

Juan buscó con la mirada a quién así le había interpelado, y se encontró con el rostro del hombre del quitanieves asomado a la ventana de su vehículo.

‑Ah, buenas tardes por decir algo –respondió a su vez.

‑ ¡Sube a la cabina que llevo tu misma dirección!

‑ ¿Cómo dice?

‑ ¡Vamos, sube que está entrando todo el frío por la puerta!

Ante la autoritaria voz, Juan no dudó en obedecer, porque tampoco tenía otra alternativa.

‑Tu esposa estará esperándote y ¡qué diablos, estamos en Nochebuena!

Era un personaje muy locuaz y apenas dejó de hablar desde que se encontraron.

Juan escuchaba y callaba por no mostrar la negativa animosidad que sentía, ante el encuentro con aquel personaje que a buen seguro conocería también a un bebé que no era suyo.

‑Os deseo las mejores Pascuas –manifestó el personaje de la abundante barba blanca‑, sois una pareja estupenda y ahora con el niño tendréis muchos momentos de regocijo. Estimo que lo tenéis bien merecido.

‑ ¿Por qué dice eso? –interrumpió Juan a su oportuno interlocutor‑. No tiene usted ni idea de lo que sucede en las vidas ajenas.

‑Por tu respuesta –concluyó el personaje‑, saco la conclusión de que eres un resentido.

‑ ¡Oiga! Acercarme a mi casa no le da derecho a insultarme –protestó Juan‑. ¿No cree?

‑Por favor, deja que yo abra tus ojos a la realidad, hazme caso. Si me prestas tu atención unos minutos más, te contaré algo que iluminará tu futuro como estos faros lo hacen en el camino.

Intrigado por lo que podría escuchar pero también cohibido por la fuerza y el tono decidido que transmitían las palabras de aquel tipo, Juan obedeció.

‑Las autoridades junto con los vecinos de este pueblo –prosiguió el desconocido‑, están orgullosos de tu mujer. Sí, de Jimena. ¿No sabes que la consideran modelo del honor, valentía y coraje juntos?

A Juan le pasó por la imaginación que resultaba sospechoso la suerte que había tenido Jimena con sus amistades; mientras que a él alguien lo acusó, a ella en cambio la estaba dando trabajo y quizás la ayuda no acabara en eso y se extendiera a mucho más.

‑Veo que hay cosas que ignoras –observó el barbudo conductor al no obtener respuesta‑. Te relataré los hechos que motivaron lo que te digo y al parecer desconoces. Después juzga si te crees con algún derecho para hacerlo:

Juan se dijo que le había tocado un charlatán muy peculiar pero el favor que le hacía llevándole debía tenérselo en consideración y si le divertía hacer de cuentacuentos, no se lo impediría.

‑Un viernes a la mañana –prosiguió el informador‑, nuestra Jimena se dirigía al hipermercado para hacer la compra semanal. Conducía su automóvil por la calle principal y al pasar por la plaza se paró en el paso de peatones. Observó que del banco salían algunas personas corriendo, pero no entendía nada; repentinamente un encapuchado portando un maletín se metió en el asiento del copiloto y sin más preámbulos la apuntó con un revolver a la vez que amenazaba:

‑Mete la velocidad y sin prisas vayamos de excursión, nena.

‑Una hora después llegaban a un refugio escondido en lo más profundo de la sierra. El atracador, pues de eso se trataba, se había descubierto la cara y Jimena que en parte se había tranquilizado, reconoció en él al temido bandolero de la comarca al que apodaban el Pelirrojo. Entraron en la cabaña, la amarró a una silla con una cuerda y guardó el botín conseguido en un armario.

‑ ¡Déjeme ir! –pidió insistentemente Jimena‑. Le prometo que no desvelaré su escondite.

‑Las noticias que hemos escuchado en la radio del coche hablan sólo de mí, nada sobre una mujer, por eso he pensado que permaneceremos aquí unos días y después me vendrá bien que estés a mi lado para que conduzcas una vez más hasta alejarnos definitivamente de la zona. Nadie sospechará, de un aparentemente matrimonio que se dirige a pasar unos días en la playa.

Juan pensó que se trataba del guión de alguna película y le dejó seguir.

‑Por las noches el Pelirrojo cambiaba las ligaduras de la silla a la cama y a pesar de las maldiciones y todo el forcejeo que a ella le permitían las ataduras, el canalla se acostaba a su lado. El odio y deseo de desagravio fue creciendo en la mujer, mientras se juraba a sí misma que debía hacerle pagar por tantos ultrajes.

Juan no comprendía nada ya. ¿Estaba hablando aquel desconocido de su mujer realmente? De ser así, ¿con qué objetivo se inmiscuía en asuntos tan privados para una familia? ¿Debía exigirle que se callara? Pero ¿Cómo podía estar tan al corriente de los detalles? ¿No sería un complot ideado para que se tragara un cuento que justificara lo injustificable? Aunque enojado, se calló dispuesto a seguir con más interés lo que aquel hombre seguía relatando.

‑Este animal –pensaba Jimena‑, no merece vivir en libertad porque es un parásito nocivo para la sociedad, sin sentimientos con sus semejantes y vaya donde vaya nunca dejará de ser tan asquerosamente repulsivo e inhumano. Esperaré una oportunidad y si surge, no tendré piedad; aunque me vaya la vida en ello.

‑Ese afán por seguir luchando me resulta familiar. ¿Consiguió escapar? –alcanzó a preguntar Juan.

‑No surgió la ocasión. Permanecieron allí cuatro jornadas y cuando ninguna emisora hablaba ya del robo, el malhechor decidió largarse del lugar como tenía planeado. Llevaba la pistola oculta en la chaqueta y amenazaba con matarla si no hacía lo que él la indicaba. Hacía un tiempo estupendo y marchaban por la autopista sin novedad hasta el momento de pasar por el peaje.

‑ ¡Maldita sea! allí delante está la policía –masculló el fugitivo pero al mirar con detenimiento se tranquilizó‑. No habrá ningún problema, es un control de alcoholemia que no está buscándonos y si vamos tranquilos puede que ni nos manden detener. Que no se te ocurra hacer ningún gesto sospechoso, que te vuelo la cabeza. ¿Me has entendido? ‑Jimena estaba temblando y no coordinaba sus ideas, pero la presión en el costado del cañón del arma amenazante la volvió a la realidad. Reduciendo la marcha conforme a las indicaciones que lo exigían, se aproximaban a 30km/h cuando un policía les hizo señales de que podían continuar. Por la mente de la mujer pasaron subversivas intenciones de revancha, solapadas con una vertiginosa moviola de las amargas imágenes de las últimas jornadas; no podría soportarlo de nuevo. Un aviso de emergencia se encendió en su cerebro.

‑ ¿Consiguió desarmarle? –preguntó todavía no muy convencido Juan.

‑Cállate y escucha. Voy a describirte la situación y la premura con que reaccionó.

‑Si no aprovecho esta ocasión no tendré otra –Se dijo a sí misma tu mujer‑. Y al hacer el cambio de marchas deslizó la mano ligeramente hacia atrás y soltó con sigilo las hebillas de los dos cinturones de seguridad, acto seguido y con toda la celeridad que pudo, se aferró al volante y en vez de acelerar pisó el freno con tal violencia que el coche se quedó clavado y el Pelirrojo, desprevenido se abalanzó hacia adelante hasta pegar con la cabeza contra el parabrisas. La sorpresa duró unos segundos, pero a Jimena la sirvió para tirar de la manilla de la puerta y saltar al exterior gritando a pleno pulmón:

‑ ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Me ha secuestrado! ¡Es un criminal peligroso!

‑ ¡Esa es mi chica! –exclamó Juan sugestionado ya con la deriva que tomaba la acción‑. ¿Qué sucedió entonces?

‑Al verse descubierto, el Pelirrojo salió por su lado con el arma empuñada y disparando sin ninguna precisión intentando huir a pie. Ante un ataque tan directo la respuesta de los agentes no se hizo esperar y cuatro fusiles de asalto escupieron idéntico número de ráfagas de balas, varias de las cuales hicieron blanco mortal de necesidad en el forajido y otras perforaron el motor que tomó fuego quedando el coche para el desguace.

‑Vaya él se lo buscó –manifestó Juan‑. ¿Qué fue del botín del robo?

‑El dinero robado se recuperó íntegro y fue devuelto al banco. Jimena recibió un premio en metálico y el honorable galardón de la medalla al valor.

‑Vaya, no lo sabía ‑Se justificó Juan‑, pero, ¿cómo está usted al corriente de esta forma tan pormenorizada?

‑Demasiadas preguntas. Anda apéate, estamos frente a tu domicilio y ahora ya estás preparado para llegar al dulce hogar por Navidad.



‑Cuando la puerta se abrió Jimena se abrazó a Juan llenándole de besos.

‑Querido al fin llegas, estaba muy preocupada ¿Cómo has venido?

‑Con ese señor de la barba, en la máquina quitanieves –manifestó Juan.

‑ ¿A qué señor te refieres? –preguntó curiosa Jimena.

‑El que está limpiando la carretera –respondió su esposo señalando hacia la calzada.

Sólo pudo ver el blanco manto de la nieve sin huellas recientes, pero escuchó un tintineo de campanillas alejándose y una voz sobre las copas de los árboles que repetía el popular ¡Ho, ho, ho!

‑Bueno, me ha traído Santa Claus en su trineo. ¡Feliz Navidad, cariño!

Obviamente, todo lo relacionado con el Pelirrojo fue relegado al olvido y la revisión del dosier con las declaraciones de nuevos testigos, concluyó que Juan era inocente y quedó libre para ser feliz, junto a los que para él eran los seres más extraordinarios, Jimena y el pequeño, al que en recuerdo del legendario personaje de la noche del 24 de diciembre, le llamaron Nicolás.



FIN

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Acampadas juveniles


Mis acampadas juveniles

El año 1969 ya vivía en Vizcaya y por entonces los adolescentes de 18 años ya eran adultos ante la ley, aunque no se les permitía votar hasta los 21 es decir significaba que podían trabajar y ser responsabilizados por sus actos y obviamente que podían viajar o tener experiencias por cuenta propia sin la vigilancia y protección de los padres, era el momento de volar. En mi caso, no se me pasaba por la imaginación el abandonar el nido, pero creo que igual que a la mayoría de los jóvenes me atraía la aventura y anhelaba dar los primeros vuelos con los amigos. El primer paso, sería adquirir una tienda de campaña de segunda mano entre todos, porque los recursos económicos eran muy escasos en los jóvenes de aquellos tiempos, así que para nuestra primera excursión como campistas nos conformaríamos con pasar un fin de semana cerca de casa.

La primera salida

Acordamos hacerlo en junio y el destino elegido fue el castillo de Butrón en el pueblo de Gatika. Viajaríamos el viernes a la tarde, en tren hasta la estación de Urdúliz y después andando más de 3 km hasta la famosa y encantadora fortaleza de origen medieval del siglo XIII, pero restaurada en su totalidad en el XIX en estilo neogótico. Localizar un lugar tranquilo para acampar en las cercanías nos entretuvo también unas dos horas así que cuando leíamos las instrucciones de montaje de la tienda, lo hacíamos de noche con ayuda de linternas, finalizando la operación con la luz de una fogata que debía servir para hacer algo caliente para cenar, pero al no salir bien las cosas hubo enfados y discusiones para terminar a media noche, comiendo cada uno el bocadillo que su madre le había puesto en la mochila. Poco a poco mis amigos se fueron retirando a dormir en el pequeño habitáculo que era para 4/6 según indicaciones y éramos el nº máximo 6; así que se fue llenando sin ningún orden y el último tuvo que dar algunos empujones para conseguir un hueco aunque fuera con un par de pies cerca de la cara. Yo me quedé sentado junto al fuego molesto por el caos que se había adueñado de la situación y recuerdo que Jaime hizo lo propio y encendió una pipa para fumar mientras la discusión seguía dentro. Yo no fumaba pero el olor era agradable y lo comenté y cuando él lo dejó me invitó a llenar la cazoleta con su tabaco y dar una papada; acepté por curiosidad y Jaime se retiró porque el resto ya se habían callado, así que me quedé solo como un indio junto a la hoguera. No puedo decir cuánto tiempo transcurrió pero al ser mi primera fumada debió de sentarme mal porque me desperté y seguía aún allí, el fuego ya estaba apagado y a la cachimba que provocó aquel paréntesis de la consciencia, tuve que buscarla por el suelo encontrándola fría y húmeda por la escarcha que estaba cayendo. Así que decidí acostarme yo también y comprobé por mí mismo lo arduo que resultaba para el sexto hacerse un hueco.

El sábado, a primera hora nos acercamos a la extensa finca de los señores de Butrón, para hacer un poco de ejercicio que nos ayudara a recobrar el ánimo, quitar el frío de los músculos y ejercitar las articulaciones doloridas, pero antes nos acercamos al bar que da servicio a los turistas que se acercan a la zona para estimularnos un poco con un tazón de café con leche bien calentito.

Avanzada la mañana recibimos la visita de unas amigas que sabían de nuestra aventura por alguien del grupo que se comprometió a salir a su encuentro a la hora que harían su llegada. Teníamos la esperanza de que con la experiencia de ellas en la cocina tal vez comeríamos de forma decente y ellas tenían curiosidad por ver cómo nos desenvolvíamos nosotros como cocineros el caso fue que los unos por los otros la casa sin barrer como se suele decir y cada uno recurrió a los frutos secos o alguna latilla de reserva mientras que nuestras invitadas sacaron sus propias provisiones de sándwich, porque a todos tanto a unos como a otras nos daba vergüenza que nos vieran lo patosos que éramos haciendo una barbacoa. Por la tarde hasta que tomaron en viaje de regreso hicimos de anfitriones mostrándoles el famoso y emblemático castillo, los terrenos colindantes, el río y su bosque centenario. Sacamos muchas fotos y lo pasamos muy bien aunque en lo sucesivo no volvimos a propiciar nuevos encuentros.

Nosotros seguimos allí hasta el domingo a la tarde y la necesidad nos ayudó a decidirnos a cocinar con un resultado mediocre, pero para el apetito que teníamos estaba sencillamente aceptable. ¡Cómo nos acordamos de los guisos de nuestra madre!

La segunda

El año 1970 ya contaba con 19 años y la reciente afición a la acampada libre nos llevó a la cuadrilla de amigos a pasar el puente del Pilar a un pequeño pueblo de la provincia de Álava llamado Subijana Morillas. Llegamos en el tren de Bilbao – Miranda con parada en Pobes, donde nos bajamos y desde allí solo fueron 3 km andando para llegar al anochecer a nuestro destino, una chopera próxima a la carretera, con el tiempo justo para montar la tienda de campaña antes de que se echara la oscuridad.

Pero ya era noche cerrada cuando estábamos dando los últimos martillazos a los ganchos de sujeción y de pronto apareció un guardia civil que nos requirió la documentación. Nunca nos habíamos metido en ningún lío y eso nos tranquilizaba pero el agente parecía muy estricto y nos amenazaba sin sentido. Cuando aquel fue viendo nuestros DNI cambió su actitud y su voz sonaba mucho más relajada cuando comprobó que éramos chavales todos con residencia en Basauri pero de distinta procedencia, predominando los de Castilla, comentando que él también era burgalés y a continuación al comprobar que yo era de Torresandino, aseguró que esa casa cuartel había sido su primer destino; al verle calmado nos aliviamos nosotros también y acto seguido levantando la voz el nº de la benemérita animó a su compañero hasta el momento oculto, a salir de la oscuridad y acercarse al grupo. Charlamos durante un rato y tras darnos algunos consejos, se marcharon a seguir patrullando la zona.

Aquella excursión era un viaje a la naturaleza por todos los costados: La zona de acampada era zona de rivera con su río el Bayas, un manantial de agua potable y choperas. Sin embargo a escasos 500 metros está el desfiladero de Subijana. Es un paraje natural de espectacular belleza de, producido por la erosión del río Bayas sobre la piedra caliza hasta atravesar, la sierra de Badaia hace millones de años, aunque la mano del hombre desgraciadamente no deja de producir alteraciones a través de los tiempos como la construcción de la carretera comarcal, el ferrocarril Miranda Bilbao y más tarde con posterioridad al año de nuestra visita, también utilizaron este paso para montar la cimentación que requirió la ingeniería para el viaducto de la autopista AP 68. Realmente daños irreparables. La vegetación, bosque de frondosas, matorrales y algunas coníferas, cubrían casi en su totalidad la sierra, ideal para hacer senderismo, pues tiene buena accesibilidad hasta el punto óptimo de la cresta y dispone de varios puntos de observación desde donde relajarse o fotografiar extensas panorámicas.

El pueblo en sí estaba aproximadamente a 150 metros y es una aldea de no más de 30 casas con su iglesia, una tienda donde decían que se vendía de todo pero no encontrabas de nada y no había bar pero todos eran muy amables ofreciéndose a vendernos al mejor precio que nos hubiéramos podido imaginar, huevos, patatas y cualquier cosa que precisáramos de lo que tuvieran en el corral o en la huerta y cómo no, invitarnos a degustar su vinillo habitual, demostrando una verdadera hospitalidad con los forasteros. Lo que no podíamos comprar allí teníamos que ir hasta Pobes andando pero lo hacíamos también por hacer ejercicio.

Una tarde nos propusimos llegar hasta Nanclares de la Oca que dista 10 km y lo conseguimos. Lo hicimos porque alguien nos aseguró que había baile y lo había, pero en su versión de disco bar que contaba con varias parejas del lugar pero ninguna chica sola a quién nosotros hubiéramos podido sacar a bailar. Decepcionante, pero más aún lo sería enfrentarse con los 10 km de regreso a nuestro campamento. Cosas de la edad que para terminar de arreglarlo compramos cada uno una botella de vino para usar como combustible para el camino, decíamos volviendo a la carretera. En aquellos años había menos tráfico que hoy, pero sí que pasaron en uno y otro sentido varios coches que nos chillaban y les hacíamos lo propio, porque en el recorrido de vuelta tardamos al menos el triple que en el de ida pero tuvimos suerte porque al día siguiente nos contamos y estábamos los seis.

Los trabajos de la comunidad no siempre se distribuyen con ecuanimidad porque si a alguien no le apetece fregar por ejemplo pero quizás haría a gusto el ir a hacer las compras, encargarse de hacer la comida o mantener el fuego del hogar. Hay para todos los gustos pero siempre surge alguien que rompe la buena armonía oponiéndose a todo. Esa situación a nosotros no se nos daba porque cuando sucedió la primera vez adoptamos la costumbre de echarlo a sorteo que consistía en utilizar la baraja de cartas para que cada trabajo lo llevara a cabo quien sacara el naipe más alto. La solución fue salomónica.

La tercera

Año 1971. Un miércoles de Semana Santa nos presentamos en la estación. Como en las otras salidas éramos un grupo de amigos y en esta ocasión marchamos con rumbo al Parque Natural de Urkiola y en concreto a Baltzola, un complejo geológico en las cercanías de Dima, muy conocido por espeleólogos y montañeros.

Lo verdaderamente positivo fue descubrir lo que la naturaleza ha ido creando durante miles de años y la atracción que desde tiempos prehistóricos ejerció sobre los habitantes que se afincaron en su entorno. Un mundo rural que consideró las misteriosas cuevas de Axlor, las impresionantes de Baltzola, el extraordinario arco natural de Jentilzubi y el prodigioso túnel de Abaro, como lugares mágicos habitados por los personajes de la mitología vasca, Olentzero, Mikelatz, Sugoi y su esposa Mari (la Dama de Amboto). Rodeado de ancestrales leyendas, que se contaban los días de invierno al amor de las llamas del hogar en los caseríos de la región, en las cuales se les atribuía poderes extraordinarios. Doy fe de que las erosiones de la roca sorprenden y el silencio en esos parajes entre pinares ofrece una excursión de escasa dificultad que permite hacerla en familia incluidos los niños.

Pero quiero detallar lo que fue mi experiencia desde el momento en que llegamos a las inmediaciones de la cueva. En una campa que nos pareció adecuada, unos montaron la canadiense y otros hicimos fuego con leña que había en cantidad por los alrededores; a continuación comenzamos con la elaboración de una paella como teníamos hablado, pero unas gotas de lluvia vinieron a importunar la preparación culinaria, aunque en un principio en vez de abandonar protegíamos la cazuela con paraguas, pero el nublado demostró que no era pasajero y tuvimos que desistir. Habíamos llegado para quedarnos y buscamos un refugio en los alrededores. El vestíbulo de la gruta es tan amplio que dentro de este recinto se puede practicar y de hecho se hace escalada pero el suelo está resbaladizo y con lluvias torrenciales no es seguro pernoctar en el interior además de que las corrientes de aire hacen que el lugar sea frío y lo descartamos para nuestra necesidad perentoria. Encontramos una solución en el recoveco que quedaba bajo una roca enorme y al fin la paella dejó de ser una quimera sin embargo tuvimos que abandonar la idea de montar nuestra flamante tienda de campaña por falta de espacio pero en cambio suficiente para dormir sin goteras. Mantuvimos la moral pero la lluvia tampoco nos abandonó en todo el fin de semana y se hizo necesario que siempre hubiera alguien dedicado a mantener el fuego encendido para cocinar, calentarnos y para secar las ramas de leña que recogíamos del bosque y seguíamos quemando durante la noche. Los otros se hacían cargo de bajar a la aldea a recoger el pan que encargábamos al panadero ambulante y los huevos y la leche del día que comprábamos en uno de los caseríos, hacían la comida y lavaban la escasa vajilla en el arroyo cercano. Si les quedaba tiempo libre jugaban a cartas allí mismo; no había otra elección por el temporal persistente.

Los sobresaltos eran frecuentes; unas veces se apagaba el fuego y el frío se adueñaba del refugio haciendo que nuestras ropas de abrigo fueran insuficientes o por el contrario pues nos colocábamos tan cerca de las llamas buscando su calor, que corríamos el riesgo de salir ardiendo, pero tuvimos suerte de que algún susto no trascendiera en algo serio y se quedara en una anécdota, para contar con añoranza al transcurrir los años. Aguantamos hasta el domingo por orgullo, no queríamos regresar como fracasados.

Final

Las 3 salidas de acampada libre, tienen algo en común muy típico a esa edad, como es la pedantería de una juventud inmadura. El relato que a posteriori hacíamos a los conocidos distaba mucho de ser verídico. Qué bolas les contábamos y cómo sacábamos pecho cuando exaltábamos lo que en realidad había sido una dura y nefasta experiencia, aunque si le buscáramos el lado positivo, la convivencia reforzaba la camaradería en unas noches de pesadilla sin sábanas ni almohada.

miércoles, 9 de octubre de 2019

HE DORMIDO UNA NOCHE EN EL MONTE


HE DORMIDO UNA NOCHE EN EL MONTE

Así empieza el poema de José María Gabriel y Galán “Mi Vaquerillo” que al recordarlo me da pie para rescatar de la memoria las escasas veces en que yo hube de pernoctar al raso. El pequeño zagal, acostumbrado a reposar sobre el duro y frío suelo, dormitó tan plácidamente como si no lo hubiera hecho en una semana.

Yo también he dormido bajo las estrellas; no de manera habitual sino muy esporádica y la imaginación infantil o juvenil envolvía la ocasión de un halo de aventura con sus correspondientes dosis de riesgo, temor, peligro, aprensión e incomodidad. Pero en cualquier caso, un cambio en la disciplina cotidiana. Obviamente las circunstancias no fueron semejantes a las de aquella noche serena del pequeño vaquerizo. De cualquier modo, voy a relatar 2 de mis experiencias

La primera

Era en 1960, cuando yo tenía solo nueve años y estábamos en el rastrojo de una finca familiar en el término municipal de mi pueblo, Torresandino. Recuerdo que era cerca del antiguo monasterio carmelita de Nª Sª de los Valles, del que aún permanecen sus ruinas. Mi padre era labrador por aquel entonces y en julio y agosto cuando la cosecha estaba en su momento óptimo se empleaba a fondo en la dura tarea de la siega y recolección en las que a mi madre gustaba de colaborar con su esposo en todo cuanto estuviese en su mano, aunque para ello hubiera de llevar con ella a los más pequeños. Una tarde ya hacíamos los preparativos, para regresar a casa antes de que se ocultase el sol, cuando mi progenitor manifestó sus deseos de quedarse para seguir segando un rato más y también empezar el laboreo antes por la mañana.

–Descansaré mejor aquí que andando el camino y adelantaré más el trabajo, porque ya sabes que la hoz corta mejor las mieses con el rocío‑.

Mi madre trató de desanimarle pero él estaba decidido, ella se iría con los niños y al día siguiente volvería con el almuerzo. La ocasión era propicia e hice todo lo posible para quedarme yo con él, incluida la consabida pataleta y rabieta. Al fin lo conseguí y mientras mi padre daba la última mano pude advertir cómo las sombras se alargaban y las nubes enrojecían por momentos hasta que el astro rey besó la tierra en el horizonte y desapareció. Al completarse el ocaso, dejó de segar y buscamos refugio al abrigo de una pila de haces junto a los surcos, donde nos merendamos los víveres que quedaban en el fardel. Allí mismo, simplemente arropados con la manta de campo sería nuestro ocasional camastro. La oscuridad se fue haciendo dueña de la campiña y en el rostro se sentía la bajada de la temperatura. La vigilia previa a caer en brazos de Morfeo, estuvo destinada a mis ávidas preguntas sobre la bóveda celeste, que en ausencia de la luna mostraba el firmamento más negro y las estrellas más resplandecientes que yo nunca había presenciado. ¿Habrá vida más allá? Extraños ruidos nocturnos ponían de manifiesto que en el campo, no lejos de donde estábamos sí que la había, pues pudimos escuchar el cortejo entre algunos animales o los chillidos inequívocos de los depredadores y sus víctimas. Que los mosquitos nos atacaban sin piedad, es lo que más recuerdo pero el sueño se apoderó de mi voluntad antes de lo que imaginaba y al ser preguntado al día siguiente por los sinsabores que había soportado, preferí callar y no quise reconocer lo que vale descansar en la habitación de costumbre, sobre una verdadera cama.

La segunda

En 1961, recién cumplidos mis diez años, llegó el momento de recolectar los yeros que mi padre sembró, en una parcela del tajón ocho que era una concesión del ayuntamiento cascón, a todos los mayores de edad que estuvieran empadronados. Fue una buena cosecha y por entonces ese trabajo era totalmente manual que nos llevaría diez días de laboreo. El ir y volver diario suponía como mínimo seis horas y eso era demasiado tiempo perdido en el camino. Lo ideal sería montar un campamento allí mismo y acercarnos al pueblo únicamente por el avituallamiento. En la finca colindante había un cobertizo y en la nuestra una pequeña choza; podríamos hacer uso de ambas. En la primera que era más amplia instalaríamos a los animales y en la otra, que era más arcaica pero sin embargo estaba mejor protegida de las inclemencias del tiempo, la familia. El matrimonio sopesó los pros y contras y decidieron que si estábamos juntos no habría problema que la familia no fuera capaz de vencer. Con el ánimo bien elevado se organizó el traslado de personas y animales domésticos que incluía el gato, la galga, un mulo, un asno y varias gallinas. Con el mulo acarreamos dos enormes barriles llenos de agua para los animales y para el aseo personal, además de todos los pertrechos que pudiéramos necesitar en aquel hogar temporal que íbamos a establecer. Día sí día no, la madre se marchaba al pueblo con el burro y volvía con los serones llenos de viandas. Los pequeños conocíamos al dedillo el camino hasta el pozo de Caserones a varios kilómetros de distancia, pero su agua era de reconocida calidad y aceptamos que nuestro cometido era ese; transportar con el burro el agua necesaria para beber y cocinar. Valiéndonos de los capazos simétricos que colgaban a ambos lados cargábamos un garrafón en cada lado. El problema era que para niños pesaban demasiado y teníamos que llenarlos con una botella sin bajarlos, equilibrando el peso para que no cayeran al suelo. En una ocasión tuvimos un percance peligroso porque el asno se asustó por una culebra que huyó despavorida y mi hermana y yo, pasamos apuros para dominar al animal y evitar que tirase la carga.

Para susto el que pasó mi padre una noche cuando todos dormíamos. Con sigilo despertó a mi madre para que encendiera la lamparilla de aceite y le ayudara a retirar algo frío, que dijo le estaba subiendo por la pernera del pantalón. Con la mayor diligencia se puso a ello pero los nervios le estaban fallando y no acertaba; cuando lo consiguió ya todos estábamos alerta y fuimos testigos de que en efecto un animal trataba de avanzar cerca ya de la rodilla; con un gesto rápido se incorporó al tiempo que un fuerte tirón se sacó el pantalón y quedó a la vista una criatura que desconocíamos de donde había salido. La duda se despejó al entrar la galga por la puerta portando con la boca otro de aquellos seres para depositarlo sobre la capa de pajas que nos servía de jergón. Pronto lo vimos claro. Había aumentado la familia canina y la madre traía sus cachorrillos a nuestra choza, por ser más cálido que el cobertizo donde habían nacido. Mi padre la siguió y regresaron con otros cuatro en una cesta de mimbre, total cinco.

Esta fue mi segunda experiencia. Vida natural sana.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

CONSEGUÍR COMER, EL ETERNO DILEMA


En este artículo, dando respuesta a seis hipotéticas preguntas, se recogen datos en un amplio abanico de siglos de la historia de España pero como Cascón, las referencias al siglo pasado las he centrado en este rincón burgalés que bien puede ser representativo de cualquier otro del campo castellano. La fuente no es otra que los conocimientos objetivos que en la actualidad tenemos, basados en testimonios en primera persona y hechos reales susceptibles de ser verificados o contrastados.  

1.- ¿Nuestros antepasados se alimentaban bien?

En la prehistoria, los humanos vivían en una lucha constante por conseguir los alimentos que necesitaban; si cazaban comían. Al dejar de ser nómadas empezaron a labrar la tierra y tenían en el granero suministros que les permitían superar los días sin caza. Más tarde, al asentarse en poblados podían canjear unos con otros sus víveres. Así surgió el comercio de mercancías. Con estos prolegómenos nacieron los poblados y sus habitantes empezaron a organizarse, aunando esfuerzos y trabajando en grupo repartían las tareas y compartían los logros. Alianzas con los pueblos vecinos, hicieron posible alcanzar éxitos que no hubieran sido posibles por separado. Y esto fue el germen para alcanzar el sentimiento de tribu y después nación. A lo largo de la historia todos los países han sufrido altibajos en la dieta alimenticia. Pequeños cambios pero continuos a través de los siglos, supusieron pasos adelante en contraposición con los retrocesos, como consecuencia puntual de catástrofes naturales, guerras o gobernantes nefastos. Al restaurarse la situación, volver a la normalidad solo era cuestión de tiempo, porque la idea de nuestros ancestros sobre calidad de vida, consistía en tener bien surtida la despensa.
Si diéramos un salto hasta la Alta Edad Media, encontraríamos que los musulmanes dominaron la península durante casi 800 años e introdujeron cambios importantes en la dieta. Tras la reconquista se mantuvieron los conocimientos adquiridos en la materia y se recuperaron el ganado porcino y los viñedos, que en la dominación musulmana estuvieron vetados por su religión y que los moriscos asumieron como una forma de identificarse con los cristianos. La carne de cerdo sería la más consumida por la clase baja, porque la conservaban en sal, en aceite, la secaban o elaboraban con sus partes magras embutidos y con la sangre de la matanza las ricas morcillas. Y qué decir del vino que durante siglos tuvo gran relevancia en nuestra cultura nutritiva.
Siglos más tarde al final de la Baja Edad Media, nuevos productos enriquecieron la manutención de los españoles; eran las aportaciones que los conquistadores nos trajeron de América tras el descubrimiento, tales como: La patata, el cacao, las judías, el tomate, la calabaza y pimientos, entre otros y que hoy los encontramos en los entrantes, primeros platos, guarnición de principales o ingredientes del postre.

2.- ¿Se ha dado alguna hambruna recientemente?

La última hambruna nos la recuerdan nuestros mayores más longevos, que tuvieron que sufrirla en su infancia o adolescencia por culpa de la propia guerra y que las medidas gubernamentales para paliar la escasez de alimentos básicos en la posguerra fueron inútiles, prolongando el problema desde el final del conflicto armado en 1939, hasta bien entrados en la década de los 50.
Antes de la Guerra Civil e incluso según avanzaba esta, ya apuntaba a una situación de penuria. Pero los artículos esenciales estaban asegurados y a disposición para ser adquiridos sin limitaciones, aunque el precio de algunos productos les hacía inaccesibles para las clases sociales más bajas. Muchos vecinos para asegurarse la leche tenían una cabra, los que no, podían comprarla de vaca, aunque cara. Las gallinas que algunos tenían, les surtían de huevos y si excedía a las necesidades propias, el excedente servía para un trueque por aceite u otro producto y si criaban una nidada las nuevas pollitas sustituirían a las que por la edad ya no ponían huevos y que pasaban a la cazuela acompañadas de garbanzos u otro cocido de legumbres; los pollitos se criaban para su consumo como capón en los días especiales. Mientras tanto se recurría al tocino y la carne de cerdo de la matanza propia o el conejo doméstico, visitando la carnicería lo menos posible o solo para adquirir la casquería del ganado lanar o vacuno vendidos entre las clases altas, que se distinguían por comer ese tipo de reses, pero que rechazaban no obstante por considerarlo comida de pobres los hígados, patas, orejas y vísceras. La caza abundante sobre todo de liebre, codorniz y perdiz pero se consideraba un privilegio de las clases altas mientras que el pescado se limitaba a algunas cajas de frescos, que a veces llegaban de la costa del Cantábrico: sardinas, congrios, anchoas, chicharros y anguilas, que se sumaban a las conservas de bacalao en salazón, arenques ahumados y escabeches. En cuanto a fruta, pan, legumbres, y verduras por ser tierra de campo en general tenían las necesidades cubiertas. Las penurias llegaron en la posguerra

3.- ¿No se pudieron mantener los pertrechos que antes tenían?

La contienda fratricida fue acabando las reservas del país y a nadie extrañó que al finalizar esta, se diera un aislamiento frente a los países de Europa, que a su vez se enfrentaban a una conflagración mundial. La realidad era de cadencia generalizada de productos básicos, situación que los gobernantes quisieron atajar implantando las cartillas de racionamiento, que no alcanzaba para asegurar el abastecimiento de lo más imprescindible. Se dictó una ley que castigaba incluso con la pena de muerte a los especuladores y a los productores les confiscaban toda la producción. Los labradores de cereales para quedarse con el trigo razonable para su propio consumo de pan, tenían que esconder una porción de su grano arriesgándose a que les aplicasen la ley, pero los que estuvieron en el ejército franquista y los curas, tenían derecho a doble ración. Para controlar el buen funcionamiento designaron la Comisaría General de Abastos, pero sus inspectores y agentes no hicieron su cometido y se apropiaban de mercancías en nombre de la fiscalía que luego vendían al estraperlo en el mercado clandestino al precio establecido multiplicado por diez. Hubo por lo tanto muchos españoles que se forraron haciendo negocio de la miseria humana, mientras que otros eran castigados multados y despojados de sus propiedades, amparados en una acusación miserable. El odio hacia quienes en la contienda había combatido en el lado perdedor era tal, que no disimulaban su encono denunciándoles y encarcelándoles injustamente para privar a sus hijos del sustento y acabar lo que las balas no habían logrado.
Trágico pero real, aparecieron enfermedades propias de las carencias nutritivas y hubo un alarmante aumento de mortandad entre la población de niños y ancianos.

4.- ¿Consiguieron resistir?

Según el diccionario de la lengua, hambre significa gana y necesidad de comer, pero también escasez de alimentos básicos. Ambas acepciones de la R.A.E. se podían aplicar a la mayoría de la población española tras la Guerra Civil, dando lugar a que florecieran epítetos como muerto de hambre o más listo que el hambre, pero tanto los aludidos por uno u otro, ante esta situación avivaron su ingenio en un justo intento ‑Valga la redundancia‑, de no morirse de hambre. No todos lo lograron.
En los pueblos, por todo lo dicho las pasaron canutas, pero en las ciudades lo pasarían aún peor.
Los animales domésticos ya habían desaparecido tiempos atrás, aunque de todos modos no había con qué alimentarles, así que se recurría a todo lo imaginable para lograr meter a la olla algo que aportase proteínas.
Ave que vuela a la cazuela, era algo más que un dicho y no se le hacía ascos a comerse los pajaritos del nido de cualquier especie alada o si tenían oportunidad lagartos o culebras. La pesca prohibida de cangrejos y barbos a mano, así como la caza furtiva con lazos, de pequeños mamíferos salvajes como liebres, conejo de monte, ardillas, erizos, ratas de agua o caracoles eran muy apreciadas y un día con éxito podía solucionar las necesidad más perentorias de la familia hoy y tal vez mañana. Pero los animales salvajes no crecen en el jardín.
Las ensaladas eran muy socorridas, porque estaban muy arraigados en la dieta desde siglos atrás, pero por la falta de hortalizas para su elaboración se recurría a los ajos y espárragos silvestres, collalbas, cardillos, berros, hongos, setas, collejas, apio o achicoria entre otras. Con suerte una patata y un trozo de remolacha cocidas, cortadas en láminas y un poquito de aceite, sal y vinagre, llenaban un plato.
La sopa y puré, según la tradición se acostumbraba tomar para cenar, predominando la sopa castellana de pan a la que le añadían algo que le diera gusto y muchas veces se limitaba al agua, una hojita de laurel, tal vez un huevo y al final se resquemaba con un refrito de tres ajos picaditos y una pizca del socorrido pimentón para darle color.
Los cocidos menospreciados por los que se creían de mayor alcurnia, eran los más cotidianos en el menú del mediodía pues en las mesas de los pobres era plato único confeccionado con garbanzos, habas o lentejas y guisado con lo que en el campo se hubiera dejado pillar, un hueso del cerdo quien lo había podido criar o el esternón de una gallina vieja de las que ya no daban huevos.
El guiso de una liebre, un conejo o dos kilos caracoles, significaba el éxito de una batida. Se elaboraba siguiendo la receta tantas veces repetidas con su tomillo, laurel, especias, ajo, cebolla, guindilla picante, un vaso de vino, aceite etc...Y el amor que le ponía la madre. Toda la familia esperaba ilusionada el momento de colocar la cazuela en el centro de la mesa. ¡Menuda fiesta si no hubiese que reservar la mitad para mañana!

5.- ¿Y cuando no pillaban nada?

Los racionamientos eran limitados en productos y además de escaso nunca encontrabas lo necesario. Rara vez se repartía carne leche o huevos pero sí que lo había de contrabando pero a un precio desorbitado que para mucha gente era imposible pagar. El dinero se quedaba sin valor, pero además quienes no tenían trabajo o eran inválidos no podían adquirir el racionamiento y cedían su opción de tabaco a quien lo necesitase a cambio de algo con que llenar el estómago.
El aprovechamiento de las polivalentes peladuras de las patatas, naranjas u otras frutas como el plátano cortadas en tiras y bien fritas, aportaban fibra que es buena para el intestino o bien cocidas y pasadas por el pasapurés, resultaba una crema en aquel tiempo nada despreciable. A la tortilla española únicamente le quedaba el nombre, porque si había huevos faltaban patatas o el aceite. Llegó a formar parte de una relación de recetas que denominaban “Los platos Michelin del hambre”. Se trataba de una tortilla sin huevo; sustituyendo este por una mezcla de harina, agua y bicarbonato y supliendo los tubérculos por sus mondas bien lavadas, o la parte blanca de las pieles de los cítricos cortadas en trozos. En la sartén la manteca de cerdo cocinaba el revuelto dotándole de la prestancia suficiente para engañar a los ojos, que no al estómago.
Quien tenía ocasión, no le hacía ascos a comer alimentos propios de los animales como algarrobas, titos o maíz y en algunas casas era cotidiano. Los fumadores recurrían a secar hojas de plantas para fumarlo y los niños recogían colillas para aprovechar el poco tabaco que quedaba para venderlo como picado. El café se reutilizaba o se sustituía por achicoria y los que disponían de cebada la tostaban y molían para usarla de sucedáneo.
Los ancianos de hoy nos han contado los sufrimientos y la miseria que padecieron en aquella época; nos parece exagerado pero tienden a quedarse cortos, porque por vergüenza propia o ajena, callan los detalles de cuando tocaron fondo como si de una deshonra se tratara. Lo que ahora nos parece imposible de soportar, ellos, sacando fuerzas de flaqueza lo superaron. Pero no olvidemos a los que no tuvieron esa suerte “llamémoslo así” y acabaron sus días muriendo en un hospital, en un campo de trabajos forzados, construyendo el Valle de los Caídos o masacrados en un penal.

6.- ¿Quedará todo en el olvido?

La memoria histórica no es únicamente sacar los muertos que permanecían enterrados en las cunetas, es más y la historia debe llamar a las cosas por su nombre. Mientras que no haya un reconocimiento del daño que los que se autodenominaron salvadores de la patria hicieron a sus hermanos, a su pueblo y a España, no se relegarán al olvido. 

miércoles, 21 de agosto de 2019

LAGRIMEANDO


LAGRIMEANDO

La primera quincena de agosto me encontraba de vacaciones en el pueblo, donde leí en el periódico un artículo sobre Las Perseidas. La noche que se anunciaba como la más indicada para vislumbrar las estelas de meteoritos o estrellas fugaces, como se las denomina popularmente, era limpia. Fascinado por los artículos de prensa, me subí al castillo dispuesto a descubrir por primera vez aquel evento.
Mientras esperaba, mis pensamientos vagaron sin destino concreto, pero el tema parecía centrarse en las lágrimas.
Del tronco del sauce llorón, cuelgan muchas ramas que por la acción de la gravedad buscan el suelo. Son estas sus lágrimas, que dan lugar al nombre de esta especie de árbol que crece en el valle.
Nosotros, los seres humanos, podríamos llevar también el apelativo de llorón pues somos llorones, no en vano somos el 80% agua y constantemente vivimos en un valle de lágrimas, donde vemos discurrir verdaderos ríos de lágrimas, propias o ajenas. Tantas, que a menudo se utilizan metáforas incluso en grado superlativo, como un mar de lágrimas.
Nada extraño apareció por la bóveda celeste que distrajera mi mirada ni siquiera un momento, así que seguí razonando sobre lágrimas de cualquier clase.
Como las primeras lágrimas de un nuevo amor o las que surgen al apoyar la mano sobre una barriga prominente por la incertidumbre sobre una nueva vida, sentimos el latido de nuestro primer hijo y empezamos a lagrimear por algo vital, latente, aunque todavía desconocido.
Luego serán lágrimas de amor, lágrimas de felicidad, lágrimas de alegría, que supondrán lloros sin dolor y dolorosos lloros, que generalmente aflorarán con lágrima fácil.
Invariablemente llegarán también los momentos de llorar las penas propias, llorar las desgracias de los seres queridos y los lloros y lamentos causados por algún ascendiente familiar que alguien los justificará con el consabido: Quien bien te quiere te hará llorar.
Los sucesos excepcionales que causan los dolores más intensos te harán llorar a mares, llorarás lágrimas vivas y lo harás a moco tendido, lágrimas saladas y tan ácidas que creerás lágrimas de sangre.
Algún día, avanzados los años y cuando ya hayamos pasado por las lágrimas de elefante y las lágrimas de cocodrilo, nos encontraremos llorando una vez más ante la pérdida natural de nuestro padre o madre pero en esta ocasión no aportarán nada a ese hipotético mar de lágrimas porque tu llanto será seco y silencioso descubriendo por vez primera lo amargo que resulta llorar sin lágrimas.
¡Uf! El asunto estaba abierto y se prestaba para divagaciones sin ninguna otra persona que hiciera oposición. Estoicamente, vigilando como un búho en la noche permanecí en mi observatorio largas horas. Mi intención era aportar mi propia experiencia para complementar las enseñanzas del artículo sobre las lágrimas de San Lorenzo. Resultó un verdadero fiasco pues a pesar de mi paciencia solo vi aparecer dos y no se podrían hablar excelencias sobre ello. Claro que tuve de esperar en el lado oscuro del promontorio casi hasta que clareaba el alba y para colmo la luna llena brillaba perjudicando la escena a esas horas con gran intensidad.

miércoles, 10 de julio de 2019

Una flor especial para ella




Una flor especial para ella

Mi abuela materna se llamaba Eusebia y nació en Tórtoles en el año 1900, mala época para nacer y aún peor si se hacía en una familia pobre. Su rostro dulce, de ojos claros y su pelo... ¿De qué color era su pelo? Yo diría que castaño oscuro invadido ligeramente por incipientes canas grises; para salir a la calle, siempre cubría su cabeza con un pañuelo negro. No por pertenecer a alguna orden religiosa venida a menos, no; eran las tradiciones de la época las que imponían el luto riguroso como un hábito para las mujeres una vez que se perdía a un familiar allegado.

Lamento no haber pasado mucho más tiempo junto a esta abuela sobre todo en su tercera edad que realmente no fue prolongada.

Nosotros residíamos en Torresandino, otro pueblo a tan sólo 10km, pero los problemas de comunicación propiciaron que el contacto que mantuvimos con esta abuelita, fuera mucho menor que con la paterna, pues sólo de cuando en cuando bajábamos a visitarla, un rato a pie y otro andando por el camino de San Fernando como decíamos de niños y percibíamos el gran cariño que nos tenía. Al marchar nos acompañaba hasta la Bodeguilla, como llaman al término de la salida en Tórtoles, para despedirnos y al abrazarnos nos entraba la congoja tanto a sus nietos como a ella.

La pobre mujer parecía como si su única misión desde la infancia fuera trabajar y sin embargo, si alguien interesado por su vida laboral hubiera indagado en los archivos de la época, perdería el tiempo porque no encontraría nada, ningún legajo que indicara que en algún periodo esta mujer fuera empleada por algún patrón o como autónoma; obviamente ante la ausencia de documentos, el hipotético investigador sacaría la conclusión de que Eusebia jamás tuvo ocupación alguna remunerada y que se limitó a las tareas conocidas como sus labores o ama de casa.

Sus contemporáneos sabían, que el procedimiento para contratar de acuerdo con las costumbres de la época, los obreros no requerían ningún contrato escrito que lo refrendase, simplemente se les avisaba a participar en el trabajo en cuestión y si estaban libres aceptaban sin más y punto. Todos conocían que el sistema funcionaba así.

En su pueblo era de general conocimiento que mi abuela fue madre soltera y sin medios económicos que la resolvieran las necesidades tan apremiantes, como la manutención diaria. Eran unos años que a nadie se le concedía subsidios no contributivos de ayuda social o de pobreza pero tampoco estaban exentos de penalidades. A ella no le faltó el arrojo necesario para luchar contra el hambre sin tener que recurrir a vivir de limosna y lo consiguió por medio de su trabajo honrado, aunque llevando una miserable vida de pobreza. Aceptó todas las tareas que le fueron ofrecidas y en ese sentido sus vecinos fueron generosos.

‑Oye Eusebia, busco mujeres para la escarda ¿puedes venir mañana para mí?

‑Cuenta conmigo –respondía al momento.

Nunca rechazaba una oportunidad de ganar un dinerillo. En la temporada de primavera para quitar los cardos, en verano para la labor en la era y en octubre por la vendimia no le faltaba el jornal, el resto de los meses también era requerida para cualquier menester por unas horas en quehaceres que generalmente no se pagaban con salario pero sí que eran compensadas en especie: Ayudar en la tahona significaba pan para el gasto, ordeñar las cabras y hacer queso se lo agradecían los pastores con una cazuela de requesón y medio del curado cuando estuviese en su punto, si la llamaban para que se encargase del aderezo de la matanza a la hora de marchar le decían, coge dos morcillas y un jarro de mondongo para que hagáis sopas de pan en casa. En los casos puntuales de bodas o bautizos que entonces se celebraban en casa, era reclamada como reconocida cocinera y en agradecimiento la ofrecían una buena olla para su familia con parte del excedente del condumio. Otros favores no se compensaban directamente pero cualquiera la regalaba con hortalizas de su huerto o le traía un carro de leña para el fuego del hogar porque en su momento ayudó a lavar una colada en el arroyo, atendió a una parturienta o cuidó de sus bebés.

Mucho tiempo no estaba ociosa porque tenía sus propias gallinas en la cuadra para proveerse de huevos y una colmena en el desván, que ella misma cataba. Pero si tenía una predilección desinteresada por algo era por los geranios, aquel tipo de plantas perennes estaban siempre presentes en las ventanas de su humilde vivienda y a veces hacía uso de ciertas propiedades medicinales de sus hojas y pétalos que conocía. Las tenía plantadas en latas de conserva recicladas y curiosamente sin dedicarles cuidados especiales siempre se mantenían lucidos y saludables, eran su única pasión. Eso sí, les hablaba con cariño y cuando el pronóstico del tiempo anunciaba la llegada de un frente frío, se apresuraba a retirarlos del alfeizar de la ventana para colocarlos sobre una mesa en el interior. Allí, libres de posibles heladas, recibían el sol de otoño que en los días claros penetraba a través del ventanal y bañaba las flores con su luz bienhechora.

Cuando falleció nuestra ascendente, que se marchó sin haber estado nunca enferma, no era todavía muy mayor aunque ya le estábamos aconsejando que debía dejar de vivir sola y pasar a hacerlo en casa de los hijos. Estos consejos que normalmente nos parecen razonables quizás a ella la causaban sufrimiento, porque Tórtoles era todo su mundo y allí se sentía apreciada por todos, fuera de él nadie la conocería. Tal vez prefirió que sucediera así, en su pueblo, en su casa, con sus alegrías penas y tristezas, hablándoles a sus geranios. Siempre seguirá en nuestros corazones.

Trasplantamos los geranios a unas macetas nuevas con el mejor compost para continuar cuidándolos, pero primero los pétalos y después las hojas empezaron a caerse y no volvieron a florecer. Extremamos los cuidados, pero no supimos darles el amor y cariño que les daba la abuela. No conseguimos comunicarnos, ¿no teníamos suficiente feeling o tal vez nos faltaba algún tipo de conexión WI-FI.?

Hoy te envío un fuerte beso, allí donde estés. Estoy convencido que te llegará.


FIN

viernes, 14 de junio de 2019

Repasando la historia reciente




Repasando historia


Un día Mikel, un sobrino por parte de mi esposa, me puso en un aprieto. Está en la edad de la adolescencia y cuando en la clase del instituto se queda con ciertas dudas, no se corta en preguntarme porque para ciertos temas del pasado confía en mí como fuente de información, pero este tema en concreto es un tanto escabroso y yo precisamente no soy una autoridad en la materia. Sin más preámbulos me preguntó:


– ¿Cómo fueron los años de la posguerra?


– ¿Te refieres al hambre que sufrió todo el país?


–El hambre, la represión, la reconciliación, la guerra mundial, la recuperación económica. Todo tío, ¿quieres explicármelo?


Hago un repaso mental sobre ello, intentando recordar episodios de la posguerra que afectaron a mi niñez y juventud. Acciones de índole político de los años posteriores al año 40, que por una u otra razón, marcaron el rumbo del país hacia un aislamiento de una Europa desolada y las acciones de veto, que ésta ejerció contra nuestro régimen dictatorial durante varias décadas, que no favoreció ciertamente que pudiéramos corregir aquella deriva. En aquellas condiciones, hubo de recurrir al racionamiento que se mantuvo hasta 1951, al establecer la libertad de precios. Resultaría imposible, conocer los detalles sobre muchas de aquellas conversaciones, que forzosamente tuvieron lugar en aquella década entre España y representantes de países extranjeros, como la reunión de Franco con Hitler en Hendaya año 1940, para eludir entrar en la 2ª Guerra Mundial. Acuerdos el año 1948 en el yate Azor entre el Caudillo y Don Juan, en aquel entonces heredero del trono del reino de España, donde dicen que se sentaron las bases para la futura monarquía. Los Concordatos con la Santa Sede en 1951 que facilitaron a España entrar a formar parte de organizaciones como la OMS en el mismo año, la UNESCO en 1952 o la OIT en 1953. Mejoraron las relaciones con EE.UU. que permitieron ayudas económicas y abrir negocios militares, aunque también hubo que permitir instalar tres bases aéreas y una naval, que nos podía colocar como objetivo adversario, de aquellos países que tuvieran algún enfrentamiento con los americanos. Pero todas las medidas estaban encaminadas a intentar un acercamiento, que desembocara en mejorar la maltrecha economía por la que atravesábamos. En 1953 parece que empezábamos a levantar cabeza, pero la crisis continuaba hasta el año 1960 que despegó la industria y el turismo empezó a tener relevancia. No está claro en qué momento nuestros hoy socios europeos volvieran a tener fe en los españoles, pero la apertura, las relaciones y el conocimiento entre las culturas lo facilitó. Intento dar satisfacción a Mikel recordando más datos, pero me estoy dando cuenta de lo frágiles que son los recuerdos guardados en la memoria. Finalmente digo:


–Quizás mi transcripción de los hechos, no sea fiel a la verdad.


–Me parece tío, que tratas de escaquearte. ¿Por qué?


–Pienso –le explico–, que quizás mi verdad podría estar contaminada por alguna de las siguientes razones:


1. Porque la información académica que yo recibí podía estar manipulada desde los libros de texto, o por los profesores que tenían que seguir un guión, o no poseían la verdad absoluta.


2. Porque los distintos medios de comunicación de la época, estaban al servicio del gobierno y las opiniones vertidas por los mismos no estaban contrastadas, no existía lo que hoy llamamos libertad de prensa y esta era partidista.


3. Porque las palabras eran sacadas de contexto, se silenciaban algunas verdades o se contaban a medias.


4. Además, cuenta también la predisposición del receptor, para filtrar informaciones a su particular interés.


5. La historia siempre la escribieron los que ganaron la guerra.


–Permíteme –le digo a Mikel–, que haga mía la frase del poeta Ramón de Campoamor, “en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mire”.


–No des tantos rodeos que yo únicamente te pido que me hables de los relatos que pudiste escuchar de los protagonistas directos o testigos de esa parte de la historia. A tu modo.


–Entiéndeme Mikel, no intento eludir el tema pero como te he explicado, mis opiniones que a renglón seguido pasaré a exponer, tampoco están libres de los 5 puntos anteriormente expuestos, por esa razón quizás lo más conveniente sea que te hagas tú mismo un juicio con los datos veraces que puedas acopiar sobre los hechos.


Pero ten en cuenta tío, que al igual que ocurre con los evangelios autorizados y los apócrifos, los unos tratan de contradecir a los otros. ¿Qué creer?


–Fueron hechos Mikel, –le dije–, lo que voy a exponer a continuación. Prepárate a escuchar lo que ya sabes y lo que desconocías. Pon atención.


–Que el país sufrió un periodo de conflictos que desembocó en una guerra fratricida muy dura durante tres años, es lo que ya has visto publicado, seguido de un periodo de posguerra demasiado largo con odios acrecentados y una dictadura en el poder que además de no favorecer la reconciliación, trajo recortes de las libertades, hambre, analfabetismo y pena de muerte. Indiscutiblemente, este pueblo vivió durante muchos años con mucho rencor en los corazones de sus habitantes, sobre todo del bando de los que perdieron, que tuvieron que sufrir y llorar calladamente por sus muertos en la contienda. Evidentemente, también los hubo en el otro bando, pero éstos fueron distinguidos con honores cuando no como mártires, y sus familiares podían vanagloriarse de ello públicamente. La represión en los largos años de la posguerra sólo la practicaron los que ganaron obviamente, persiguiendo con ensañamiento a los vencidos a los que llamaban rojos, muchos de ellos fueron obligados a exiliarse y otros, fueron condenados en los juicios sumarísimos que sobrevinieron, simplemente por odios y envidias, que llevaban a denunciar como rebelde, a la persona que se hubiera atrevido a manifestar la más mínima expresión, que pudiera molestar a los fieles guardadores de la paz del régimen. Numerosos jóvenes marcharon del país para evitar enfrentarse a las injusticias que en la calle se vivían a diario, otros que alcanzaron una carrera emigraron en busca de industrias donde poder ejercer lo estudiado, un trabajo que aquí no había. Dicho esto, queda aclarado que la tranquilidad y el orden entre el pueblo era fingida. Los cargos públicos se nombraban a dedo por el régimen instaurado y con el cargo a perpetuidad, apoyado en casi todos los pueblos por los poderes fácticos, que generalmente estaba formado por el funcionariado: Los maestros, el médico, el secretario, el veterinario, la guardia civil y por el cura, apoyando a los terratenientes en cuyas manos estaban grandes propiedades de dudoso origen. Pero eran las formas de la dictadura, el aquí mandamos nosotros y se hará lo que nosotros digamos, lo cual a la gente no le parecía bien y enfurecía, pero callaba por temor. Fueron años en que no cabían otras ideas, y de favoritismos. Con el paso de los años, este horizonte fue tomando nuevas perspectivas con el cambio generacional; fueron desapareciendo los autores materiales de la contienda, volvieron a sus hogares los presos de guerra, y las represalias, fechorías, y venganzas cada vez eran menos. Los que fueron protagonistas de ambos lados en aquellas tristes páginas de la historia de este pueblo, tuvieron hijos y éstos jugaron juntos en la escuela, más tarde estos chicos y chicas, se enamoraron a pesar de los padres o tíos, y ni los hijos de los Rojos ni los hijos de los adeptos al Régimen, entendían las razones que les daban para continuar con el resentimiento generacional, por aquellos ya lejanos acontecimientos que enfrentaron a españoles contra españoles y en muchas ocasiones a causa del azar, se encontraban hermanos contra hermanos, disparando tiros uno en cada bando. Tampoco en la escuela se explicaban las causas que llevaron al país a la guerra; todo se reducía a unas fechas que conmemoraban algunos acontecimientos que para los ganadores de la contienda fueron cruciales. ¿Quiénes fueron los traidores?


Tanto unos como otros, estos alumnos hijos de la guerra, querían saber e iniciaban la búsqueda de la verdad, la verdadera, no la que hasta entonces les ofrecían. Con lecturas y conversaciones que les revelaban otras realidades y en muchos casos participando en manifestaciones y críticas al Régimen. Muchos jóvenes empiezan a soñar con un cambio. La democracia. Confiaban en que se podía hacer un país mejor en el que tuvieran cabida todas las ideas. Los labradores vislumbran que por fin se daba un salto del arado romano, a la mecanización del campo y en las fábricas, los obreros percibían por sí mismos que había llegado la revolución industrial. Ahora el trabajo inhumano lo harían las máquinas. Se romperían por fin las cadenas de la esclavitud. Paralelamente los mandos del ejército animaban al gobierno para ingresar en la alianza de la OTAN y el dictador había decidido quien sería su sucesor. El príncipe Juan Carlos de Borbón. La noticia se recibe con agrado. ¿Será un proceso de cambio? Por fin las puertas de Europa se abren y nos vemos junto al resto de países europeos formando el Mercado Común Europeo.


–Esta ya es historia reciente tío, aquí concluye el tema. Ha estado muy bien. Con estas bases reconoceré a quien falte a la verdad.


‑No es tan fácil. Una guerra civil deja heridas que resulta muy difícil de cicatrizar aunque hayan pasado 75 años. Pero creo que es tiempo suficiente para cambiar los nombres de tantas calles, avenidas y plazas, que siguen con los de generales golpistas. Que desaparezcan de la vía pública tantos monumentos que recuerdan a los héroes del “Bando Nacional”. De algo tan sencillo como dar una sepultura digna a tantos represaliados que fueron enterrados en fosas comunes. Es hora ya de decir toda la verdad ¿No te parece?


‑Naturalmente ¿Qué lo impide?


‑Parte de los que gobiernan el país son herederos de aquellos que protagonizaron algunos hechos deleznables que nunca fueron juzgados y tampoco reparados. Estos intentan eludir, posponer y que con los años se olvide. Consiguiendo el efecto contrario.


‑Para eso se sacó la Ley de Memoria Histórica el año 2007 ¿No?


‑Si, aunque un poco exigua, daría satisfacción a muchos españoles, pero cierto sector de la población con el argumento de que se reabrirían viejas heridas es reacio a aceptar. Tal vez diera pie para cerrar el capítulo pero esa misma resistencia indica que no hay voluntad de aceptar que se lleven a cabo actos que implicarían el reconocimiento de falta y los partidos políticos más conservadores intentan soslayarlo con escusas banales como que el presupuesto no lo permite. De paso esperan que caiga en el olvido, pero el efecto es el contrario.


‑Gracias tío ha sido muy instructiva la charla.


‑No es necesario que me des las gracias, ya me apoyarás cuando tu tía se enfade. ¿Me echarás una mano? ¿Cuento contigo Mikel?


Por supuesto tío.


FIN














martes, 14 de mayo de 2019

Mi perro Xana




 Ya que he relatado lo de mi primer animal de compañía, no puedo dejar  de hablar de la amiga canina que hoy en día me acompaña muchos ratos agradables de mi tiempo de asueto. En un principio quise llamarle Cascón pero al ser hembra lo cambie por Xana  nombre de las brujillas de los bosques según la mitología Astur o Ada buena que diríamos en castellano sugerido por Alejandro (mi yerno) pues él tomó parte activa para conseguirla.
 Pues bien, me encanta pasear y siempre quise tener un perro de mascota. Recordaba que tuve uno cuando vivía en Torresandino, (Burgos), pero más tarde residiendo en la ciudad no me permitían mis padres meter un perro en el piso. Hoy, ya jubilado, creo que puedo decidir por mí mismo sobre todas estas cosas. Así que… ¿Por qué no compaginarlo todo?

 En Reyes, conseguí un perrito de raza Westy con pocos meses. Lo llamo Xana y juntos paseamos por los parques de Basauri o en verano por vacaciones por la rivera del valle del Esgueva, el castillo o el bonete, mañanas y tardes.

Xana cuando está recién bañado, es, chiquitín, pero aun así, una vez seco recupera su aspecto pícaro yo diría que se asemeja en su comportamiento al carácter del mismo  Platero, el borriquillo de Juan Ramón Jiménez, Además nos recuerda también al popular pollino la blancura nívea del pelaje, su aspecto adorable. Su cabeza redonda peluda y desgreñada reforzada por esas grandes y puntiagudas orejas. La mirada de ojos oscuros profundos, forman un triángulo fascinante y seductor con ése brillante hocico negro, que le confieren una expresión divertida y que constantemente incita a jugar.

Su comportamiento es rebelde cuando salimos a la calle. Él empieza a dar saltos de alegría y si vamos al campo donde le puedo soltar la correa, al sentirse libre de ataduras, corre y juega a sus anchas. De vez en cuando me busca con la mirada y tras comprobar que no me voy, vuelve a su diversión persiguiendo cualquier otro animal de dos o cuatro patas y a falta de ello, como último recurso le sirve todo lo que encuentra a su paso en su juego destructivo, de morder, pisar o arrancar, como aquellas florecillas y rosas silvestres que adoraba Platero.

 Si ha llovido, le encanta meterse en los charcos, tanto como a los niños con zapatos nuevos y revolcarse en la hierba para gozar del frescor de las gotas de lluvia o rocío. Con viento, intenta coger las hojas secas, que se elevan del suelo, saltando sobre sus patas traseras una y otra vez como disputándole al vendaval la posesión de algo transcendental.

 Cuando llega el momento de marcharnos, la llamo de todas las formas posibles, pero Xana se lo toma como otro juego y trazando círculos a mi alrededor me desafía a que le coja.

 Al volver a casa, parece ya un chucho callejero por la suciedad, paja y herbaje que se le ha adherido a los pequeños rizos de sus patas. Lo que había sido un níveo manto, aparece ahora un sucio e indecente mantón.

 -Xana le digo. -Hoy tenemos bronca por tu culpa.

 Me mira, mueve el rabito y se hace el despistado. Hoy nos espera una buena reprimenda, pero ya no nos espanta, porque es bastante habitual.

Su carácter es travieso y terco, pero cariñoso y fiel. Es mi amigo.

Sé que algunas personas son reacios a amar a los animales Desearía que esta pequeña crónica sobre un perro de compañía, consiga acercarlos un poquito a éstos fieles compañeros del hombre.


martes, 23 de abril de 2019

Mi primer perro




Mi primer perro
Este relato surgió de forma casual un día de frío y lluvia en el Txoko Chapetas de Torresandino con los pequeños Asier y Naia (mis nietos) sentados frente a la chimenea, Las llamas soltaban chispas crepitando al atizar los tizones con las tenazas y refulgían nuevos colores rojos y anaranjados que con su fulgor atraían las miradas infantiles.
‑Madre –sugerí aprovechando que contábamos con su presencia; cuéntales a tus biznietos alguno de los cuentos que solías contarnos a nosotros cuando éramos niños.
‑Hijo, ya eres abuelo y te corresponde a ti hacer de cuentacuentos porque a mí se me han olvidado muchos y a veces no recuerdo el final por eso siempre los remato todos con “vivieron felices y comieron perdices” Sin embargo se me ocurre que les puedo relatar una bonita historia real en la que tú fuiste uno de los protagonistas. Les gustará.
‑Veréis ‑dijo comenzando con el relato‑. Recuerdo que en cierta ocasión cuando vuestro abuelo era aún un niño de la edad que tenéis vosotros ahora también estábamos como hoy sentados padres e hijos al calor de la chimenea que en aquel entonces era nuestra única calefacción. La tía Rosi, la hermana mayor, estaba junto a la ventana bordándole un pañuelo a su profesora como esta le había pedido, pero los dedos se le quedaban fríos y también se acercó a Paco y Petri. De pronto llamaron a la puerta. Fueron tres golpes secos dados posiblemente con algún objeto duro para que se oyera con claridad. ¡Vaya si se oyeron, que retumbaron por toda la casa! Nos quedamos pasmados porque no esperábamos a nadie y hubo de llamar nuevamente el recién llegado para que por fin nos decidiéramos a ir hasta la puerta para abrir.
‑ ¿Quién llamaba? –Preguntaron los niños con los ojos como platos.
‑Era el señor Piquino –recordó la bisabuela‑, vivía muy cerca de nuestra casa y era un buen vecino muy afable aunque tenía una pierna ortopédica como algunos piratas y siempre que tenía que llamar a las puertas lo hacía con unos golpes de su pata de palo. Se dedicaba a sacar a los pastos el ganado caballar que había en el pueblo y se había tenido que volver precisamente por las inclemencias del temporal. Pero vayamos a lo que importa, o el motivo de aquella inesperada visita.
‑Hoy –aseguró el hombre‑, he pasado por uno de los peores momentos de mi vida para salvar a este cachorrito que el agua del río arrastraba, desconozco de donde vendrá ni quién serán sus dueños pero no podía dejar que se ahogara. Es posible que su amo se haya desprendido de el por haber llegado en un parto de varios en la misma camada y la madre no podía cuidar de todos. 
Mis hijos, es decir vuestro abuelo Paco y sus hermanas como os podéis imaginar no dejaban de mirar a las piernas del buen señor pero sus ojos infantiles se desviaron para prestar atención al pequeño animalito que el señor Piquino nos presentó. Al retirar el trapito que lo ocultaba vimos  al perrito, una cosita pequeñita que todos nos pusimos a admirar. Era chiquitín, como un muñeco negro y blanco que aún no tenía nombre porque él no quería quedárselo y le estaba buscando un buen dueño, quien decidiría cómo llamarle.
La bisabuela hizo entonces una pausa para “atizar la lumbre”, como ella decía, que no era otra cosa que remover el fuego añadiendo más leña si era necesario, para que no se apagase y volviendo a ocupar su sitio prosiguió.
–Yo no tenía mucha experiencia con estos animales pero al mirar a mis tres niños, supe que el pequeñín se quedaría, así que empecé a pensar en que sería entretenido buscar un nombre al cachorrito que desde el primer momento nos aceptaba como amigos, así que acepté la propuesta del señor Piquino para quedárnoslo y criarlo a biberón. En ese momento todos queríamos cogerle, acariciarle y lo del nombre lo pospusimos para el siguiente día.
–Vuestro abuelo Paco, preguntaba a todos– ¿A tí qué nombre te gusta? y siempre nos apresurábamos a darle nuestra opinión pero a él ya le había calado muy hondo el suyo: Se llamará Chispa aseguró tan convencido que lo admitimos si esa era su ilusión puesto que también a nosotros nos pareció apropiado.
Chispa era de raza pequeña, descendiente de los perros bodegueros que se usaban para luchar contra las plagas de ratas y se caracteriza por ser juguetón, travieso y valiente.
–El abuelo Paco ‑continuaba la bisabuela con su relato–, disfrutó de su perrita Chispa durante toda su infancia y eran inseparables. Aquellos años la hicieron a la perrita muy mayor y con trece años como es lo normal con las razas caninas, falleció. Todos lo lloramos durante unos días, pero este no sería el único perro de la familia.
Los pequeños Asier y Naia permanecían callados y en sus ojos brillaba una lágrima pujando por salir, no obstante la última frase arrojaba la esperanza de que una nueva vida llenaba la tristeza dejada por la anterior y acosaban a preguntas a la bisabuela.
 Pero a sus 96 años le permtimos dejarlo a su voluntad y así lo expresó.
‑Es el final para hoy peques, estoy cansada, os prometo que otro día os contaré más.
FIN