miércoles, 13 de marzo de 2019

CUÉNTAME


CUÉNTAME
Ayer, pasé la mañana en la caja de ahorros, para unas gestiones de la comunidad de vecinos. Nada de importancia, pero tuve que guardar las consabidas colas que nos imponen por suprimir empleados, nos guste o no. La larga espera me crispó los nervios, pensando si podría llegar a la hora que le había prometido a mi madre para salir de paseo.
Al salir de la entidad bancaria, aceleré el paso sorteando a los peatones con los que me cruzaba, que me daba la impresión que deambulaban con demasiada parsimonia dificultando mi marcha. Busqué con la mirada el rótulo luminoso de la farmacia y leí la temperatura y la hora. Vaya ‑me dije‑, una de cal y otra de arena; los pronósticos meteorológicos habían acertado, pero debía apresurarme para llegar a la cita, si no quería impacientar a la dama que me esperaba. Como siempre suele ocurrir, surgió un encuentro imprevisto y por el cúmulo de las diferentes razones, al final Antolina tuvo que esperar un buen rato a su hijo Paco y este asumir las consecuencias. He de reconocer que tiene carácter y no perdona la falta de puntualidad, especialmente cuando desde la ventana se vislumbra un día fantástico.
Una vez superado el enfado salimos de paseo. Ambos somos bien conocidos en Basauri y algunos nos saludaron con simpatía, pero como de costumbre no nos detuvimos porque de pie se cansa más que andando; cogidos del brazo, poco a poco llegamos hasta al parque cercano. Es bastante extenso y si se guarda silencio, suelen escucharse los trinos de algún jilguero o el canto oportuno de los negros estorninos.
Disponemos de muchos bancos, no obstante como el sol de marzo brilla con intensidad y hay que tomarlo con precaución, elegimos uno bajo un roble, que nos proporcionó una oportuna semisombra, gracias a la incipiente espesura de las hojas nuevas, brotando ya de sus yemas.
Los sábados por la tarde, de primavera y verano siempre que no llueva, hay una orquesta que atrae a mucha gente de la tercera edad porque su repertorio de boleros, pasodobles, rumbas y otros bailables, está dirigido especialmente a las personas que vivieron aquella época del chicharrillo como se llamaba al baile público de las plazas de los pueblos. Recuerdo que el año pasado, a ella le encantaba escuchar aquellas viejas canciones de Mocedades, Manolo Escobar, Antonio Machín, Dolores Pradera o Lola Flores; le hacían vibrar pero no lo suficiente como para salir a la pista, todo lo más un nervioso movimiento de pies bajo el asiento. Sólo faltan dos semanas para abrir la temporada.
Ayer, para mantener una conversación animada, se me ocurrió hacer a mi progenitora algunas preguntas de su época, en parte por charlar de algo que ejercite la memoria y que además la entretiene y en parte porque a mí me encanta el tema y ella satisface mi curiosidad.
‑ ¿En el pueblo había baile? Quiero decir, cuando no eran fiestas.
‑Había un local que regentaba el sastre que llamaban El Fole, allá por donde está el cuartel de la guardia civil y más tarde puso otro el tió Julián en los bajos del Castillo. Se bailaba con los sones de un organillo que funcionaba girando una manivela.
‑ ¿Y qué tal se desenvolvía la juventud con la danza por aquellos años?
‑Parecido a lo que se ve hoy en día, unos regular y otros peor, pero nos fijábamos en quien considerábamos que lo hacían bien y tratábamos de mover los pies siguiendo la música; yo me dejaba llevar y si mi pareja sabía seguir el ritmo no nos salía mal.
‑ ¿Bailabais con los chicos o con una amiga?
‑Empezábamos con una amiga y venía alguna pareja de chicos a pedirnos baile pero al terminar la canción cada uno por su lado porque si bailabas seguido con el mismo ya empezaban los rumores de que éramos novios.
‑Dime una cosa: ¿Qué tal era mi padre en el bailoteo?
‑Como un pato y además de que no sabía, no quería y si estábamos dos parejas me decía que bailase con la otra chica. Esto era muy común con los cascones y nadie se extrañaba pero naturalmente como todos nos conocíamos, ningún osado nos solicitaba para hacerlo con él.
‑Entonces yo me pregunto: El de un pueblo y tú de otro. ¿Cómo os hicisteis novios?
‑Me conoció en unas fiestas de Tórtoles y posteriormente coincidió en un trabajo con un primo mío, al que manifestó que le había causado buena impresión. Unos meses más tarde, me trasladé a Torresandino para trabajar en casa de la Eutimia, la que tenía la tienda de ultramarinos y el casino abajo de la plaza; cuando Cándido supo de mi llegada le pidió a su hermana Victorina, que tenía mi edad, que me invitara a salir en su cuadrilla; así se ganó mi primera consideración. También por entonces como no había agua corriente en las casas y el trasiego de agua era inevitable, la fuente de la plaza estaba muy concurrida tanto por las jovencitas como por sus pretendientes. En ese ir y venir me pretendía y fui descubriendo en él a un hombre simpático formal y trabajador.  
‑Madre ‑Jamás lo cambiaré por mamá‑, ¿nunca tuvimos en la familia a alguien con dotes excepcionales para llegar a ser un artista? ¿Vamos que tuviera duende, ese algo especial que le hubiera permitido vivir sin penurias? Por ejemplo del cante o la danza.
‑Tu padre decía que en el pueblo cantaba como el que más. Es cierto, aunque no tenía mucha voz se animaba enseguida, sí, pero quien lo hacía bien era su hermana Jesusa. El abuelo Enedino era muy ocurrente para gastar bromas y de carácter tan salado que caía bien, pero para ganarse el pan para sus hijos no.
Por la tarde estuvimos de invitados a un cumpleaños. Unos canapés fríos y calientes y una ración de la clásica tarta regada con un cava, café o chocolate que nos sirvieron de merienda cena. Comió de todo aunque quizás en el pasado lo hacía en mayor cantidad y tras la tertulia volvimos a casa acusando ya cierto cansancio.
‑Vosotros no lo queréis creer –nos dijo queriendo convencernos‑ pero yo ya no soy quien era.
Tiene razón ya no es quien era, pero está tan bien que nadie la supone la edad que tiene, no sufre enfermedad alguna, pero los órganos sí que lo acusan. La vista y el oído han perdido bastante y el corazón se le cansa y ha de limitar los paseos, de vez en cuando algún dolor de cabeza y poco más. Los análisis perfectos, la memoria estupenda y el apetito envidiable ¿qué más podemos pedir? En abril si Dios quiere cumplirá los 97. Que siga tal como está unos añitos todavía.
‑Madre –la he dicho‑, tienes que ser más positiva. Para tu edad estás como una rosa, fíjate cuando vas por la tarde al hogar del jubilado, tus compañeras de la brisca son todas mucho más jóvenes que tú y las ganas. Otras de tu tiempo, van ya en silla de ruedas y también sabes que algunas han olvidado ya todo. Disfruta y vive el momento con tus hijos, nos tienes siempre cerca de ti y sabes que te adoramos.
‑Muchos besos. ¡Muaaa!.

Francisco García

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