martes, 23 de abril de 2019

Mi primer perro




Mi primer perro
Este relato surgió de forma casual un día de frío y lluvia en el Txoko Chapetas de Torresandino con los pequeños Asier y Naia (mis nietos) sentados frente a la chimenea, Las llamas soltaban chispas crepitando al atizar los tizones con las tenazas y refulgían nuevos colores rojos y anaranjados que con su fulgor atraían las miradas infantiles.
‑Madre –sugerí aprovechando que contábamos con su presencia; cuéntales a tus biznietos alguno de los cuentos que solías contarnos a nosotros cuando éramos niños.
‑Hijo, ya eres abuelo y te corresponde a ti hacer de cuentacuentos porque a mí se me han olvidado muchos y a veces no recuerdo el final por eso siempre los remato todos con “vivieron felices y comieron perdices” Sin embargo se me ocurre que les puedo relatar una bonita historia real en la que tú fuiste uno de los protagonistas. Les gustará.
‑Veréis ‑dijo comenzando con el relato‑. Recuerdo que en cierta ocasión cuando vuestro abuelo era aún un niño de la edad que tenéis vosotros ahora también estábamos como hoy sentados padres e hijos al calor de la chimenea que en aquel entonces era nuestra única calefacción. La tía Rosi, la hermana mayor, estaba junto a la ventana bordándole un pañuelo a su profesora como esta le había pedido, pero los dedos se le quedaban fríos y también se acercó a Paco y Petri. De pronto llamaron a la puerta. Fueron tres golpes secos dados posiblemente con algún objeto duro para que se oyera con claridad. ¡Vaya si se oyeron, que retumbaron por toda la casa! Nos quedamos pasmados porque no esperábamos a nadie y hubo de llamar nuevamente el recién llegado para que por fin nos decidiéramos a ir hasta la puerta para abrir.
‑ ¿Quién llamaba? –Preguntaron los niños con los ojos como platos.
‑Era el señor Piquino –recordó la bisabuela‑, vivía muy cerca de nuestra casa y era un buen vecino muy afable aunque tenía una pierna ortopédica como algunos piratas y siempre que tenía que llamar a las puertas lo hacía con unos golpes de su pata de palo. Se dedicaba a sacar a los pastos el ganado caballar que había en el pueblo y se había tenido que volver precisamente por las inclemencias del temporal. Pero vayamos a lo que importa, o el motivo de aquella inesperada visita.
‑Hoy –aseguró el hombre‑, he pasado por uno de los peores momentos de mi vida para salvar a este cachorrito que el agua del río arrastraba, desconozco de donde vendrá ni quién serán sus dueños pero no podía dejar que se ahogara. Es posible que su amo se haya desprendido de el por haber llegado en un parto de varios en la misma camada y la madre no podía cuidar de todos. 
Mis hijos, es decir vuestro abuelo Paco y sus hermanas como os podéis imaginar no dejaban de mirar a las piernas del buen señor pero sus ojos infantiles se desviaron para prestar atención al pequeño animalito que el señor Piquino nos presentó. Al retirar el trapito que lo ocultaba vimos  al perrito, una cosita pequeñita que todos nos pusimos a admirar. Era chiquitín, como un muñeco negro y blanco que aún no tenía nombre porque él no quería quedárselo y le estaba buscando un buen dueño, quien decidiría cómo llamarle.
La bisabuela hizo entonces una pausa para “atizar la lumbre”, como ella decía, que no era otra cosa que remover el fuego añadiendo más leña si era necesario, para que no se apagase y volviendo a ocupar su sitio prosiguió.
–Yo no tenía mucha experiencia con estos animales pero al mirar a mis tres niños, supe que el pequeñín se quedaría, así que empecé a pensar en que sería entretenido buscar un nombre al cachorrito que desde el primer momento nos aceptaba como amigos, así que acepté la propuesta del señor Piquino para quedárnoslo y criarlo a biberón. En ese momento todos queríamos cogerle, acariciarle y lo del nombre lo pospusimos para el siguiente día.
–Vuestro abuelo Paco, preguntaba a todos– ¿A tí qué nombre te gusta? y siempre nos apresurábamos a darle nuestra opinión pero a él ya le había calado muy hondo el suyo: Se llamará Chispa aseguró tan convencido que lo admitimos si esa era su ilusión puesto que también a nosotros nos pareció apropiado.
Chispa era de raza pequeña, descendiente de los perros bodegueros que se usaban para luchar contra las plagas de ratas y se caracteriza por ser juguetón, travieso y valiente.
–El abuelo Paco ‑continuaba la bisabuela con su relato–, disfrutó de su perrita Chispa durante toda su infancia y eran inseparables. Aquellos años la hicieron a la perrita muy mayor y con trece años como es lo normal con las razas caninas, falleció. Todos lo lloramos durante unos días, pero este no sería el único perro de la familia.
Los pequeños Asier y Naia permanecían callados y en sus ojos brillaba una lágrima pujando por salir, no obstante la última frase arrojaba la esperanza de que una nueva vida llenaba la tristeza dejada por la anterior y acosaban a preguntas a la bisabuela.
 Pero a sus 96 años le permtimos dejarlo a su voluntad y así lo expresó.
‑Es el final para hoy peques, estoy cansada, os prometo que otro día os contaré más.
FIN