miércoles, 11 de septiembre de 2019

CONSEGUÍR COMER, EL ETERNO DILEMA


En este artículo, dando respuesta a seis hipotéticas preguntas, se recogen datos en un amplio abanico de siglos de la historia de España pero como Cascón, las referencias al siglo pasado las he centrado en este rincón burgalés que bien puede ser representativo de cualquier otro del campo castellano. La fuente no es otra que los conocimientos objetivos que en la actualidad tenemos, basados en testimonios en primera persona y hechos reales susceptibles de ser verificados o contrastados.  

1.- ¿Nuestros antepasados se alimentaban bien?

En la prehistoria, los humanos vivían en una lucha constante por conseguir los alimentos que necesitaban; si cazaban comían. Al dejar de ser nómadas empezaron a labrar la tierra y tenían en el granero suministros que les permitían superar los días sin caza. Más tarde, al asentarse en poblados podían canjear unos con otros sus víveres. Así surgió el comercio de mercancías. Con estos prolegómenos nacieron los poblados y sus habitantes empezaron a organizarse, aunando esfuerzos y trabajando en grupo repartían las tareas y compartían los logros. Alianzas con los pueblos vecinos, hicieron posible alcanzar éxitos que no hubieran sido posibles por separado. Y esto fue el germen para alcanzar el sentimiento de tribu y después nación. A lo largo de la historia todos los países han sufrido altibajos en la dieta alimenticia. Pequeños cambios pero continuos a través de los siglos, supusieron pasos adelante en contraposición con los retrocesos, como consecuencia puntual de catástrofes naturales, guerras o gobernantes nefastos. Al restaurarse la situación, volver a la normalidad solo era cuestión de tiempo, porque la idea de nuestros ancestros sobre calidad de vida, consistía en tener bien surtida la despensa.
Si diéramos un salto hasta la Alta Edad Media, encontraríamos que los musulmanes dominaron la península durante casi 800 años e introdujeron cambios importantes en la dieta. Tras la reconquista se mantuvieron los conocimientos adquiridos en la materia y se recuperaron el ganado porcino y los viñedos, que en la dominación musulmana estuvieron vetados por su religión y que los moriscos asumieron como una forma de identificarse con los cristianos. La carne de cerdo sería la más consumida por la clase baja, porque la conservaban en sal, en aceite, la secaban o elaboraban con sus partes magras embutidos y con la sangre de la matanza las ricas morcillas. Y qué decir del vino que durante siglos tuvo gran relevancia en nuestra cultura nutritiva.
Siglos más tarde al final de la Baja Edad Media, nuevos productos enriquecieron la manutención de los españoles; eran las aportaciones que los conquistadores nos trajeron de América tras el descubrimiento, tales como: La patata, el cacao, las judías, el tomate, la calabaza y pimientos, entre otros y que hoy los encontramos en los entrantes, primeros platos, guarnición de principales o ingredientes del postre.

2.- ¿Se ha dado alguna hambruna recientemente?

La última hambruna nos la recuerdan nuestros mayores más longevos, que tuvieron que sufrirla en su infancia o adolescencia por culpa de la propia guerra y que las medidas gubernamentales para paliar la escasez de alimentos básicos en la posguerra fueron inútiles, prolongando el problema desde el final del conflicto armado en 1939, hasta bien entrados en la década de los 50.
Antes de la Guerra Civil e incluso según avanzaba esta, ya apuntaba a una situación de penuria. Pero los artículos esenciales estaban asegurados y a disposición para ser adquiridos sin limitaciones, aunque el precio de algunos productos les hacía inaccesibles para las clases sociales más bajas. Muchos vecinos para asegurarse la leche tenían una cabra, los que no, podían comprarla de vaca, aunque cara. Las gallinas que algunos tenían, les surtían de huevos y si excedía a las necesidades propias, el excedente servía para un trueque por aceite u otro producto y si criaban una nidada las nuevas pollitas sustituirían a las que por la edad ya no ponían huevos y que pasaban a la cazuela acompañadas de garbanzos u otro cocido de legumbres; los pollitos se criaban para su consumo como capón en los días especiales. Mientras tanto se recurría al tocino y la carne de cerdo de la matanza propia o el conejo doméstico, visitando la carnicería lo menos posible o solo para adquirir la casquería del ganado lanar o vacuno vendidos entre las clases altas, que se distinguían por comer ese tipo de reses, pero que rechazaban no obstante por considerarlo comida de pobres los hígados, patas, orejas y vísceras. La caza abundante sobre todo de liebre, codorniz y perdiz pero se consideraba un privilegio de las clases altas mientras que el pescado se limitaba a algunas cajas de frescos, que a veces llegaban de la costa del Cantábrico: sardinas, congrios, anchoas, chicharros y anguilas, que se sumaban a las conservas de bacalao en salazón, arenques ahumados y escabeches. En cuanto a fruta, pan, legumbres, y verduras por ser tierra de campo en general tenían las necesidades cubiertas. Las penurias llegaron en la posguerra

3.- ¿No se pudieron mantener los pertrechos que antes tenían?

La contienda fratricida fue acabando las reservas del país y a nadie extrañó que al finalizar esta, se diera un aislamiento frente a los países de Europa, que a su vez se enfrentaban a una conflagración mundial. La realidad era de cadencia generalizada de productos básicos, situación que los gobernantes quisieron atajar implantando las cartillas de racionamiento, que no alcanzaba para asegurar el abastecimiento de lo más imprescindible. Se dictó una ley que castigaba incluso con la pena de muerte a los especuladores y a los productores les confiscaban toda la producción. Los labradores de cereales para quedarse con el trigo razonable para su propio consumo de pan, tenían que esconder una porción de su grano arriesgándose a que les aplicasen la ley, pero los que estuvieron en el ejército franquista y los curas, tenían derecho a doble ración. Para controlar el buen funcionamiento designaron la Comisaría General de Abastos, pero sus inspectores y agentes no hicieron su cometido y se apropiaban de mercancías en nombre de la fiscalía que luego vendían al estraperlo en el mercado clandestino al precio establecido multiplicado por diez. Hubo por lo tanto muchos españoles que se forraron haciendo negocio de la miseria humana, mientras que otros eran castigados multados y despojados de sus propiedades, amparados en una acusación miserable. El odio hacia quienes en la contienda había combatido en el lado perdedor era tal, que no disimulaban su encono denunciándoles y encarcelándoles injustamente para privar a sus hijos del sustento y acabar lo que las balas no habían logrado.
Trágico pero real, aparecieron enfermedades propias de las carencias nutritivas y hubo un alarmante aumento de mortandad entre la población de niños y ancianos.

4.- ¿Consiguieron resistir?

Según el diccionario de la lengua, hambre significa gana y necesidad de comer, pero también escasez de alimentos básicos. Ambas acepciones de la R.A.E. se podían aplicar a la mayoría de la población española tras la Guerra Civil, dando lugar a que florecieran epítetos como muerto de hambre o más listo que el hambre, pero tanto los aludidos por uno u otro, ante esta situación avivaron su ingenio en un justo intento ‑Valga la redundancia‑, de no morirse de hambre. No todos lo lograron.
En los pueblos, por todo lo dicho las pasaron canutas, pero en las ciudades lo pasarían aún peor.
Los animales domésticos ya habían desaparecido tiempos atrás, aunque de todos modos no había con qué alimentarles, así que se recurría a todo lo imaginable para lograr meter a la olla algo que aportase proteínas.
Ave que vuela a la cazuela, era algo más que un dicho y no se le hacía ascos a comerse los pajaritos del nido de cualquier especie alada o si tenían oportunidad lagartos o culebras. La pesca prohibida de cangrejos y barbos a mano, así como la caza furtiva con lazos, de pequeños mamíferos salvajes como liebres, conejo de monte, ardillas, erizos, ratas de agua o caracoles eran muy apreciadas y un día con éxito podía solucionar las necesidad más perentorias de la familia hoy y tal vez mañana. Pero los animales salvajes no crecen en el jardín.
Las ensaladas eran muy socorridas, porque estaban muy arraigados en la dieta desde siglos atrás, pero por la falta de hortalizas para su elaboración se recurría a los ajos y espárragos silvestres, collalbas, cardillos, berros, hongos, setas, collejas, apio o achicoria entre otras. Con suerte una patata y un trozo de remolacha cocidas, cortadas en láminas y un poquito de aceite, sal y vinagre, llenaban un plato.
La sopa y puré, según la tradición se acostumbraba tomar para cenar, predominando la sopa castellana de pan a la que le añadían algo que le diera gusto y muchas veces se limitaba al agua, una hojita de laurel, tal vez un huevo y al final se resquemaba con un refrito de tres ajos picaditos y una pizca del socorrido pimentón para darle color.
Los cocidos menospreciados por los que se creían de mayor alcurnia, eran los más cotidianos en el menú del mediodía pues en las mesas de los pobres era plato único confeccionado con garbanzos, habas o lentejas y guisado con lo que en el campo se hubiera dejado pillar, un hueso del cerdo quien lo había podido criar o el esternón de una gallina vieja de las que ya no daban huevos.
El guiso de una liebre, un conejo o dos kilos caracoles, significaba el éxito de una batida. Se elaboraba siguiendo la receta tantas veces repetidas con su tomillo, laurel, especias, ajo, cebolla, guindilla picante, un vaso de vino, aceite etc...Y el amor que le ponía la madre. Toda la familia esperaba ilusionada el momento de colocar la cazuela en el centro de la mesa. ¡Menuda fiesta si no hubiese que reservar la mitad para mañana!

5.- ¿Y cuando no pillaban nada?

Los racionamientos eran limitados en productos y además de escaso nunca encontrabas lo necesario. Rara vez se repartía carne leche o huevos pero sí que lo había de contrabando pero a un precio desorbitado que para mucha gente era imposible pagar. El dinero se quedaba sin valor, pero además quienes no tenían trabajo o eran inválidos no podían adquirir el racionamiento y cedían su opción de tabaco a quien lo necesitase a cambio de algo con que llenar el estómago.
El aprovechamiento de las polivalentes peladuras de las patatas, naranjas u otras frutas como el plátano cortadas en tiras y bien fritas, aportaban fibra que es buena para el intestino o bien cocidas y pasadas por el pasapurés, resultaba una crema en aquel tiempo nada despreciable. A la tortilla española únicamente le quedaba el nombre, porque si había huevos faltaban patatas o el aceite. Llegó a formar parte de una relación de recetas que denominaban “Los platos Michelin del hambre”. Se trataba de una tortilla sin huevo; sustituyendo este por una mezcla de harina, agua y bicarbonato y supliendo los tubérculos por sus mondas bien lavadas, o la parte blanca de las pieles de los cítricos cortadas en trozos. En la sartén la manteca de cerdo cocinaba el revuelto dotándole de la prestancia suficiente para engañar a los ojos, que no al estómago.
Quien tenía ocasión, no le hacía ascos a comer alimentos propios de los animales como algarrobas, titos o maíz y en algunas casas era cotidiano. Los fumadores recurrían a secar hojas de plantas para fumarlo y los niños recogían colillas para aprovechar el poco tabaco que quedaba para venderlo como picado. El café se reutilizaba o se sustituía por achicoria y los que disponían de cebada la tostaban y molían para usarla de sucedáneo.
Los ancianos de hoy nos han contado los sufrimientos y la miseria que padecieron en aquella época; nos parece exagerado pero tienden a quedarse cortos, porque por vergüenza propia o ajena, callan los detalles de cuando tocaron fondo como si de una deshonra se tratara. Lo que ahora nos parece imposible de soportar, ellos, sacando fuerzas de flaqueza lo superaron. Pero no olvidemos a los que no tuvieron esa suerte “llamémoslo así” y acabaron sus días muriendo en un hospital, en un campo de trabajos forzados, construyendo el Valle de los Caídos o masacrados en un penal.

6.- ¿Quedará todo en el olvido?

La memoria histórica no es únicamente sacar los muertos que permanecían enterrados en las cunetas, es más y la historia debe llamar a las cosas por su nombre. Mientras que no haya un reconocimiento del daño que los que se autodenominaron salvadores de la patria hicieron a sus hermanos, a su pueblo y a España, no se relegarán al olvido. 

miércoles, 21 de agosto de 2019

LAGRIMEANDO


LAGRIMEANDO

La primera quincena de agosto me encontraba de vacaciones en el pueblo, donde leí en el periódico un artículo sobre Las Perseidas. La noche que se anunciaba como la más indicada para vislumbrar las estelas de meteoritos o estrellas fugaces, como se las denomina popularmente, era limpia. Fascinado por los artículos de prensa, me subí al castillo dispuesto a descubrir por primera vez aquel evento.
Mientras esperaba, mis pensamientos vagaron sin destino concreto, pero el tema parecía centrarse en las lágrimas.
Del tronco del sauce llorón, cuelgan muchas ramas que por la acción de la gravedad buscan el suelo. Son estas sus lágrimas, que dan lugar al nombre de esta especie de árbol que crece en el valle.
Nosotros, los seres humanos, podríamos llevar también el apelativo de llorón pues somos llorones, no en vano somos el 80% agua y constantemente vivimos en un valle de lágrimas, donde vemos discurrir verdaderos ríos de lágrimas, propias o ajenas. Tantas, que a menudo se utilizan metáforas incluso en grado superlativo, como un mar de lágrimas.
Nada extraño apareció por la bóveda celeste que distrajera mi mirada ni siquiera un momento, así que seguí razonando sobre lágrimas de cualquier clase.
Como las primeras lágrimas de un nuevo amor o las que surgen al apoyar la mano sobre una barriga prominente por la incertidumbre sobre una nueva vida, sentimos el latido de nuestro primer hijo y empezamos a lagrimear por algo vital, latente, aunque todavía desconocido.
Luego serán lágrimas de amor, lágrimas de felicidad, lágrimas de alegría, que supondrán lloros sin dolor y dolorosos lloros, que generalmente aflorarán con lágrima fácil.
Invariablemente llegarán también los momentos de llorar las penas propias, llorar las desgracias de los seres queridos y los lloros y lamentos causados por algún ascendiente familiar que alguien los justificará con el consabido: Quien bien te quiere te hará llorar.
Los sucesos excepcionales que causan los dolores más intensos te harán llorar a mares, llorarás lágrimas vivas y lo harás a moco tendido, lágrimas saladas y tan ácidas que creerás lágrimas de sangre.
Algún día, avanzados los años y cuando ya hayamos pasado por las lágrimas de elefante y las lágrimas de cocodrilo, nos encontraremos llorando una vez más ante la pérdida natural de nuestro padre o madre pero en esta ocasión no aportarán nada a ese hipotético mar de lágrimas porque tu llanto será seco y silencioso descubriendo por vez primera lo amargo que resulta llorar sin lágrimas.
¡Uf! El asunto estaba abierto y se prestaba para divagaciones sin ninguna otra persona que hiciera oposición. Estoicamente, vigilando como un búho en la noche permanecí en mi observatorio largas horas. Mi intención era aportar mi propia experiencia para complementar las enseñanzas del artículo sobre las lágrimas de San Lorenzo. Resultó un verdadero fiasco pues a pesar de mi paciencia solo vi aparecer dos y no se podrían hablar excelencias sobre ello. Claro que tuve de esperar en el lado oscuro del promontorio casi hasta que clareaba el alba y para colmo la luna llena brillaba perjudicando la escena a esas horas con gran intensidad.

miércoles, 10 de julio de 2019

Una flor especial para ella




Una flor especial para ella

Mi abuela materna se llamaba Eusebia y nació en Tórtoles en el año 1900, mala época para nacer y aún peor si se hacía en una familia pobre. Su rostro dulce, de ojos claros y su pelo... ¿De qué color era su pelo? Yo diría que castaño oscuro invadido ligeramente por incipientes canas grises; para salir a la calle, siempre cubría su cabeza con un pañuelo negro. No por pertenecer a alguna orden religiosa venida a menos, no; eran las tradiciones de la época las que imponían el luto riguroso como un hábito para las mujeres una vez que se perdía a un familiar allegado.

Lamento no haber pasado mucho más tiempo junto a esta abuela sobre todo en su tercera edad que realmente no fue prolongada.

Nosotros residíamos en Torresandino, otro pueblo a tan sólo 10km, pero los problemas de comunicación propiciaron que el contacto que mantuvimos con esta abuelita, fuera mucho menor que con la paterna, pues sólo de cuando en cuando bajábamos a visitarla, un rato a pie y otro andando por el camino de San Fernando como decíamos de niños y percibíamos el gran cariño que nos tenía. Al marchar nos acompañaba hasta la Bodeguilla, como llaman al término de la salida en Tórtoles, para despedirnos y al abrazarnos nos entraba la congoja tanto a sus nietos como a ella.

La pobre mujer parecía como si su única misión desde la infancia fuera trabajar y sin embargo, si alguien interesado por su vida laboral hubiera indagado en los archivos de la época, perdería el tiempo porque no encontraría nada, ningún legajo que indicara que en algún periodo esta mujer fuera empleada por algún patrón o como autónoma; obviamente ante la ausencia de documentos, el hipotético investigador sacaría la conclusión de que Eusebia jamás tuvo ocupación alguna remunerada y que se limitó a las tareas conocidas como sus labores o ama de casa.

Sus contemporáneos sabían, que el procedimiento para contratar de acuerdo con las costumbres de la época, los obreros no requerían ningún contrato escrito que lo refrendase, simplemente se les avisaba a participar en el trabajo en cuestión y si estaban libres aceptaban sin más y punto. Todos conocían que el sistema funcionaba así.

En su pueblo era de general conocimiento que mi abuela fue madre soltera y sin medios económicos que la resolvieran las necesidades tan apremiantes, como la manutención diaria. Eran unos años que a nadie se le concedía subsidios no contributivos de ayuda social o de pobreza pero tampoco estaban exentos de penalidades. A ella no le faltó el arrojo necesario para luchar contra el hambre sin tener que recurrir a vivir de limosna y lo consiguió por medio de su trabajo honrado, aunque llevando una miserable vida de pobreza. Aceptó todas las tareas que le fueron ofrecidas y en ese sentido sus vecinos fueron generosos.

‑Oye Eusebia, busco mujeres para la escarda ¿puedes venir mañana para mí?

‑Cuenta conmigo –respondía al momento.

Nunca rechazaba una oportunidad de ganar un dinerillo. En la temporada de primavera para quitar los cardos, en verano para la labor en la era y en octubre por la vendimia no le faltaba el jornal, el resto de los meses también era requerida para cualquier menester por unas horas en quehaceres que generalmente no se pagaban con salario pero sí que eran compensadas en especie: Ayudar en la tahona significaba pan para el gasto, ordeñar las cabras y hacer queso se lo agradecían los pastores con una cazuela de requesón y medio del curado cuando estuviese en su punto, si la llamaban para que se encargase del aderezo de la matanza a la hora de marchar le decían, coge dos morcillas y un jarro de mondongo para que hagáis sopas de pan en casa. En los casos puntuales de bodas o bautizos que entonces se celebraban en casa, era reclamada como reconocida cocinera y en agradecimiento la ofrecían una buena olla para su familia con parte del excedente del condumio. Otros favores no se compensaban directamente pero cualquiera la regalaba con hortalizas de su huerto o le traía un carro de leña para el fuego del hogar porque en su momento ayudó a lavar una colada en el arroyo, atendió a una parturienta o cuidó de sus bebés.

Mucho tiempo no estaba ociosa porque tenía sus propias gallinas en la cuadra para proveerse de huevos y una colmena en el desván, que ella misma cataba. Pero si tenía una predilección desinteresada por algo era por los geranios, aquel tipo de plantas perennes estaban siempre presentes en las ventanas de su humilde vivienda y a veces hacía uso de ciertas propiedades medicinales de sus hojas y pétalos que conocía. Las tenía plantadas en latas de conserva recicladas y curiosamente sin dedicarles cuidados especiales siempre se mantenían lucidos y saludables, eran su única pasión. Eso sí, les hablaba con cariño y cuando el pronóstico del tiempo anunciaba la llegada de un frente frío, se apresuraba a retirarlos del alfeizar de la ventana para colocarlos sobre una mesa en el interior. Allí, libres de posibles heladas, recibían el sol de otoño que en los días claros penetraba a través del ventanal y bañaba las flores con su luz bienhechora.

Cuando falleció nuestra ascendente, que se marchó sin haber estado nunca enferma, no era todavía muy mayor aunque ya le estábamos aconsejando que debía dejar de vivir sola y pasar a hacerlo en casa de los hijos. Estos consejos que normalmente nos parecen razonables quizás a ella la causaban sufrimiento, porque Tórtoles era todo su mundo y allí se sentía apreciada por todos, fuera de él nadie la conocería. Tal vez prefirió que sucediera así, en su pueblo, en su casa, con sus alegrías penas y tristezas, hablándoles a sus geranios. Siempre seguirá en nuestros corazones.

Trasplantamos los geranios a unas macetas nuevas con el mejor compost para continuar cuidándolos, pero primero los pétalos y después las hojas empezaron a caerse y no volvieron a florecer. Extremamos los cuidados, pero no supimos darles el amor y cariño que les daba la abuela. No conseguimos comunicarnos, ¿no teníamos suficiente feeling o tal vez nos faltaba algún tipo de conexión WI-FI.?

Hoy te envío un fuerte beso, allí donde estés. Estoy convencido que te llegará.


FIN

viernes, 14 de junio de 2019

Repasando la historia reciente




Repasando historia


Un día Mikel, un sobrino por parte de mi esposa, me puso en un aprieto. Está en la edad de la adolescencia y cuando en la clase del instituto se queda con ciertas dudas, no se corta en preguntarme porque para ciertos temas del pasado confía en mí como fuente de información, pero este tema en concreto es un tanto escabroso y yo precisamente no soy una autoridad en la materia. Sin más preámbulos me preguntó:


– ¿Cómo fueron los años de la posguerra?


– ¿Te refieres al hambre que sufrió todo el país?


–El hambre, la represión, la reconciliación, la guerra mundial, la recuperación económica. Todo tío, ¿quieres explicármelo?


Hago un repaso mental sobre ello, intentando recordar episodios de la posguerra que afectaron a mi niñez y juventud. Acciones de índole político de los años posteriores al año 40, que por una u otra razón, marcaron el rumbo del país hacia un aislamiento de una Europa desolada y las acciones de veto, que ésta ejerció contra nuestro régimen dictatorial durante varias décadas, que no favoreció ciertamente que pudiéramos corregir aquella deriva. En aquellas condiciones, hubo de recurrir al racionamiento que se mantuvo hasta 1951, al establecer la libertad de precios. Resultaría imposible, conocer los detalles sobre muchas de aquellas conversaciones, que forzosamente tuvieron lugar en aquella década entre España y representantes de países extranjeros, como la reunión de Franco con Hitler en Hendaya año 1940, para eludir entrar en la 2ª Guerra Mundial. Acuerdos el año 1948 en el yate Azor entre el Caudillo y Don Juan, en aquel entonces heredero del trono del reino de España, donde dicen que se sentaron las bases para la futura monarquía. Los Concordatos con la Santa Sede en 1951 que facilitaron a España entrar a formar parte de organizaciones como la OMS en el mismo año, la UNESCO en 1952 o la OIT en 1953. Mejoraron las relaciones con EE.UU. que permitieron ayudas económicas y abrir negocios militares, aunque también hubo que permitir instalar tres bases aéreas y una naval, que nos podía colocar como objetivo adversario, de aquellos países que tuvieran algún enfrentamiento con los americanos. Pero todas las medidas estaban encaminadas a intentar un acercamiento, que desembocara en mejorar la maltrecha economía por la que atravesábamos. En 1953 parece que empezábamos a levantar cabeza, pero la crisis continuaba hasta el año 1960 que despegó la industria y el turismo empezó a tener relevancia. No está claro en qué momento nuestros hoy socios europeos volvieran a tener fe en los españoles, pero la apertura, las relaciones y el conocimiento entre las culturas lo facilitó. Intento dar satisfacción a Mikel recordando más datos, pero me estoy dando cuenta de lo frágiles que son los recuerdos guardados en la memoria. Finalmente digo:


–Quizás mi transcripción de los hechos, no sea fiel a la verdad.


–Me parece tío, que tratas de escaquearte. ¿Por qué?


–Pienso –le explico–, que quizás mi verdad podría estar contaminada por alguna de las siguientes razones:


1. Porque la información académica que yo recibí podía estar manipulada desde los libros de texto, o por los profesores que tenían que seguir un guión, o no poseían la verdad absoluta.


2. Porque los distintos medios de comunicación de la época, estaban al servicio del gobierno y las opiniones vertidas por los mismos no estaban contrastadas, no existía lo que hoy llamamos libertad de prensa y esta era partidista.


3. Porque las palabras eran sacadas de contexto, se silenciaban algunas verdades o se contaban a medias.


4. Además, cuenta también la predisposición del receptor, para filtrar informaciones a su particular interés.


5. La historia siempre la escribieron los que ganaron la guerra.


–Permíteme –le digo a Mikel–, que haga mía la frase del poeta Ramón de Campoamor, “en este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color del cristal con que se mire”.


–No des tantos rodeos que yo únicamente te pido que me hables de los relatos que pudiste escuchar de los protagonistas directos o testigos de esa parte de la historia. A tu modo.


–Entiéndeme Mikel, no intento eludir el tema pero como te he explicado, mis opiniones que a renglón seguido pasaré a exponer, tampoco están libres de los 5 puntos anteriormente expuestos, por esa razón quizás lo más conveniente sea que te hagas tú mismo un juicio con los datos veraces que puedas acopiar sobre los hechos.


Pero ten en cuenta tío, que al igual que ocurre con los evangelios autorizados y los apócrifos, los unos tratan de contradecir a los otros. ¿Qué creer?


–Fueron hechos Mikel, –le dije–, lo que voy a exponer a continuación. Prepárate a escuchar lo que ya sabes y lo que desconocías. Pon atención.


–Que el país sufrió un periodo de conflictos que desembocó en una guerra fratricida muy dura durante tres años, es lo que ya has visto publicado, seguido de un periodo de posguerra demasiado largo con odios acrecentados y una dictadura en el poder que además de no favorecer la reconciliación, trajo recortes de las libertades, hambre, analfabetismo y pena de muerte. Indiscutiblemente, este pueblo vivió durante muchos años con mucho rencor en los corazones de sus habitantes, sobre todo del bando de los que perdieron, que tuvieron que sufrir y llorar calladamente por sus muertos en la contienda. Evidentemente, también los hubo en el otro bando, pero éstos fueron distinguidos con honores cuando no como mártires, y sus familiares podían vanagloriarse de ello públicamente. La represión en los largos años de la posguerra sólo la practicaron los que ganaron obviamente, persiguiendo con ensañamiento a los vencidos a los que llamaban rojos, muchos de ellos fueron obligados a exiliarse y otros, fueron condenados en los juicios sumarísimos que sobrevinieron, simplemente por odios y envidias, que llevaban a denunciar como rebelde, a la persona que se hubiera atrevido a manifestar la más mínima expresión, que pudiera molestar a los fieles guardadores de la paz del régimen. Numerosos jóvenes marcharon del país para evitar enfrentarse a las injusticias que en la calle se vivían a diario, otros que alcanzaron una carrera emigraron en busca de industrias donde poder ejercer lo estudiado, un trabajo que aquí no había. Dicho esto, queda aclarado que la tranquilidad y el orden entre el pueblo era fingida. Los cargos públicos se nombraban a dedo por el régimen instaurado y con el cargo a perpetuidad, apoyado en casi todos los pueblos por los poderes fácticos, que generalmente estaba formado por el funcionariado: Los maestros, el médico, el secretario, el veterinario, la guardia civil y por el cura, apoyando a los terratenientes en cuyas manos estaban grandes propiedades de dudoso origen. Pero eran las formas de la dictadura, el aquí mandamos nosotros y se hará lo que nosotros digamos, lo cual a la gente no le parecía bien y enfurecía, pero callaba por temor. Fueron años en que no cabían otras ideas, y de favoritismos. Con el paso de los años, este horizonte fue tomando nuevas perspectivas con el cambio generacional; fueron desapareciendo los autores materiales de la contienda, volvieron a sus hogares los presos de guerra, y las represalias, fechorías, y venganzas cada vez eran menos. Los que fueron protagonistas de ambos lados en aquellas tristes páginas de la historia de este pueblo, tuvieron hijos y éstos jugaron juntos en la escuela, más tarde estos chicos y chicas, se enamoraron a pesar de los padres o tíos, y ni los hijos de los Rojos ni los hijos de los adeptos al Régimen, entendían las razones que les daban para continuar con el resentimiento generacional, por aquellos ya lejanos acontecimientos que enfrentaron a españoles contra españoles y en muchas ocasiones a causa del azar, se encontraban hermanos contra hermanos, disparando tiros uno en cada bando. Tampoco en la escuela se explicaban las causas que llevaron al país a la guerra; todo se reducía a unas fechas que conmemoraban algunos acontecimientos que para los ganadores de la contienda fueron cruciales. ¿Quiénes fueron los traidores?


Tanto unos como otros, estos alumnos hijos de la guerra, querían saber e iniciaban la búsqueda de la verdad, la verdadera, no la que hasta entonces les ofrecían. Con lecturas y conversaciones que les revelaban otras realidades y en muchos casos participando en manifestaciones y críticas al Régimen. Muchos jóvenes empiezan a soñar con un cambio. La democracia. Confiaban en que se podía hacer un país mejor en el que tuvieran cabida todas las ideas. Los labradores vislumbran que por fin se daba un salto del arado romano, a la mecanización del campo y en las fábricas, los obreros percibían por sí mismos que había llegado la revolución industrial. Ahora el trabajo inhumano lo harían las máquinas. Se romperían por fin las cadenas de la esclavitud. Paralelamente los mandos del ejército animaban al gobierno para ingresar en la alianza de la OTAN y el dictador había decidido quien sería su sucesor. El príncipe Juan Carlos de Borbón. La noticia se recibe con agrado. ¿Será un proceso de cambio? Por fin las puertas de Europa se abren y nos vemos junto al resto de países europeos formando el Mercado Común Europeo.


–Esta ya es historia reciente tío, aquí concluye el tema. Ha estado muy bien. Con estas bases reconoceré a quien falte a la verdad.


‑No es tan fácil. Una guerra civil deja heridas que resulta muy difícil de cicatrizar aunque hayan pasado 75 años. Pero creo que es tiempo suficiente para cambiar los nombres de tantas calles, avenidas y plazas, que siguen con los de generales golpistas. Que desaparezcan de la vía pública tantos monumentos que recuerdan a los héroes del “Bando Nacional”. De algo tan sencillo como dar una sepultura digna a tantos represaliados que fueron enterrados en fosas comunes. Es hora ya de decir toda la verdad ¿No te parece?


‑Naturalmente ¿Qué lo impide?


‑Parte de los que gobiernan el país son herederos de aquellos que protagonizaron algunos hechos deleznables que nunca fueron juzgados y tampoco reparados. Estos intentan eludir, posponer y que con los años se olvide. Consiguiendo el efecto contrario.


‑Para eso se sacó la Ley de Memoria Histórica el año 2007 ¿No?


‑Si, aunque un poco exigua, daría satisfacción a muchos españoles, pero cierto sector de la población con el argumento de que se reabrirían viejas heridas es reacio a aceptar. Tal vez diera pie para cerrar el capítulo pero esa misma resistencia indica que no hay voluntad de aceptar que se lleven a cabo actos que implicarían el reconocimiento de falta y los partidos políticos más conservadores intentan soslayarlo con escusas banales como que el presupuesto no lo permite. De paso esperan que caiga en el olvido, pero el efecto es el contrario.


‑Gracias tío ha sido muy instructiva la charla.


‑No es necesario que me des las gracias, ya me apoyarás cuando tu tía se enfade. ¿Me echarás una mano? ¿Cuento contigo Mikel?


Por supuesto tío.


FIN














martes, 14 de mayo de 2019

Mi perro Xana




 Ya que he relatado lo de mi primer animal de compañía, no puedo dejar  de hablar de la amiga canina que hoy en día me acompaña muchos ratos agradables de mi tiempo de asueto. En un principio quise llamarle Cascón pero al ser hembra lo cambie por Xana  nombre de las brujillas de los bosques según la mitología Astur o Ada buena que diríamos en castellano sugerido por Alejandro (mi yerno) pues él tomó parte activa para conseguirla.
 Pues bien, me encanta pasear y siempre quise tener un perro de mascota. Recordaba que tuve uno cuando vivía en Torresandino, (Burgos), pero más tarde residiendo en la ciudad no me permitían mis padres meter un perro en el piso. Hoy, ya jubilado, creo que puedo decidir por mí mismo sobre todas estas cosas. Así que… ¿Por qué no compaginarlo todo?

 En Reyes, conseguí un perrito de raza Westy con pocos meses. Lo llamo Xana y juntos paseamos por los parques de Basauri o en verano por vacaciones por la rivera del valle del Esgueva, el castillo o el bonete, mañanas y tardes.

Xana cuando está recién bañado, es, chiquitín, pero aun así, una vez seco recupera su aspecto pícaro yo diría que se asemeja en su comportamiento al carácter del mismo  Platero, el borriquillo de Juan Ramón Jiménez, Además nos recuerda también al popular pollino la blancura nívea del pelaje, su aspecto adorable. Su cabeza redonda peluda y desgreñada reforzada por esas grandes y puntiagudas orejas. La mirada de ojos oscuros profundos, forman un triángulo fascinante y seductor con ése brillante hocico negro, que le confieren una expresión divertida y que constantemente incita a jugar.

Su comportamiento es rebelde cuando salimos a la calle. Él empieza a dar saltos de alegría y si vamos al campo donde le puedo soltar la correa, al sentirse libre de ataduras, corre y juega a sus anchas. De vez en cuando me busca con la mirada y tras comprobar que no me voy, vuelve a su diversión persiguiendo cualquier otro animal de dos o cuatro patas y a falta de ello, como último recurso le sirve todo lo que encuentra a su paso en su juego destructivo, de morder, pisar o arrancar, como aquellas florecillas y rosas silvestres que adoraba Platero.

 Si ha llovido, le encanta meterse en los charcos, tanto como a los niños con zapatos nuevos y revolcarse en la hierba para gozar del frescor de las gotas de lluvia o rocío. Con viento, intenta coger las hojas secas, que se elevan del suelo, saltando sobre sus patas traseras una y otra vez como disputándole al vendaval la posesión de algo transcendental.

 Cuando llega el momento de marcharnos, la llamo de todas las formas posibles, pero Xana se lo toma como otro juego y trazando círculos a mi alrededor me desafía a que le coja.

 Al volver a casa, parece ya un chucho callejero por la suciedad, paja y herbaje que se le ha adherido a los pequeños rizos de sus patas. Lo que había sido un níveo manto, aparece ahora un sucio e indecente mantón.

 -Xana le digo. -Hoy tenemos bronca por tu culpa.

 Me mira, mueve el rabito y se hace el despistado. Hoy nos espera una buena reprimenda, pero ya no nos espanta, porque es bastante habitual.

Su carácter es travieso y terco, pero cariñoso y fiel. Es mi amigo.

Sé que algunas personas son reacios a amar a los animales Desearía que esta pequeña crónica sobre un perro de compañía, consiga acercarlos un poquito a éstos fieles compañeros del hombre.


martes, 23 de abril de 2019

Mi primer perro




Mi primer perro
Este relato surgió de forma casual un día de frío y lluvia en el Txoko Chapetas de Torresandino con los pequeños Asier y Naia (mis nietos) sentados frente a la chimenea, Las llamas soltaban chispas crepitando al atizar los tizones con las tenazas y refulgían nuevos colores rojos y anaranjados que con su fulgor atraían las miradas infantiles.
‑Madre –sugerí aprovechando que contábamos con su presencia; cuéntales a tus biznietos alguno de los cuentos que solías contarnos a nosotros cuando éramos niños.
‑Hijo, ya eres abuelo y te corresponde a ti hacer de cuentacuentos porque a mí se me han olvidado muchos y a veces no recuerdo el final por eso siempre los remato todos con “vivieron felices y comieron perdices” Sin embargo se me ocurre que les puedo relatar una bonita historia real en la que tú fuiste uno de los protagonistas. Les gustará.
‑Veréis ‑dijo comenzando con el relato‑. Recuerdo que en cierta ocasión cuando vuestro abuelo era aún un niño de la edad que tenéis vosotros ahora también estábamos como hoy sentados padres e hijos al calor de la chimenea que en aquel entonces era nuestra única calefacción. La tía Rosi, la hermana mayor, estaba junto a la ventana bordándole un pañuelo a su profesora como esta le había pedido, pero los dedos se le quedaban fríos y también se acercó a Paco y Petri. De pronto llamaron a la puerta. Fueron tres golpes secos dados posiblemente con algún objeto duro para que se oyera con claridad. ¡Vaya si se oyeron, que retumbaron por toda la casa! Nos quedamos pasmados porque no esperábamos a nadie y hubo de llamar nuevamente el recién llegado para que por fin nos decidiéramos a ir hasta la puerta para abrir.
‑ ¿Quién llamaba? –Preguntaron los niños con los ojos como platos.
‑Era el señor Piquino –recordó la bisabuela‑, vivía muy cerca de nuestra casa y era un buen vecino muy afable aunque tenía una pierna ortopédica como algunos piratas y siempre que tenía que llamar a las puertas lo hacía con unos golpes de su pata de palo. Se dedicaba a sacar a los pastos el ganado caballar que había en el pueblo y se había tenido que volver precisamente por las inclemencias del temporal. Pero vayamos a lo que importa, o el motivo de aquella inesperada visita.
‑Hoy –aseguró el hombre‑, he pasado por uno de los peores momentos de mi vida para salvar a este cachorrito que el agua del río arrastraba, desconozco de donde vendrá ni quién serán sus dueños pero no podía dejar que se ahogara. Es posible que su amo se haya desprendido de el por haber llegado en un parto de varios en la misma camada y la madre no podía cuidar de todos. 
Mis hijos, es decir vuestro abuelo Paco y sus hermanas como os podéis imaginar no dejaban de mirar a las piernas del buen señor pero sus ojos infantiles se desviaron para prestar atención al pequeño animalito que el señor Piquino nos presentó. Al retirar el trapito que lo ocultaba vimos  al perrito, una cosita pequeñita que todos nos pusimos a admirar. Era chiquitín, como un muñeco negro y blanco que aún no tenía nombre porque él no quería quedárselo y le estaba buscando un buen dueño, quien decidiría cómo llamarle.
La bisabuela hizo entonces una pausa para “atizar la lumbre”, como ella decía, que no era otra cosa que remover el fuego añadiendo más leña si era necesario, para que no se apagase y volviendo a ocupar su sitio prosiguió.
–Yo no tenía mucha experiencia con estos animales pero al mirar a mis tres niños, supe que el pequeñín se quedaría, así que empecé a pensar en que sería entretenido buscar un nombre al cachorrito que desde el primer momento nos aceptaba como amigos, así que acepté la propuesta del señor Piquino para quedárnoslo y criarlo a biberón. En ese momento todos queríamos cogerle, acariciarle y lo del nombre lo pospusimos para el siguiente día.
–Vuestro abuelo Paco, preguntaba a todos– ¿A tí qué nombre te gusta? y siempre nos apresurábamos a darle nuestra opinión pero a él ya le había calado muy hondo el suyo: Se llamará Chispa aseguró tan convencido que lo admitimos si esa era su ilusión puesto que también a nosotros nos pareció apropiado.
Chispa era de raza pequeña, descendiente de los perros bodegueros que se usaban para luchar contra las plagas de ratas y se caracteriza por ser juguetón, travieso y valiente.
–El abuelo Paco ‑continuaba la bisabuela con su relato–, disfrutó de su perrita Chispa durante toda su infancia y eran inseparables. Aquellos años la hicieron a la perrita muy mayor y con trece años como es lo normal con las razas caninas, falleció. Todos lo lloramos durante unos días, pero este no sería el único perro de la familia.
Los pequeños Asier y Naia permanecían callados y en sus ojos brillaba una lágrima pujando por salir, no obstante la última frase arrojaba la esperanza de que una nueva vida llenaba la tristeza dejada por la anterior y acosaban a preguntas a la bisabuela.
 Pero a sus 96 años le permtimos dejarlo a su voluntad y así lo expresó.
‑Es el final para hoy peques, estoy cansada, os prometo que otro día os contaré más.
FIN

miércoles, 13 de marzo de 2019

CUÉNTAME


CUÉNTAME
Ayer, pasé la mañana en la caja de ahorros, para unas gestiones de la comunidad de vecinos. Nada de importancia, pero tuve que guardar las consabidas colas que nos imponen por suprimir empleados, nos guste o no. La larga espera me crispó los nervios, pensando si podría llegar a la hora que le había prometido a mi madre para salir de paseo.
Al salir de la entidad bancaria, aceleré el paso sorteando a los peatones con los que me cruzaba, que me daba la impresión que deambulaban con demasiada parsimonia dificultando mi marcha. Busqué con la mirada el rótulo luminoso de la farmacia y leí la temperatura y la hora. Vaya ‑me dije‑, una de cal y otra de arena; los pronósticos meteorológicos habían acertado, pero debía apresurarme para llegar a la cita, si no quería impacientar a la dama que me esperaba. Como siempre suele ocurrir, surgió un encuentro imprevisto y por el cúmulo de las diferentes razones, al final Antolina tuvo que esperar un buen rato a su hijo Paco y este asumir las consecuencias. He de reconocer que tiene carácter y no perdona la falta de puntualidad, especialmente cuando desde la ventana se vislumbra un día fantástico.
Una vez superado el enfado salimos de paseo. Ambos somos bien conocidos en Basauri y algunos nos saludaron con simpatía, pero como de costumbre no nos detuvimos porque de pie se cansa más que andando; cogidos del brazo, poco a poco llegamos hasta al parque cercano. Es bastante extenso y si se guarda silencio, suelen escucharse los trinos de algún jilguero o el canto oportuno de los negros estorninos.
Disponemos de muchos bancos, no obstante como el sol de marzo brilla con intensidad y hay que tomarlo con precaución, elegimos uno bajo un roble, que nos proporcionó una oportuna semisombra, gracias a la incipiente espesura de las hojas nuevas, brotando ya de sus yemas.
Los sábados por la tarde, de primavera y verano siempre que no llueva, hay una orquesta que atrae a mucha gente de la tercera edad porque su repertorio de boleros, pasodobles, rumbas y otros bailables, está dirigido especialmente a las personas que vivieron aquella época del chicharrillo como se llamaba al baile público de las plazas de los pueblos. Recuerdo que el año pasado, a ella le encantaba escuchar aquellas viejas canciones de Mocedades, Manolo Escobar, Antonio Machín, Dolores Pradera o Lola Flores; le hacían vibrar pero no lo suficiente como para salir a la pista, todo lo más un nervioso movimiento de pies bajo el asiento. Sólo faltan dos semanas para abrir la temporada.
Ayer, para mantener una conversación animada, se me ocurrió hacer a mi progenitora algunas preguntas de su época, en parte por charlar de algo que ejercite la memoria y que además la entretiene y en parte porque a mí me encanta el tema y ella satisface mi curiosidad.
‑ ¿En el pueblo había baile? Quiero decir, cuando no eran fiestas.
‑Había un local que regentaba el sastre que llamaban El Fole, allá por donde está el cuartel de la guardia civil y más tarde puso otro el tió Julián en los bajos del Castillo. Se bailaba con los sones de un organillo que funcionaba girando una manivela.
‑ ¿Y qué tal se desenvolvía la juventud con la danza por aquellos años?
‑Parecido a lo que se ve hoy en día, unos regular y otros peor, pero nos fijábamos en quien considerábamos que lo hacían bien y tratábamos de mover los pies siguiendo la música; yo me dejaba llevar y si mi pareja sabía seguir el ritmo no nos salía mal.
‑ ¿Bailabais con los chicos o con una amiga?
‑Empezábamos con una amiga y venía alguna pareja de chicos a pedirnos baile pero al terminar la canción cada uno por su lado porque si bailabas seguido con el mismo ya empezaban los rumores de que éramos novios.
‑Dime una cosa: ¿Qué tal era mi padre en el bailoteo?
‑Como un pato y además de que no sabía, no quería y si estábamos dos parejas me decía que bailase con la otra chica. Esto era muy común con los cascones y nadie se extrañaba pero naturalmente como todos nos conocíamos, ningún osado nos solicitaba para hacerlo con él.
‑Entonces yo me pregunto: El de un pueblo y tú de otro. ¿Cómo os hicisteis novios?
‑Me conoció en unas fiestas de Tórtoles y posteriormente coincidió en un trabajo con un primo mío, al que manifestó que le había causado buena impresión. Unos meses más tarde, me trasladé a Torresandino para trabajar en casa de la Eutimia, la que tenía la tienda de ultramarinos y el casino abajo de la plaza; cuando Cándido supo de mi llegada le pidió a su hermana Victorina, que tenía mi edad, que me invitara a salir en su cuadrilla; así se ganó mi primera consideración. También por entonces como no había agua corriente en las casas y el trasiego de agua era inevitable, la fuente de la plaza estaba muy concurrida tanto por las jovencitas como por sus pretendientes. En ese ir y venir me pretendía y fui descubriendo en él a un hombre simpático formal y trabajador.  
‑Madre ‑Jamás lo cambiaré por mamá‑, ¿nunca tuvimos en la familia a alguien con dotes excepcionales para llegar a ser un artista? ¿Vamos que tuviera duende, ese algo especial que le hubiera permitido vivir sin penurias? Por ejemplo del cante o la danza.
‑Tu padre decía que en el pueblo cantaba como el que más. Es cierto, aunque no tenía mucha voz se animaba enseguida, sí, pero quien lo hacía bien era su hermana Jesusa. El abuelo Enedino era muy ocurrente para gastar bromas y de carácter tan salado que caía bien, pero para ganarse el pan para sus hijos no.
Por la tarde estuvimos de invitados a un cumpleaños. Unos canapés fríos y calientes y una ración de la clásica tarta regada con un cava, café o chocolate que nos sirvieron de merienda cena. Comió de todo aunque quizás en el pasado lo hacía en mayor cantidad y tras la tertulia volvimos a casa acusando ya cierto cansancio.
‑Vosotros no lo queréis creer –nos dijo queriendo convencernos‑ pero yo ya no soy quien era.
Tiene razón ya no es quien era, pero está tan bien que nadie la supone la edad que tiene, no sufre enfermedad alguna, pero los órganos sí que lo acusan. La vista y el oído han perdido bastante y el corazón se le cansa y ha de limitar los paseos, de vez en cuando algún dolor de cabeza y poco más. Los análisis perfectos, la memoria estupenda y el apetito envidiable ¿qué más podemos pedir? En abril si Dios quiere cumplirá los 97. Que siga tal como está unos añitos todavía.
‑Madre –la he dicho‑, tienes que ser más positiva. Para tu edad estás como una rosa, fíjate cuando vas por la tarde al hogar del jubilado, tus compañeras de la brisca son todas mucho más jóvenes que tú y las ganas. Otras de tu tiempo, van ya en silla de ruedas y también sabes que algunas han olvidado ya todo. Disfruta y vive el momento con tus hijos, nos tienes siempre cerca de ti y sabes que te adoramos.
‑Muchos besos. ¡Muaaa!.

Francisco García