Bisabuelas Nonagenarias
Aquel sábado
habíamos decidido hacer una excursión en familia a la Laguna Negra, en Soria. ¿No
lo conocéis? Os lo recomiendo.
Allá que nos fuimos en tres coches y
a mí me tocó llevar en el mío a mi madre y su inseparable amiga; bisabuelas y nonagenarias
ambas. Salió un día radiante con excelente temperatura y disfrutamos de los bellos
parajes, la naturaleza sin contaminar con abundancia de pinares donde respirar
a pleno pulmón y también cómo no, reponer fuerzas con las viandas de la
fiambrera y refrescarnos con el agua fría de un bullicioso manantial. Resultó
un día maravilloso.
Durante el trayecto de vuelta la
conversación de las dos ancianas fue derivando hasta el tema preferido por las
personas de su edad, a saber:
‑“Que poco me queda ya” ‑Pronunciaba la primera.
‑“Yo sí que estoy mal” ‑Profería la segunda.
‑“Si supieras los dolores que yo sufro” –Contraatacaba mi madre.
‑“No te quejes, que con mis dolores me gustaría verte a ti a ver lo que
decías” –Manifestaba
su compañera.
Lamentos que alcanzaron su zenit en
la trillada frase:
“Para lo
mal que estamos, mejor si el Señor nos llevase pronto”.
Mi coche, contagiado, empezó a sufrir también
los achaques de los años, haciéndolo notar muy inoportuno con la aparición de abundante
humo y olor a quemado, justo en pleno descenso.
Al percatarse las dos ancianas,
empezaron a gritar:
‑ ¡Para! ¡Deja que nos bajamos! ¡Para, para!
Yo imaginé lo que estaba pasando y por mis conocimientos de mecánica me tranquilicé, aunque no obstante busqué sin éxito un lugar en el arcén que fuera seguro y apropiado para
detenernos.
Ellas en cambio no se resignaban y
pretendían abrir las puertas tirando de las manillas, que no consiguieron abrir,
gracias al cierre de seguridad infantil.
Mientras les instaba a que estuvieran tranquilas,
conseguí llegar al sitio idóneo que buscaba y paré el coche justo a tiempo, pues ellas habían conseguido abrir las
ventanillas y se disponían ya a saltar en marcha.
¿No se hallaban dispuestas a que el
Señor se las llevara cuanto antes? Pues no me lo creo yo, a juzgar por la forma
como actuaron. Me maravillé de tanta vitalidad y derroche de energía intentando
evitarlo o al menos aplazar el final para otra ocasión.
Quedó todo aclarado al comprobar que
las pastillas de freno se habían quedado pegadas y aunque es poco probable que me
vuelva a suceder las ancianas se empaparon a fondo sobre el tema y en cada
ocasión que vuelven a subir a mi coche me preguntan si he supervisado el desgaste de
las zapatas y el líquido de frenada.
Los achaques seguirán acompañándolas
a todas partes, pero estoy convencido que llegarán a centenarias y con una
calidad de vida, que sin ninguna duda yo la quisiera para mí si llego allá y
está claro que ellas harán todo lo posible por mantener, porque son una especie superviviente que pasó ya de la tercera edad y en la cuarta le disputan a la vieja de la guadaña año tras año.
No hay comentarios:
Publicar un comentario