jueves, 14 de mayo de 2020

UNA MAÑANA DE MAYO


UNA MAÑANA DE MAYO

Serán unas notas de mi niñez en la década de los cincuenta del pasado siglo; concretando más, era una mañana de un día que no sé por qué razón no teníamos clase y eso sí, con toda seguridad era mayo y en Torresandino ‑Mi villa natal‑. Con aquellas notas, he hilvanado un pequeño relato de la vida de una familia –La que Cándido y Antolina habían formado‑, aunque bien podría ser otra al azar, en cualquier pueblo de Castilla.

Las cadencias de la época y en especial el agua corriente afectaban a todos, mejor o peor acomodados, solo que unos u otros lo afrontaban con distintos recursos. En el mundo rural las gentes se rodeaban de tareas que implicaban la colaboración de todos y puesto que el marido se marchaba de madrugada al campo, la esposa se hacía cargo de las labores de casa y el cuidado de los hijos. En mí caso éramos cuatro hermanos, la mayor Rosi 14 años, Petri 12, Paco 9 y el menor Lázaro 6, pero eran tantas las tareas que cualquier ayuda sería bienvenida. A saber:

Una somera limpieza según las usanzas de la época, que distaba mucho de los requerimientos que la sociedad impone en la actualidad; por la naturaleza de las superficies, tan lejos de las suaves, brillantes y pulidas de que disponemos hoy en día y sobre todo sin la ayuda de máquinas ni productos que llegarían años después para ayudarnos a conseguir la casa soñada.

Alimentar el fuego del hogar para aportar un ambiente cálido a la estancia, calentar agua o cocinar. No era una tarea fácil empezando por la necesidad de trocear los leños, el elemento combustible para lograr un buen fuego tras muchos y penosos esfuerzos y después para mantenerlo durante horas.

Primer viaje a por agua potable fresca de la fuente de la plaza, para traer: La madre, un cántaro de barro apoyado a la cadera, este para las primeras abluciones de pequeños y grandes y un cubo en la otra mano, para satisfacer la sed de los animales. A buen seguro sería necesario realizar al menos un acarreo más, para la olla del cocido y el fregado de los cacharros, resuelto con la aportación de un garrafón que conseguían traer entre dos niños.

La madre atendía a los animales domésticos, que por lo general se criaban en la cuadra o el corral renovándoles la paja de cama, proporcionándoles su alimento en el comedero y el agua del bebedero. Un par de cerdos media docena de gallinas y una docena de conejos era habitual porque suponían una parte importante de las necesidades proteínicas que complementaban la despensa. Los niños recogíamos los huevos.

Y por supuesto tener puestos los cinco sentidos en la prole de niños para que se vistieran y asearan, antes de desayunar e ir a la escuela. Cuando no había clase a todo lo anterior se sumaba el tener controlados a cuatro niños que cuando no estaban protestando o riñendo entre sí, corrían detrás del gato o estaban pegándose con los hijos del vecino.

Si uno de esos días no lectivos era preciso hacer la colada, bajábamos al arroyo en reata, con la madre por delante portando un gran balde lleno de ropa sucia sobre la cabeza con un rodete para amortiguar el peso. Siguiéndola, entre dos llevábamos la tabla de lavar, y los otros un canasto y dentro de él una azadilla, un cubo con la lejía Conejo y el trozo de jabón marca Lagarto.

Nuestra progenitora tomó posición junto al remanso habitual, colocando en su margen la tabla de lavar que le había hecho mi padre con madera de chopo, fácil de trabajar y de poco peso. La pila de ropa dispuesta a su derecha y arrodillándose en el cajetín estiró la mano para comprobar la temperatura del agua recordando las malas experiencias de los meses de heladas; con un gesto de asentimiento indicó que no estaba muy fría y acto seguido se metió de lleno a su tarea, no sin antes advertirnos de que había que llenar el cesto de cardos, bayas y raíces silvestres conocidas, de las que sabíamos les gustaban a los cerdos.

Varias horas en El Parral darían para mucho y la orden sería cumplida sin problemas porque a ambas orillas del riachuelo era un vergel de vegetación. Como era el mes de mayo y la climatología acompañaba, la floración estaba espléndida; margaritas, lirios amarillos y lilas, campanillas, malvas, calas y amapolas, estaban presentes por dondequiera que mirásemos. Con la azadilla cortábamos aquellas plantas que sabíamos que a nuestros puercos, les encantaban, mientras recorríamos arriba y abajo la ribera, muy atentos a los ruidos, para descubrir la presencia de algunos de los moradores campestres de la fauna ibérica.

Así, entre los gorjeos de paloma, graznidos de urracas y grajos, chirridos de gorriones, silbidos de mirlos y trinos de jilgueros, fuimos atraídos por el repiqueteo del pico de un pájaro carpintero en plena labor, sobre el tronco de un viejo sauce, que nos entretuvimos observando. Acechando a las ranas estuvimos largo rato para localizar alguna, pero antes de lograrlo nos sorprendíamos viéndolas desaparecer de un salto. Por dos veces, de imprevisto pero con gran alboroto, salió de las junqueras un corpulento pato dejándonos con más susto que el que él llevaba. Descubrir un lagarto nos mantuvo callados e inmóviles para no delatar nuestra presencia y así poder seguir disfrutando de su bella imagen, raramente conseguido hasta que nos detectó y desapareció entre la vegetación. Por aquellos años abundaban los cangrejos, así que emulando lo que habíamos oído contar a los mayores, logramos pescar seis bajo las piedras del fondo. Contentos de poder aportar algo a la comida familiar buscamos en las viejas paredes de un huerto y conseguimos aumentar la caza con dos docenas de caracoles y tres setas de chopo nada desdeñables, que debía aprobar el experto. El padre.

Cuando regresamos al lado de nuestra madre, ya no estaba sola pues otras tres lavanderas le hacían compañía y juntas se divertían contando chascarrillos. Aunque el trabajo era muy duro, el tiempo que pasaban en aquel lugar era como un espacio de libertad, por el hecho de que en las inmediaciones no había hombres y podían hablar de sus cosas íntimas. Mi madre extendía sobre zarzas, espinos y setos, las sábanas para secar al sol. Eso significaba que había terminado ya, porque lo dejaríamos así y regresaríamos a recogerlas por la tarde. Igual que otras veces al llegar nosotros dijeron, “hay ropa tendida”. Los más mayores nos explicaron que no querían que los chavales oyésemos lo que entre ellas se contaban, así que tampoco les hicimos partícipes de nuestras aventuras ocultando las capturas en el fondo del cesto. Gracias a eso no devolvió los crustáceos al agua, porque cuando contentos se lo enseñamos en casa, se enfadó mucho diciendo que éramos como los cazadores furtivos, pero en fin; después de la bronca se tranquilizó y le quedó mucho más cerca la paella que el arroyo.

Resultó un día muy activo y sin embargo feliz, entretenido, didáctico, divertido y como colofón una estupenda experiencia culinaria. Claro que eran  otros tiempos.
















jueves, 9 de abril de 2020

PROTEGIDOS POR PALIO


Todas las palabras empiezan con la letra P

PROTEGIDOS POR PALIO



- Partidos políticos, propuestas y promesas: Pepe, poderoso partido político podría perder popularidad pronto, principalmente porque periódicamente publica pulcras páginas, prometiendo proteger patrimonios públicos, pero prohíbe posteriormente partidas presupuestarias porque producen pequeñas pérdidas progresivas. Paralelamente pretende priorizar permisos para portentosos proyectos privados.

Pepe, permitiría paraísos penales para: Parientes próximos, primos políticos, pillos protegidos por palio, proles principescas, padrinos potentados, personajes poderosos, policías pérfidos, paisanos perjuros previamente patrocinados.

Pepe, pretendiendo propagar programa protocolario para penalización por peligrosidad prolongará presentar pruebas. Pero posteriormente para perseguir paralización, propondría permitir prescripciones por pasar periodo punible.

2 - Privilegios personales: Papá pedirá programa Padre porque piensa presentar pérdidas patrimoniales. Pero parece presuntamente punible promover préstamos particulares públicamente por proteger proyectos para palacete Pedralves. Podría parecer privilegiado pretexto profusamente planeado por partidos políticos para paternal progenitor, pero pierde poco por probar. Pasan por pensamientos poco palaciegos pero propios para patrón patriarcal pillando puntos porque pueblo pide prisión para prole. Paralelamente podría plantear propuesta para parque público pensado para preservar proboscídeos paquidermos, pero prefiere podar pequeñas palmeras perdido por playa privilegiada protegido por policía privada pagada por pretenciosa presunta princesa.

- Panadero provocado: Pedro Pérez, peón panadero, perfectamente preparado para producir pan, podría promover pavorosas pesadillas premeditadas pacientemente, pensando provocar peleas peligrosas para perjudicar poderosos personajes, pero Pedro, primero prefiere pacíficamente publicar panfletos, pegándolos por plazas principales, pregonando porqué perdió parcela propia. Pretendían potenciar promotora privada patrocinada por partido político planeando previa pantomima perversa. Puras patrañas.

Perseguido por patosos piquetes paramilitares, policías profesionales pagados para proteger particulares, por palurdos patrones perversos. Pero predice para pronto poder perturbarles peor, poniendo pancartas pintadas por parques, patios privativos, pazos permanentemente prevenidos; Pedro puede pasar perfectamente, penetrando por pequeños pasadizos privados para ponerles pesados petardos. Particularmente preferiría pleitear por pliegos pormenorizados, para planificar prometidos pisos protegidos populares.


sábado, 14 de marzo de 2020

POR VENDIMIAS




Por vendimias



Antaño, en nuestra tierra la vendimia se hacía habitualmente casi a mediados de octubre aunque la climatología hiciera factible hacerlo antes, pero en el puente del Pilar llegaban muchos familiares que vivían en la ciudad y eran una gran ayuda. Hoy en día pueden ponerse multas de varios miles de euros por tener trabajando gente sin asegurar así que se lleva a cabo rigurosamente con personal contratado para ello en la fecha que los técnicos entendidos consideren más óptima. En el caso que me ocupa coincidió con el mencionado puente del Pilar. Una buena oportunidad para hacer una escapada a Torresandino, mi pueblo y estando allí, hacer una excursión familiar aunque especialmente por el nieto y la nieta, pero para disfrutar también los adultos, por qué no,  a los abuelos nos encanta la naturaleza y pasando el día los cuatro juntos lo pasaremos bomba.

Coincidió que salió un día precioso y deslumbrante, aunque no obstante algo frío, pero nada como para renunciar, era lo típico del otoño y yo ya había marcado la ruta sin necesidad de pensármelo dos veces. En esta ocasión un recorrido en coche parando en los pueblos próximos, que ya conocía desde antaño pero por entonces siempre lo observé desde la perspectiva de los vecinos del lugar, es decir con un ojo puesto en la tierra y otro en el cielo, acostumbrados a dejar al albur de la pluviometría el resultado de la cosecha que curiosamente según su criterio, siempre sería mala o mediocre, siendo una excepción que resultase buena. Con esta realidad y con unos precios a la baja, cada invierno miles de cepas eran arrancadas porque el futuro se veía incierto.

En el presente, era notorio que toda la comarca de La Ribera del Duero había experimentado un gran cambio. Me habían hablado de ello y estaba deseando comprobarlo yo mismo desde un enfoque desinteresado, seguro que resultaría diferente. Llevaríamos la cámara de fotos y buscaríamos aquellos rincones, detalles y paisajes que por lo cotidiano no sabemos apreciar.

Empecé por Roa, centro del comercio de la zona que dispone de modernos supermercados, restaurantes, cafeterías y salta a la vista que la villa está tomando otros aires, la industria empieza a florecer en el extrarradio y tal como corresponde a una pequeña ciudad, los servicios van mejorando y complementándose. Visitamos un moderno edificio de arquitectura vanguardista sede del Consejo Regulador de la D. O. Ribera del Duero junto al único paño que se conserva de lo que fue la muralla que rodeaba la villa medieval, además de una docena de modernas bodegas salpicando los arrabales. De allí a la Plaza Mayor bien cuidada con los típicos soportales formando un conjunto con la fabulosa iglesia ex-colegiata de Nuestra Señora de la Asunción del siglo XVI y el ayuntamiento, este recientemente remozado. Muy cerca, el espectacular paseo El Espolón, mirador sin par de la vega desde donde se abarca una amplia panorámica de la ancha vega del río que da nombre a esta ribera. Precisamente disfrutamos de esas vistas ribereñas igualmente, mientras comíamos en el restaurante Chuleta Balcón del Duero, el lugar más adecuado para ello. Después seguimos el rumbo convenido tomando la carretera de Pedrosa de Duero.

Alcanzado Pedrosa, nos impresionó que en un espacio tan delimitado se dieran tantas bodegas a cual más moderna y fascinante, especialmente la de los hermanos Pérez Pascuas. Una familia dedicada a la elaboración de un vino excelente que se embarcaron en este proyecto en los años 80. Otros siguieron sus pasos consiguiendo todos colocar sus caldos entre los mejores de España y el mundo.

Pedrosa de Duero, Guzmán, Boada de Roa y Quintanamanvirgo, son pueblos que pertenecen al ayuntamiento del primero y los cuatro comparten cultura, historia, costumbres, tradiciones y gastronomía. Su economía se fundamenta en el cultivo de la vid y está a la vista que el momento es floreciente por lo que apreciamos en nuestro recorrido al pasar por los dos últimos, se nota un claro rejuvenecimiento de edificios y construcción de nuevas viviendas tipo chalet gracias a la riqueza que la viticultura aporta y a que genera muchos puestos de trabajo.

Quintanamanvirgo está próximo a la cuesta Manvirgo de ahí su nombre. Hicimos una parada obligatoria en este caso, para hacer una visita a mi hermana que se casó con un quintanero y tienen allí su segunda residencia y en mis planes ya contemplaba yo que tendríamos allí una barbacoa para una merienda cena en familia.

Había aún tiempo para ascender andando a la cima del emblemático otero, pero sólo pude convencer a mi cuñado César y a mi nieto Asier; las mujeres prefirieron la comodidad del porche enfrascadas en animada conversación. Un poco de ejercicio nos vendría bien así que las dejamos a sus anchas y nos subimos a otear en la lejanía que era todo lo profunda que podían permitir nuestros ojos por todo alrededor, alcanzando desde Somosierra hasta la sierra de La Demanda. Ancha es Castilla.

En aquella hora del atardecer los vendimiadores abandonaban la labor y regresaban de la campiña, en el remolque de un tractor hacia el poblado.

‑Mira, ¿las cepas no son todas del mismo color? –Preguntaba Asier‑. Las de esa zona son diferentes a las de más allá y entre ellas tampoco son iguales todas.

‑Sí ‑afirmé‑. En esta estación del año las plantas de hoja caduca empiezan el cambio perdiendo sus tonalidades verdes de verano y pasando a cobrizos, rojos, amarillos y pronto estarán sin hojas En perfecta simbiosis con la naturaleza. Colabora también el sol de otoño en el paisaje, ¿lo notas? Igualmente luce débil y anaranjado.

‑Es bonita esta estación, ¿verdad abuelo?

‑Digamos que tiene su duende –contesté.

Quedé satisfecho con las explicaciones que César nos dio in situ, no como lo hubiera hecho un enólogo titulado o un experto viticultor por profesión, pero sí lo hizo como un absoluto apasionado de aquellas tierras plagadas de plantaciones de viñedos trazados a tiralíneas e intercaladas con pequeños sotos de pinos piñoneros; con breves indicaciones iba señalando también los suaves accidentes geográficos, caminos, arroyos o veredas que se extendían a nuestros pies. Adivinaba la situación exacta de los pueblos de la comarca, en una panorámica de 360º. Realmente percibí que amaba los campos que conocía desde su juventud y que con los ojos tapados los describiría. Consideré muy acertada su valoración sobre la evolución favorable de las viñas al pasar de la plantación de las cepas en vaso a espaldera, además de la poda y guía de los sarmientos.

‑Así, se deja mayor espacio y el sol llega con facilidad a la fruta que mejora su calidad –decía convencido‑, y –proseguía‑, facilita la recolección de los racimos con las máquinas que agilizan la labor, se mejora la calidad y reduce los costos elevados de la mano de obra.

Comprendí el gran salto efectuado en la región y el por qué nuestros vinos ya alcanzaban el mismo nivel de prestigio que los grandes en apenas un cuarto de siglo y que habían llevado a la Ribera del Duero a ser considerada una importante región vitivinícola mundial.

Tras un expléndido ocaso el frío nos echó de aquel pequeño llano en la cima de la cuesta y regresamos junto a las mujeres. Tras una frugal ágape para reponer fuerzas, tomamos de nuevo el automóvil y nos encaminamos hacia Torresandino pasando por Anguix y Olmedillo de Roa los últimos pueblos antes de llegar y no nos detuvimos porque la hora era ya avanzada pero sé que ambos tienen una hermosa iglesia y una ermita bien conservada y cómo no, se dedican mayormente al vino con idénticos resultados que los anteriores. Sin embargo en el nuestro siguen dedicándose exclusivamente a los cereales y las expectativas son cada año peores, la mano de obra disminuye y los empadronados cada año son menos.

Resultó un día con excelentes vivencias y dio para sacar mis propias conclusiones. En mi opinión, dentro de la denominación de origen Ribera del Duero como los pueblos del Esgueva que aceptaron entrar, este nuestro también estaría evolucionando positivamente al igual que ellos pero según dicen se lo ofrecieron pero no aceptaron y las consecuencias vienen ahora. Lamentablemente, si fue una decisión errada lo pagaremos todos.

lunes, 10 de febrero de 2020

EL MORAL DE VILLOVELA


El moral de Santa Lucía
Se me ocurrió escribir sobre ello, al recordar aquellos días de vacaciones que Ana pasó con nosotros en Torresandino. Ana, es una sobrina de mi esposa que por entonces tendría diez años y era la primera vez que venía al pueblo, así que debíamos hacer una visita al moral centenario de la zona, el moral de Villovela, que aquellos días del verano estaba a plena producción. La hora u hora y media que la niña pasó en ese lugar no se le olvidarán nunca y de hecho, al volver en septiembre a la rutina del colegio concertado donde estudiaba, cuando Sor Pilar la profesora pidió a sus alumnos que escribieran una redacción sobre las vivencias estivales, ella hizo un magnífico trabajo sobre aquella tarde subida en las ramas de aquel fantástico árbol.
Pero la injusta valoración de la educadora le defraudó, porque la exigió que hiciera un nuevo trabajo que se ajustara a lo solicitado, recriminándola literalmente: “Debes relatar una experiencia real como yo os solicité, escribir sobre un árbol que da moras es totalmente ficticio y sobradamente conocido que esos frutos son silvestres y únicamente salen en las zarzamoras”.
 Ana reprimió la controversia por razones lógicas, pero sabía que aquello que había visto, tocado, degustado y que después le costó tanto lavar sus manos y eliminar el lagarejo de jugo de moras de su rostro, no sucedió en una hipotética zarza y si la hermana monja desconocía la existencia de la especie del árbol que le había descrito, desistía de intentar convencerla.
En España existen varias especies de moreras, árbol de procedencia asiática, donde se aprecian las cualidades medicinales de la corteza, hojas, frutos y sobre todo porque las hojas son el alimento de los gusanos de seda. Concretando, la morera de Santa Lucía es de la variedad “Morus Nigra” y fue plantada junto a la ermita a esta santa, de ahí su nombre; ambos son contemporáneos y eso nos da una antigüedad de 300 años. Se localiza en un entorno antaño de cereales ogaño de viñedos, en las inmediaciones del río Esgueva, a unos 500 metros al norte del casco urbano de Villovela y a 1000 del monasterio hoy ya derruido de Nuestra Señora de los Valles. Seguramente es el árbol más grande que yo haya conocido y desde hace pocos años está recogido en el libro, 111 árboles singulares de la provincia de Burgos e incluido en un catálogo de especímenes destacados de la Junta de Castilla y León.
Yo, que soy de Torresandino, el pueblo de al lado, recuerdo que al igual que todos los que vivíamos en las cercanías, en los meses de agosto pudimos disfrutar de sus frutos porque siempre fue de dominio público y grandes y pequeños, nos acercábamos a recoger de sus ramas una ración de su generosa producción siempre suficiente; la chavalería de varios pueblos nos recreábamos trepando por sus gruesas y largas ramas casi paralelas al suelo, buscando las sabrosas moras más maduras en las puntas, para llenar un tarro, llevarlo a casa y degustarlas sobre una rebanada de pan de hogaza endulzado con azúcar. Con relativa frecuencia se daba algún accidente por caída, pero nunca llegó a causar lesiones de importancia.
Menudo árbol. Tiene más de una docena de troncos que salen del suelo en el centro, probablemente compartiendo todos el mismo ADN, porque son los supervivientes de aquel original que siendo aún joven se desgajó en varias partes sin llegar a separarse totalmente del primero, sobreviviendo porque obviamente se mantuvieron unidas por algo más que la corteza y la pericia que pusieron los vecinos de Villovela en su cuidado hicieron posible la recuperación. Hoy en día es un galimatías de largas ramas que buscando la luz del sol intentan superar a la gravedad y conforman una espectacular copa aérea, de 15 metros de altura y 27 de diámetro, mientras que por el subsuelo las raíces se extenderán buscando humedad y minerales en la fértil tierra del valle.
La silueta desde la distancia es espectacular, ocupando el centro de lo que hoy denominaríamos una rotonda donde convergen de los cuatro puntos cardinales las antiguas calzadas hacia Tórtoles, Villafruela, Torresandino y una alameda de chopos que enlaza con el mismo Villovela. Testigo ocasional de bulliciosas romerías en la efemérides de la santa, este cruce, a día de hoy es un punto de interés turístico de una red de senderos de pequeño recorrido a pie, caballo o en bicicleta, creados recientemente en la Rivera del Duero burgalesa, pero siglos atrás a buen seguro debió de ser transitado esporádicamente por personajes ilustres, aunque lo más cotidiano sería un paraje ideal de encuentro elegido por viajeros de todo tipo: Peregrinos, campesinos, comerciantes, monjes, etc... Harían un alto en el largo y polvoriento camino para reposar bajo su sombra, refrescarse con el agua de la fuente junto a la ermita, intercambiar noticias de interés, particularidades sobre la ruta los que su único anhelo consistía en encontrar alguien con quien compartir el viaje y hacer más llevaderas las molestias de la marcha y no faltaría los chalanes, tratantes de ganado y buhoneros, buscando eventuales trueques de sus mercancías.
Este es ya el final de este trabajo sobre un histórico y anciano ejemplar de la flora regional, que todos apreciamos pero especialmente los niños de la zona y sería una gran pérdida si le ocurriese algo irreversible. Supongo que las autoridades no estarán tan ignorantes como Sor Pilar y serán conscientes del valor patrimonial de la morera de Villovela y de los riesgos que le amenazan. Merece que se adopten las medidas oportunas para remediar hipotéticas adversidades. Santa Lucía seguro que lo habrá protegido hasta ahora, pero ¡Ojo! Hay un refrán muy conocido entre los toreros que dice: “Fíate de la virgen y no corras”.
Chapetas

sábado, 11 de enero de 2020

ALGUNOS ASUNTOS AL AZAR


Todas las palabras empiezan con la letra A

ALGUNOS ASUNTOS AL AZAR

1º. Algo alarmante - Alguien armado, alardeaba al atardecer asesinaría alevosamente al alguacil. Alertados algunos amigos, aseguran advirtieron al amenazado acordando además avisar al alcalde. Astutamente afrontaron abordar a aquel asesino al anochecer aspirando apaciguarlo. Al alcanzarle, acosaron al afrentoso asaltante apremiándole a abandonar aquellas asesinas aspiraciones. Atestiguan aquel agresivo alabancioso, aún aseguraba acabaría acuchillándolo al amanecer, afirmando además arrastraría a alguien ajeno al asunto. Acabaron apaleándole allí adecuadamente. Al amanecer avanzaba ampliamente afectado ascendiendo ambulante avenida arriba, afirmando arrinconaba anteriores anhelos.

2º. Administrar apetitosas ayudas alimentarias- Anteayer, al agruparse algunas asociaciones altruistas, anunciaron, ahora acudirían al ayuntamiento animados al abordarse allí aquellas aspiraciones apalabradas antaño. Aunque asombrados ante aquel ambiguo aliento, asistieron agradecidos al anuncio anhelando ansiosamente adjudicarse algún almacén amplio, accesiblemente apropiado.

Afortunadamente así aconteció. Aleccionados, alabaron al alcalde alcanzando acuerdos afines al ahorro añorado, acordando asignarlo a administrar alimentos acopiados: Aceite, azúcar, alubias, arroz... Ahora almacenarían así apropiadamente aquellos alimentos arriba apuntados, auspiciando atraparían altas ayudas añadiendo algunos ancianos aún afianzados al anterior auxilio asistencial, anticipándose algunos años a avances anunciados anteriormente. Aceptarían abonar adelantado, aquel austero alquiler anual; asegurando al apoderado, ansiaban añadir ampliaciones a aquellos aspirantes altamente afectados. Además, aseguraron acabarían absolutamente aquellos atrasos adelantando alguna aportación adicional, advirtiendo a aquellos aludidos anteriormente, ahora asumirían agotar accidentadas abstinencias anteriores.

3º.  Automovilismo - Ángel Angulo al asociarse a Andrés Alonso, asumió asistirían al ancestral “Asamblea Americana Autos Arcaicos”, anunciando anticipadamente aceptarían arriesgadas apuestas.

Al aparecer Alberto Álvarez, afamado asesor automovilista, aconsejó a ambos afiliados advirtiéndoles, afinaran algunos aspectos atrayentes asumiendo adquirir accesorios antiguos, ampliamente anteriores al año acuñado al armazón, asegurándose añadir adornos, altamente apreciados, apoyando además alterar adecuados avances al automóvil, apremiando a arreglar ahora algunas averías acumuladas anteriormente.

Al anunciarles, acudieron al auditorio abarrotado, acaparando aplausos admirativos acordes al afanoso acabado artístico. Aclamados así, arrollaron ampliamente a avanzados adversarios.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Cuento de Navidad


Para variar, voy a pasar un relato ficticio que he escrito para navidad. No le busquéis similitud con algún caso en la vida real, sería pura coincidencia.



Título: Cuento de Navidad

Para cualquier hombre entrar en prisión resulta duro, más aún cuando el encarcelado se sabe inocente e injustamente condenado. Ese era el caso del recluso interno Juan Ramos. Por si fuera poco, en la última carta su esposa Jimena le comunicaba que había alumbrado el bebé que esperaba, detallando las incidencias del suceso en la confianza de que al leerlo su marido, la noticia actuaría en él como una buena tila relajante. El resultado fue más bien lo contrario, pues le sentó igual que si se hubiera tomado un café doble, bien cargado.

La llegada de una información semejante, con toda seguridad a cualquier otro recluso le hubiera levantado el ánimo ayudándole a sobrellevar su encierro, sin embargo Juan, abandonó la lectura doblando el papel y guardándolo en el sobre postal se mantuvo apático silencioso e irascible, sin siquiera mostrar interés por conocer los detalles del parto o si la criatura había sido varón o hembra, lo que dejaba claro que de ningún modo le había resultado alentador. Sencillamente había pasado ya demasiado tiempo sin tener a Jimena entre sus brazos y ahora este acontecimiento le hacía albergar dudas porque los cálculos no le cuadraban, lo cual en su opinión evidenciaba de manera irrefutable algo muy doloroso que le atormentaba. Su mujer le había puesto los cuernos.

Desde el principio del embarazo ella le había notificado su estado, pero siempre había soslayado subrepticiamente el asunto de tal modo, que Juan no conseguía entrever entre líneas intención alguna de que quisiese sincerarse o tal vez que mostrase algún atisbo de arrepentimiento por su infidelidad. Diríase que invariablemente parecía estar completamente convencida de que su marido aceptaría de buen grado ser el padre putativo y que obviamente celebraría el nacimiento de su primer hijo con mucho entusiasmo. Juan no pensaba del mismo modo; aun así, pasadas unas horas siguió leyendo.

‑Nuestro pequeño –indicaba la madre‑, es rubio, de ojos claros y con dos semanas ya nos tiene a todos conquistados.

‑Ni siquiera es moreno o de ojos marrones como yo ‑Suspiraba Juan‑. Obviamente, el crío habrá salido todo a su padre biológico mientras que cualquier parecido conmigo sería pura coincidencia. De ningún modo podrán cargarme la paternidad, sencillamente por el hecho categórico de que el último vis a vis íntimo lo tuvimos casi un año atrás y eso será mi mejor coartada constatable. En mi opinión, el recién llegado se ha demorado demasiado para las pretensiones de su mamá.

‑A mí, como madre ‑proseguía Jimena‑, se me cae la baba sólo con mirarle y le llevo a todas partes conmigo, incluso al juzgado y creo que podría ser un gran diplomático pues con sólo su presencia ha conseguido lo que yo intenté muchas veces y nunca logré. De momento me han prometido reabrir tu caso y que te darán una semana de permiso para estar con la familia. Como te puedes imaginar, desde que me lo comunicaron estoy loca de alegría, porque pasaremos juntos las fiestas de fin de año.

A continuación, Jimena pasaba a enumerar las desdichas, los sufrimientos y las privaciones que por su ausencia tenía que sufrir.

‑Cuando te llevaron detenido acusado de corrupción y soborno, no comprendía nada y cuando fui llamada a declarar, tuve que aguantar las acusaciones insultantes del fiscal que como recordarás, reiteradamente intentaba inculparme a mí también. Como sabes, la triste realidad era que nuestra economía estaba en situación precaria y no teníamos dinero ni siquiera para depositar la fianza que exigía el juez y al escuchar la sentencia condenatoria comprendí que para más INRI tendría que pagar a un abogado, que resultó incompetente y que me dejaba en la miseria.

‑Al menos –pensaba Juan‑, si se prostituyó, no fue por sacarme a mí.

‑ ¡Cielo Santo! Por distintas razones –proseguía Jimena‑, hemos dejado pasar demasiado tiempo sin vernos, especialmente desde que me quedé sin vehículo, porque sin él, las comunicaciones para llegar a la prisión son escasas y pésimas. Tampoco lo facilita el que sólo se permitan visitas los domingos y no disponer por la tarde de autobús, me veo obligada a regresar el lunes y pasar la noche sola en algún hostal, que además del miedo que me da, pierdo una jornada de trabajo.

Juan buscaba entre líneas algún comentario que le sirviera de indicio o pista para desvelar con quién se había acostado pero perdía el tiempo; en las siguientes frases tampoco había referencia alguna a lo que tanto le intrigaba.

‑La situación a día de hoy –resumía Jimena‑, está superada gracias a la ayuda de nuestros amigos y un trabajo en una inmobiliaria que no requiere muchas horas. Si su señoría reabre el expediente, tengo la esperanza puesta en que quedarás libre, pero si no fuese así, espero que al menos consigamos una reducción de la pena que tan injustamente te impusieron. De todos modos, apenas quedan unos meses para que te concedan el tercer grado y muy pronto la libertad condicional, el paso previo para alcanzar definitivamente la excarcelación. Para entonces ya tengo proyectos, para los que estoy convencida contaré con tu aprobación y espero también de tu parte que adoptes una actitud positiva y animosa. Sólo así –apostillaba Jimena‑, superaremos los infortunios que el futuro pudiera depararnos. Pronto llegará la Navidad y saldrás con tu primer permiso. Ya tendremos ocasión de hablar de todo ello y disfrutar juntos nada menos que siete días.

La puerta de la penitenciaría se abrió para Juan, un hombre aún joven y aunque delgado, bien parecido. Observó el pino decorado con guirnaldas y bolas de colores y a continuación levantó la vista para observar el cielo. Al percatarse del mal cariz que presentaba, tan cubierto como estaba de nubarrones negros, arrugó el entrecejo y musitó para sí:

‑ ¿Qué se podía esperar? Hemos entrado en el invierno. Si empezara a llover llevo en la mochila un impermeable.

Ajustándose a su espalda los tirantes de la misma, se encaminó calle arriba directamente hacia la terminal de autobuses. Una vez allí, mientras esperaba la hora de salida del Nº4 que le llevaría a su destino, Juan se acercó instintivamente a la tienda de regalos repleta de juguetes y compró un osito de peluche.

‑Qué diablos, a los bebés de pocos días siempre se les regala esto o un sonajero y a este que no tiene culpa de nada, según su madre le debo yo más que él a mí.

El autocar atravesaba un paisaje árido y la naturaleza hostil de montaña hizo aparición cuando se desató la tormenta y al poco nevaba copiosamente. El conductor intentó animar el ambiente poniendo villancicos por megafonía. Juan repasaba los párrafos del correo postal y reflexionaba sobre ello.

Los vehículos ralentizaban la velocidad por precaución y dejaron pasar al camión quitanieves. Algunos pasajeros aplaudieron su trabajo y desde la cabina un hombre de mediana edad con abundante barba canosa, sonriendo levantó la mano como saludo. Con la oportuna ayuda, el autocar llegó al final de su recorrido al caer la tarde, pero Juan sabía que aún le quedaban 3km de distancia por descampado para llegar a su casa y suponía que algún familiar estaría esperándole, pero vana ilusión, todo estaba solitario. Hubiera tomado un taxi, pero todos se habían retirado ya porque las calles estaban intransitables.

Quedó solo frente a la carretera que le llevaría con los suyos, pero la prudencia le aconsejaba no hacer ese camino andando en las condiciones actuales y con las sombras de la noche avanzando sobre el paisaje.

‑Vaya, tan cerca y tan lejos. ¿Qué puedo hacer? –susurró para sí mismo disgustado‑. Para que luego hablen del espíritu navideño.

‑Joven –escuchó que le llamaban‑, tienes un problema por lo que veo.

Juan buscó con la mirada a quién así le había interpelado, y se encontró con el rostro del hombre del quitanieves asomado a la ventana de su vehículo.

‑Ah, buenas tardes por decir algo –respondió a su vez.

‑ ¡Sube a la cabina que llevo tu misma dirección!

‑ ¿Cómo dice?

‑ ¡Vamos, sube que está entrando todo el frío por la puerta!

Ante la autoritaria voz, Juan no dudó en obedecer, porque tampoco tenía otra alternativa.

‑Tu esposa estará esperándote y ¡qué diablos, estamos en Nochebuena!

Era un personaje muy locuaz y apenas dejó de hablar desde que se encontraron.

Juan escuchaba y callaba por no mostrar la negativa animosidad que sentía, ante el encuentro con aquel personaje que a buen seguro conocería también a un bebé que no era suyo.

‑Os deseo las mejores Pascuas –manifestó el personaje de la abundante barba blanca‑, sois una pareja estupenda y ahora con el niño tendréis muchos momentos de regocijo. Estimo que lo tenéis bien merecido.

‑ ¿Por qué dice eso? –interrumpió Juan a su oportuno interlocutor‑. No tiene usted ni idea de lo que sucede en las vidas ajenas.

‑Por tu respuesta –concluyó el personaje‑, saco la conclusión de que eres un resentido.

‑ ¡Oiga! Acercarme a mi casa no le da derecho a insultarme –protestó Juan‑. ¿No cree?

‑Por favor, deja que yo abra tus ojos a la realidad, hazme caso. Si me prestas tu atención unos minutos más, te contaré algo que iluminará tu futuro como estos faros lo hacen en el camino.

Intrigado por lo que podría escuchar pero también cohibido por la fuerza y el tono decidido que transmitían las palabras de aquel tipo, Juan obedeció.

‑Las autoridades junto con los vecinos de este pueblo –prosiguió el desconocido‑, están orgullosos de tu mujer. Sí, de Jimena. ¿No sabes que la consideran modelo del honor, valentía y coraje juntos?

A Juan le pasó por la imaginación que resultaba sospechoso la suerte que había tenido Jimena con sus amistades; mientras que a él alguien lo acusó, a ella en cambio la estaba dando trabajo y quizás la ayuda no acabara en eso y se extendiera a mucho más.

‑Veo que hay cosas que ignoras –observó el barbudo conductor al no obtener respuesta‑. Te relataré los hechos que motivaron lo que te digo y al parecer desconoces. Después juzga si te crees con algún derecho para hacerlo:

Juan se dijo que le había tocado un charlatán muy peculiar pero el favor que le hacía llevándole debía tenérselo en consideración y si le divertía hacer de cuentacuentos, no se lo impediría.

‑Un viernes a la mañana –prosiguió el informador‑, nuestra Jimena se dirigía al hipermercado para hacer la compra semanal. Conducía su automóvil por la calle principal y al pasar por la plaza se paró en el paso de peatones. Observó que del banco salían algunas personas corriendo, pero no entendía nada; repentinamente un encapuchado portando un maletín se metió en el asiento del copiloto y sin más preámbulos la apuntó con un revolver a la vez que amenazaba:

‑Mete la velocidad y sin prisas vayamos de excursión, nena.

‑Una hora después llegaban a un refugio escondido en lo más profundo de la sierra. El atracador, pues de eso se trataba, se había descubierto la cara y Jimena que en parte se había tranquilizado, reconoció en él al temido bandolero de la comarca al que apodaban el Pelirrojo. Entraron en la cabaña, la amarró a una silla con una cuerda y guardó el botín conseguido en un armario.

‑ ¡Déjeme ir! –pidió insistentemente Jimena‑. Le prometo que no desvelaré su escondite.

‑Las noticias que hemos escuchado en la radio del coche hablan sólo de mí, nada sobre una mujer, por eso he pensado que permaneceremos aquí unos días y después me vendrá bien que estés a mi lado para que conduzcas una vez más hasta alejarnos definitivamente de la zona. Nadie sospechará, de un aparentemente matrimonio que se dirige a pasar unos días en la playa.

Juan pensó que se trataba del guión de alguna película y le dejó seguir.

‑Por las noches el Pelirrojo cambiaba las ligaduras de la silla a la cama y a pesar de las maldiciones y todo el forcejeo que a ella le permitían las ataduras, el canalla se acostaba a su lado. El odio y deseo de desagravio fue creciendo en la mujer, mientras se juraba a sí misma que debía hacerle pagar por tantos ultrajes.

Juan no comprendía nada ya. ¿Estaba hablando aquel desconocido de su mujer realmente? De ser así, ¿con qué objetivo se inmiscuía en asuntos tan privados para una familia? ¿Debía exigirle que se callara? Pero ¿Cómo podía estar tan al corriente de los detalles? ¿No sería un complot ideado para que se tragara un cuento que justificara lo injustificable? Aunque enojado, se calló dispuesto a seguir con más interés lo que aquel hombre seguía relatando.

‑Este animal –pensaba Jimena‑, no merece vivir en libertad porque es un parásito nocivo para la sociedad, sin sentimientos con sus semejantes y vaya donde vaya nunca dejará de ser tan asquerosamente repulsivo e inhumano. Esperaré una oportunidad y si surge, no tendré piedad; aunque me vaya la vida en ello.

‑Ese afán por seguir luchando me resulta familiar. ¿Consiguió escapar? –alcanzó a preguntar Juan.

‑No surgió la ocasión. Permanecieron allí cuatro jornadas y cuando ninguna emisora hablaba ya del robo, el malhechor decidió largarse del lugar como tenía planeado. Llevaba la pistola oculta en la chaqueta y amenazaba con matarla si no hacía lo que él la indicaba. Hacía un tiempo estupendo y marchaban por la autopista sin novedad hasta el momento de pasar por el peaje.

‑ ¡Maldita sea! allí delante está la policía –masculló el fugitivo pero al mirar con detenimiento se tranquilizó‑. No habrá ningún problema, es un control de alcoholemia que no está buscándonos y si vamos tranquilos puede que ni nos manden detener. Que no se te ocurra hacer ningún gesto sospechoso, que te vuelo la cabeza. ¿Me has entendido? ‑Jimena estaba temblando y no coordinaba sus ideas, pero la presión en el costado del cañón del arma amenazante la volvió a la realidad. Reduciendo la marcha conforme a las indicaciones que lo exigían, se aproximaban a 30km/h cuando un policía les hizo señales de que podían continuar. Por la mente de la mujer pasaron subversivas intenciones de revancha, solapadas con una vertiginosa moviola de las amargas imágenes de las últimas jornadas; no podría soportarlo de nuevo. Un aviso de emergencia se encendió en su cerebro.

‑ ¿Consiguió desarmarle? –preguntó todavía no muy convencido Juan.

‑Cállate y escucha. Voy a describirte la situación y la premura con que reaccionó.

‑Si no aprovecho esta ocasión no tendré otra –Se dijo a sí misma tu mujer‑. Y al hacer el cambio de marchas deslizó la mano ligeramente hacia atrás y soltó con sigilo las hebillas de los dos cinturones de seguridad, acto seguido y con toda la celeridad que pudo, se aferró al volante y en vez de acelerar pisó el freno con tal violencia que el coche se quedó clavado y el Pelirrojo, desprevenido se abalanzó hacia adelante hasta pegar con la cabeza contra el parabrisas. La sorpresa duró unos segundos, pero a Jimena la sirvió para tirar de la manilla de la puerta y saltar al exterior gritando a pleno pulmón:

‑ ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Me ha secuestrado! ¡Es un criminal peligroso!

‑ ¡Esa es mi chica! –exclamó Juan sugestionado ya con la deriva que tomaba la acción‑. ¿Qué sucedió entonces?

‑Al verse descubierto, el Pelirrojo salió por su lado con el arma empuñada y disparando sin ninguna precisión intentando huir a pie. Ante un ataque tan directo la respuesta de los agentes no se hizo esperar y cuatro fusiles de asalto escupieron idéntico número de ráfagas de balas, varias de las cuales hicieron blanco mortal de necesidad en el forajido y otras perforaron el motor que tomó fuego quedando el coche para el desguace.

‑Vaya él se lo buscó –manifestó Juan‑. ¿Qué fue del botín del robo?

‑El dinero robado se recuperó íntegro y fue devuelto al banco. Jimena recibió un premio en metálico y el honorable galardón de la medalla al valor.

‑Vaya, no lo sabía ‑Se justificó Juan‑, pero, ¿cómo está usted al corriente de esta forma tan pormenorizada?

‑Demasiadas preguntas. Anda apéate, estamos frente a tu domicilio y ahora ya estás preparado para llegar al dulce hogar por Navidad.



‑Cuando la puerta se abrió Jimena se abrazó a Juan llenándole de besos.

‑Querido al fin llegas, estaba muy preocupada ¿Cómo has venido?

‑Con ese señor de la barba, en la máquina quitanieves –manifestó Juan.

‑ ¿A qué señor te refieres? –preguntó curiosa Jimena.

‑El que está limpiando la carretera –respondió su esposo señalando hacia la calzada.

Sólo pudo ver el blanco manto de la nieve sin huellas recientes, pero escuchó un tintineo de campanillas alejándose y una voz sobre las copas de los árboles que repetía el popular ¡Ho, ho, ho!

‑Bueno, me ha traído Santa Claus en su trineo. ¡Feliz Navidad, cariño!

Obviamente, todo lo relacionado con el Pelirrojo fue relegado al olvido y la revisión del dosier con las declaraciones de nuevos testigos, concluyó que Juan era inocente y quedó libre para ser feliz, junto a los que para él eran los seres más extraordinarios, Jimena y el pequeño, al que en recuerdo del legendario personaje de la noche del 24 de diciembre, le llamaron Nicolás.



FIN

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Acampadas juveniles


Mis acampadas juveniles

El año 1969 ya vivía en Vizcaya y por entonces los adolescentes de 18 años ya eran adultos ante la ley, aunque no se les permitía votar hasta los 21 es decir significaba que podían trabajar y ser responsabilizados por sus actos y obviamente que podían viajar o tener experiencias por cuenta propia sin la vigilancia y protección de los padres, era el momento de volar. En mi caso, no se me pasaba por la imaginación el abandonar el nido, pero creo que igual que a la mayoría de los jóvenes me atraía la aventura y anhelaba dar los primeros vuelos con los amigos. El primer paso, sería adquirir una tienda de campaña de segunda mano entre todos, porque los recursos económicos eran muy escasos en los jóvenes de aquellos tiempos, así que para nuestra primera excursión como campistas nos conformaríamos con pasar un fin de semana cerca de casa.

La primera salida

Acordamos hacerlo en junio y el destino elegido fue el castillo de Butrón en el pueblo de Gatika. Viajaríamos el viernes a la tarde, en tren hasta la estación de Urdúliz y después andando más de 3 km hasta la famosa y encantadora fortaleza de origen medieval del siglo XIII, pero restaurada en su totalidad en el XIX en estilo neogótico. Localizar un lugar tranquilo para acampar en las cercanías nos entretuvo también unas dos horas así que cuando leíamos las instrucciones de montaje de la tienda, lo hacíamos de noche con ayuda de linternas, finalizando la operación con la luz de una fogata que debía servir para hacer algo caliente para cenar, pero al no salir bien las cosas hubo enfados y discusiones para terminar a media noche, comiendo cada uno el bocadillo que su madre le había puesto en la mochila. Poco a poco mis amigos se fueron retirando a dormir en el pequeño habitáculo que era para 4/6 según indicaciones y éramos el nº máximo 6; así que se fue llenando sin ningún orden y el último tuvo que dar algunos empujones para conseguir un hueco aunque fuera con un par de pies cerca de la cara. Yo me quedé sentado junto al fuego molesto por el caos que se había adueñado de la situación y recuerdo que Jaime hizo lo propio y encendió una pipa para fumar mientras la discusión seguía dentro. Yo no fumaba pero el olor era agradable y lo comenté y cuando él lo dejó me invitó a llenar la cazoleta con su tabaco y dar una papada; acepté por curiosidad y Jaime se retiró porque el resto ya se habían callado, así que me quedé solo como un indio junto a la hoguera. No puedo decir cuánto tiempo transcurrió pero al ser mi primera fumada debió de sentarme mal porque me desperté y seguía aún allí, el fuego ya estaba apagado y a la cachimba que provocó aquel paréntesis de la consciencia, tuve que buscarla por el suelo encontrándola fría y húmeda por la escarcha que estaba cayendo. Así que decidí acostarme yo también y comprobé por mí mismo lo arduo que resultaba para el sexto hacerse un hueco.

El sábado, a primera hora nos acercamos a la extensa finca de los señores de Butrón, para hacer un poco de ejercicio que nos ayudara a recobrar el ánimo, quitar el frío de los músculos y ejercitar las articulaciones doloridas, pero antes nos acercamos al bar que da servicio a los turistas que se acercan a la zona para estimularnos un poco con un tazón de café con leche bien calentito.

Avanzada la mañana recibimos la visita de unas amigas que sabían de nuestra aventura por alguien del grupo que se comprometió a salir a su encuentro a la hora que harían su llegada. Teníamos la esperanza de que con la experiencia de ellas en la cocina tal vez comeríamos de forma decente y ellas tenían curiosidad por ver cómo nos desenvolvíamos nosotros como cocineros el caso fue que los unos por los otros la casa sin barrer como se suele decir y cada uno recurrió a los frutos secos o alguna latilla de reserva mientras que nuestras invitadas sacaron sus propias provisiones de sándwich, porque a todos tanto a unos como a otras nos daba vergüenza que nos vieran lo patosos que éramos haciendo una barbacoa. Por la tarde hasta que tomaron en viaje de regreso hicimos de anfitriones mostrándoles el famoso y emblemático castillo, los terrenos colindantes, el río y su bosque centenario. Sacamos muchas fotos y lo pasamos muy bien aunque en lo sucesivo no volvimos a propiciar nuevos encuentros.

Nosotros seguimos allí hasta el domingo a la tarde y la necesidad nos ayudó a decidirnos a cocinar con un resultado mediocre, pero para el apetito que teníamos estaba sencillamente aceptable. ¡Cómo nos acordamos de los guisos de nuestra madre!

La segunda

El año 1970 ya contaba con 19 años y la reciente afición a la acampada libre nos llevó a la cuadrilla de amigos a pasar el puente del Pilar a un pequeño pueblo de la provincia de Álava llamado Subijana Morillas. Llegamos en el tren de Bilbao – Miranda con parada en Pobes, donde nos bajamos y desde allí solo fueron 3 km andando para llegar al anochecer a nuestro destino, una chopera próxima a la carretera, con el tiempo justo para montar la tienda de campaña antes de que se echara la oscuridad.

Pero ya era noche cerrada cuando estábamos dando los últimos martillazos a los ganchos de sujeción y de pronto apareció un guardia civil que nos requirió la documentación. Nunca nos habíamos metido en ningún lío y eso nos tranquilizaba pero el agente parecía muy estricto y nos amenazaba sin sentido. Cuando aquel fue viendo nuestros DNI cambió su actitud y su voz sonaba mucho más relajada cuando comprobó que éramos chavales todos con residencia en Basauri pero de distinta procedencia, predominando los de Castilla, comentando que él también era burgalés y a continuación al comprobar que yo era de Torresandino, aseguró que esa casa cuartel había sido su primer destino; al verle calmado nos aliviamos nosotros también y acto seguido levantando la voz el nº de la benemérita animó a su compañero hasta el momento oculto, a salir de la oscuridad y acercarse al grupo. Charlamos durante un rato y tras darnos algunos consejos, se marcharon a seguir patrullando la zona.

Aquella excursión era un viaje a la naturaleza por todos los costados: La zona de acampada era zona de rivera con su río el Bayas, un manantial de agua potable y choperas. Sin embargo a escasos 500 metros está el desfiladero de Subijana. Es un paraje natural de espectacular belleza de, producido por la erosión del río Bayas sobre la piedra caliza hasta atravesar, la sierra de Badaia hace millones de años, aunque la mano del hombre desgraciadamente no deja de producir alteraciones a través de los tiempos como la construcción de la carretera comarcal, el ferrocarril Miranda Bilbao y más tarde con posterioridad al año de nuestra visita, también utilizaron este paso para montar la cimentación que requirió la ingeniería para el viaducto de la autopista AP 68. Realmente daños irreparables. La vegetación, bosque de frondosas, matorrales y algunas coníferas, cubrían casi en su totalidad la sierra, ideal para hacer senderismo, pues tiene buena accesibilidad hasta el punto óptimo de la cresta y dispone de varios puntos de observación desde donde relajarse o fotografiar extensas panorámicas.

El pueblo en sí estaba aproximadamente a 150 metros y es una aldea de no más de 30 casas con su iglesia, una tienda donde decían que se vendía de todo pero no encontrabas de nada y no había bar pero todos eran muy amables ofreciéndose a vendernos al mejor precio que nos hubiéramos podido imaginar, huevos, patatas y cualquier cosa que precisáramos de lo que tuvieran en el corral o en la huerta y cómo no, invitarnos a degustar su vinillo habitual, demostrando una verdadera hospitalidad con los forasteros. Lo que no podíamos comprar allí teníamos que ir hasta Pobes andando pero lo hacíamos también por hacer ejercicio.

Una tarde nos propusimos llegar hasta Nanclares de la Oca que dista 10 km y lo conseguimos. Lo hicimos porque alguien nos aseguró que había baile y lo había, pero en su versión de disco bar que contaba con varias parejas del lugar pero ninguna chica sola a quién nosotros hubiéramos podido sacar a bailar. Decepcionante, pero más aún lo sería enfrentarse con los 10 km de regreso a nuestro campamento. Cosas de la edad que para terminar de arreglarlo compramos cada uno una botella de vino para usar como combustible para el camino, decíamos volviendo a la carretera. En aquellos años había menos tráfico que hoy, pero sí que pasaron en uno y otro sentido varios coches que nos chillaban y les hacíamos lo propio, porque en el recorrido de vuelta tardamos al menos el triple que en el de ida pero tuvimos suerte porque al día siguiente nos contamos y estábamos los seis.

Los trabajos de la comunidad no siempre se distribuyen con ecuanimidad porque si a alguien no le apetece fregar por ejemplo pero quizás haría a gusto el ir a hacer las compras, encargarse de hacer la comida o mantener el fuego del hogar. Hay para todos los gustos pero siempre surge alguien que rompe la buena armonía oponiéndose a todo. Esa situación a nosotros no se nos daba porque cuando sucedió la primera vez adoptamos la costumbre de echarlo a sorteo que consistía en utilizar la baraja de cartas para que cada trabajo lo llevara a cabo quien sacara el naipe más alto. La solución fue salomónica.

La tercera

Año 1971. Un miércoles de Semana Santa nos presentamos en la estación. Como en las otras salidas éramos un grupo de amigos y en esta ocasión marchamos con rumbo al Parque Natural de Urkiola y en concreto a Baltzola, un complejo geológico en las cercanías de Dima, muy conocido por espeleólogos y montañeros.

Lo verdaderamente positivo fue descubrir lo que la naturaleza ha ido creando durante miles de años y la atracción que desde tiempos prehistóricos ejerció sobre los habitantes que se afincaron en su entorno. Un mundo rural que consideró las misteriosas cuevas de Axlor, las impresionantes de Baltzola, el extraordinario arco natural de Jentilzubi y el prodigioso túnel de Abaro, como lugares mágicos habitados por los personajes de la mitología vasca, Olentzero, Mikelatz, Sugoi y su esposa Mari (la Dama de Amboto). Rodeado de ancestrales leyendas, que se contaban los días de invierno al amor de las llamas del hogar en los caseríos de la región, en las cuales se les atribuía poderes extraordinarios. Doy fe de que las erosiones de la roca sorprenden y el silencio en esos parajes entre pinares ofrece una excursión de escasa dificultad que permite hacerla en familia incluidos los niños.

Pero quiero detallar lo que fue mi experiencia desde el momento en que llegamos a las inmediaciones de la cueva. En una campa que nos pareció adecuada, unos montaron la canadiense y otros hicimos fuego con leña que había en cantidad por los alrededores; a continuación comenzamos con la elaboración de una paella como teníamos hablado, pero unas gotas de lluvia vinieron a importunar la preparación culinaria, aunque en un principio en vez de abandonar protegíamos la cazuela con paraguas, pero el nublado demostró que no era pasajero y tuvimos que desistir. Habíamos llegado para quedarnos y buscamos un refugio en los alrededores. El vestíbulo de la gruta es tan amplio que dentro de este recinto se puede practicar y de hecho se hace escalada pero el suelo está resbaladizo y con lluvias torrenciales no es seguro pernoctar en el interior además de que las corrientes de aire hacen que el lugar sea frío y lo descartamos para nuestra necesidad perentoria. Encontramos una solución en el recoveco que quedaba bajo una roca enorme y al fin la paella dejó de ser una quimera sin embargo tuvimos que abandonar la idea de montar nuestra flamante tienda de campaña por falta de espacio pero en cambio suficiente para dormir sin goteras. Mantuvimos la moral pero la lluvia tampoco nos abandonó en todo el fin de semana y se hizo necesario que siempre hubiera alguien dedicado a mantener el fuego encendido para cocinar, calentarnos y para secar las ramas de leña que recogíamos del bosque y seguíamos quemando durante la noche. Los otros se hacían cargo de bajar a la aldea a recoger el pan que encargábamos al panadero ambulante y los huevos y la leche del día que comprábamos en uno de los caseríos, hacían la comida y lavaban la escasa vajilla en el arroyo cercano. Si les quedaba tiempo libre jugaban a cartas allí mismo; no había otra elección por el temporal persistente.

Los sobresaltos eran frecuentes; unas veces se apagaba el fuego y el frío se adueñaba del refugio haciendo que nuestras ropas de abrigo fueran insuficientes o por el contrario pues nos colocábamos tan cerca de las llamas buscando su calor, que corríamos el riesgo de salir ardiendo, pero tuvimos suerte de que algún susto no trascendiera en algo serio y se quedara en una anécdota, para contar con añoranza al transcurrir los años. Aguantamos hasta el domingo por orgullo, no queríamos regresar como fracasados.

Final

Las 3 salidas de acampada libre, tienen algo en común muy típico a esa edad, como es la pedantería de una juventud inmadura. El relato que a posteriori hacíamos a los conocidos distaba mucho de ser verídico. Qué bolas les contábamos y cómo sacábamos pecho cuando exaltábamos lo que en realidad había sido una dura y nefasta experiencia, aunque si le buscáramos el lado positivo, la convivencia reforzaba la camaradería en unas noches de pesadilla sin sábanas ni almohada.